Capítulo 172: Madre e hija
Marina estaba recostada en su cama; de pronto sonó su móvil y, al ver el contacto, se percató de que era Renata, su pequeña. Esto le sorprendió bastante, pues hacía mucho que aquella niña no mostraba algún contacto con ella.
—Mamá, ya estamos fuera... —dijo la niña tratando de ocultar su emoción por verla.
—¡Hola, cariño! Sí, en un momento bajo. —dijo Marina saliendo de su ensueño y bajando rápidamente las escaleras para recibir a sus niñas.
Cuando llegó escaleras abajo, una chica de servicio ya había abierto la puerta; al caminar hacia la sala, todos ahí se quedaron con la boca abierta.
—¡Mami! —dijo Diana corriendo para aferrarse a su cintura.
—¡Cariño! ¿Cómo estás, mi cielo? —dijo Marina abrazando a su pequeña al tiempo que le acariciaba el cabello.
—¡Te extrañé! —dijo la menor entre lágrimas.
—¡Yo también, mi cielo! ¡Yo también las extrañé mucho! —dijo Marina levantando la vista para observar a su Renata.
Al hacer aquello, se percató de la presencia de Esteban, a quien trató de no ver. Este, en caso contrario, se había quedado sin palabras y con los ojos bien puestos en la mujer que acababa de llegar a la sala.
—Ma... Marina... Hola... —dijo Esteban, una tanto asombrado y nervioso.
—Buena tarde, Esteban... —dijo Marina de manera apacible. —¡Gracias por traer a Diana y por dejarme ver a Renata!
Luego de ello, enfocó su mirada en su pequeña Renata.
—¡Cariño! ¿Cómo has estado? —preguntó Marina con suavidad, esperando que ella se acercara aunque sea un pocо.
Renata miraba con cierto recelo a su hermana, quien estaba aferrada a la cintura de su madre y le impedía caminar.
—Bien, mamá... ¿Papá? ¿Podemos irnos? Estoy cansada... —dijo Renata al sentir incomodidad de que Diana no soltaba a su madre.
—¡Oh! ¡Sí, vamos...! ¡Vamos...! —dijo Esteban a regañadientes, pues si fuera por él, se quedaría en aquel lugar a contemplar a tan bella mujer.
Él debía ser honesto; en todos sus años de casados, jamás había visto a Marina como este día. En definitiva, ella lucía hermosa; había cambiado su cabello rizado por una melena lacia y larga.
Mirando bien su rostro, este tenía algo nuevo; se le veía iluminado, sus ojos no mostraban cansancio, al contrario, mostraban un brillo inquietante; el poco maquillaje que llevaba puesto la hacía ver increíblemente bella.
—Mami, ¿qué te hiciste? ¡Luces hermosísima! — admitió Diana al levantar la vista.
—¡Nada, corazón! Solo tuve un fin de semana en el spa... —dijo Marina con naturalidad.
—¡Luces hermosa! —dijo Esteban sin pensar.
—¡Gracias! Necesitaba un poco de descanso, gracias por cuidar de las niñas. —respondió ella con amabilidad pero sin poner mucho énfasis en lo que había dicho su exmarido.
Esteban no sabía bien que decir, en definitiva, él jamás en su vida había visto la belleza de su exmujer, aunado a que había perdido mucho peso con el accidente, hoy lucia como la jovencita a la que él le había propuesto casarse.
Aquel vestido negro de encaje con tirantes, sin duda, dejaba a la vista unas curvas que se encontraban en los lugares correctos. La imagen que estaba frente a los ojos de Esteban, sin duda, le causaba cierta inquietud y no podía negar que imágenes impropias se apoderaron de su mente.

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