Capítulo 193: La familia Lovato.
Florencia se siente un tanto confundida; Dante jamás se ha mostrado atento con ella, jamás ha puesto atención en sus necesidades. Ella le teme, siente que no puede bajar la guardia; ella sabe que en cualquier momento puede hacer algo que lo saque de sus cabales y saque su verdadera cara.
Mientras está sentada tratando de respirar un poco, ella se pierde en los dolorosos recuerdos que conserva al lado de este hombre. Mirar al pasado no le sirve de mucho, pues llena de dolor su cansado corazón. ¿Cómo puede ser que esta sea su vida? Esto no se trata de una serie en donde la actriz termine la historia y regrese a su vida; esta es su vida y, por lo que ve, no pinta nada bien.
Al cerrar los ojos ante el cansancio y el calor, se pierde en un sueño que la lleva al tiempo en que conoció al atractivo Dante Montemayor.
——— 35 años atrás ——— —Florencia, hija, anda, ya levántate, tenemos que acompañar a tu padre...
—Hmm... —Mamá, tengo sueño, ayer trabajamos hasta tarde, ¿puedo quedarme? —preguntó la joven Florencia.
—Cariño, sé que estás desvelađa y te agradezco que hayas ayudado a tus hermanos, pero es el cumpleaños del hijo de la hacienda y fuimos invitados al desayuno en su honor.
—Mamá... solo quiero dormir... ——dijo Florencia enroscándose debajo de las sábanas.
—¡Mónica! —¡Mujer! ¿Dónde andan? —se escuchó la voz de Carlo Lovato acercándose a la habitación de su hija.
—Estoy aquí, en el cuarto de la niña.
—Florencia, por Dios, hija, ya es para que estuvieras de pie y lista. ¡Levántate! Deja de flojear... —dijo Carlo seriamente.
—Cariño, la niña se quedó con los hijos envolviendo los quesos, casi no ha dormido. ¿Qué te parece si se queda a descansar?
—Mónica, si no va la familia completa, ¿qué crees que vaa pensar de nosotros don Evaristo? No, no, además, el señor nunca nos había invitado y sabes que necesitamos cerrar contrato con él para que podamos vender más queso. Florencia, no lo voy a repetir dos veces: levántate y arréglate lo mejor que puedas; todos debemos ir, tus hermanos también están desvelados, pero aun así ya están de pie arreglándose.
Florencia tuvo que salir de debajo de las cobijas a regañadientes; su padre tenía razón, ellos contaban con la bendición de don Evaristo para que pudieran vender más queso. Más siendo de Chipilo, ellos debían competir con varios productores, pero si donde Evaristo los reconocía, las puertas se les abrirían para varios negocios.
—Ya voy, papá... —dijo la adolescente levantándose sin muchos ánimos.
—Anda, hija, arréglate o llegaremos tarde. —dijo el hombre con voz más suave.
Carlo adoraba a su chiquilla de 15 años. ¿Cómo no iba a hacerlo? Ella había llegado de sorpresa luego de tres varones; era la menor de todos y, aun así, ella era tan guerrera como todos sus hijos.
Su Florencia había heredado la belleza de su Mónica; era una niña soñadora, inteligente, y vislumbraba un buen futuro para su única hija. El hombre quería que su negocio levantara para darle mejores oportunidades, al menos a ella.
Tras treinta minutos, la adolescente salió de su habitación con una bella blusa blanca, una falda floreada y un suéter tejido rosa. Carlo sonrió al ver a su niña; no cabía duda de que le recordaba a su joven esposa. Él acomodó el moño que llevaba sujetándole el cabello y dijo:
—¿Lista, mi princesa?
—Sí, papá, vamos a ese desayuno que muero de hambre.
—¿Ves como si te ibas a levantar temprano?
—Pero en pijama... —dijo la joven pícaramente.
—¡Dios, niña! Tú no tienes remedio...
—¿Cómo no? Ayer me gané mi desayuno; deseaba una quesadilla con queso...
—Hija, las quesadillas son con queso.
—No, papá, no en todos lados las quesadillas son de queso.
—Hmm... ¡Vamos! ¡Vamos! Que si no se nos va a hacer tarde.
La familia Lovato se comprendía de Carlo Lovato, su esposa Mónica de Lovato y sus preciosos hijos Mattia, Cesare, Renato y Florencia, la menor de todos. Ellos habían llegado de Padua, Italia; creían que aquí podían establecerse, pero, al parecer, el sueño les estaba costando un poco más. No todo había salido como lo habían planeado y ahora, con el favor de don Evaristo, sus problemas podrían desaparecer.
La familia tuvo que tomar un autobús para llegar a Cholula; ahí tuvieron que caminar para llegar a la hacienda de don Evaristo. Como regalo, llevaban una enorme canasta de deliciosos quesos de diferentes tipos; esperaban con ello agradaral joven que hoy cumplía 24 años.
—Papá, ¿tú conoces al hijo del señor Evaristo?
preguntó Florencia por curiosidad.
—No, mi niña, dicen que él vive en la ciudad, pero que hoy viene porque aquí le celebrarán su cumpleaños y su fiesta de compromiso.

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