Capítulo 194: ¿Qué sucede si no nos ayuda?
Dante observó a la sencilla familia; de entre todos los integrantes, hubo una personita que captó su atención. Florencia era una niña atractiva; innegablemente había heredado las facciones de su madre.
Florencia, por su lado, lo observó y sí, no podía negar que el hombre era atractivo; la mujer que llevaba de la mano era hermosa, pero tenía cara de "fuchi", se decía mentalmente la jovencita.
Zoila Murrieta era una bella mujer de ojos azules, piel blanca, cabello rubio dorado y piernas gruesas y largas. Florencia la miró y normalmente se imaginaba cómo se vería cuando creciera; ella no era un ejemplo de eso.
—Mucho gusto, joven Montemayor. —dijo Carlo, finalmente rompiendo el silencio.
—Mucho gusto... —dijo Dante, admirando a la jovencita Florencia, quien, a sus quince años, ya poseía una figura de una joven de más edad.
—¿Y usted es?
—Carlo Lovato, mire... Actualmente, le surtimos queso y leche a su padre.
Dante escuchaba atento, pues la intención era averiguar quién era esa jovencita. Tras unos minutos, su prometida le apretó la mano como señal de que se movieran. Dante hizo poco caso; en pocas ocasiones encontraba en ese pueblucho algo interesante, pero, al escuchar el acento y ver las facciones de la jovencita, se percató de que no se trataba de cualquier familia.
—Hmm... Ya veo. —dijo Dante con calma mientras sutilmente observaba a la joven que estaba con el grupo. Florencia no se percataba de ello, pues estaba maravillada con el lugar y, mientras su padre socializaba, ella se perdía en sus cuentos imaginarios del lugar.
—Mire, por último, ella es mi Florencia, la menor de mis hijos... —dijo Carlo con orgullo mientras abrazaba a su pequeña hija.
—¿Florencia Lovato?, ¿verdad? —dijo Dante, tomándole su suave mano.
Florencia inclinó un poco la cabeza y dibujó una sonrisa sutil.
—Cariño, es hora de irnos, debemos saludar a los demás invitados.
—Sí, claro, vámonos.
Dante había grabado muy bien en su mente el nombre de aquella despistada, pero bella jovencita.
Dante podía ser el único hijo de Evaristo, el heredero universal y dueño de todo, por lo que reafirmaba su derecho a tener todo lo que ahí veía y Florencia no sería una excepción.
Tras ver cómo Dante se marchaba, Carlo suspiró; este no era tonto; se había dado cuenta de que, tal como con don Evaristo, su hija no había pasado desapercibida. Solo esperaba que aquel desayuno pasara rápido e irse a casa; aquí se maldijo enormemente el no haber dejado a su niña en casa para evitar aquellos comentarios o miradas.
—Bien, esperemos que esto termine rápido y nos vayamos a casa a descansar. —dijo Carlo, temiendo un poco por aquellas miradas que le habían dirigido a su hija tanto el padre como el hijo.
Hubo un momento en que la jovencita tuvo que ir al tocador, así que se levantó y fue. En el camino se perdió y, por más vueltas que daba, todo apuntaba a que se estaba alejando en lugar de acercarse al lugar donde era la recepción.
Cuando finalmente estaba por darse por vencida, escuchó una voz conocida.
—No deberías estar aquí... —Se escuchó la voz ronca y gruesa de Dante.
—¡Oh! —dejó salir ese sonido Florencia ante el susto. —Disculpe, creo que me he perdido.
Florencia se sintió intimidada ante la presencia de aquel imponente hombre; pensó que la iba a regañar por andar en una zona prohibida; no obstante, para su gran sorpresa, el joven solo sonrió y dijo:
—Ven, te muestro cómo regresar.
Florencia, con un poco de duda, no tuvo más opción que aceptar.
—¿Así que tu nombre es Florencia?
—Sssí...
—No son de aquí, cierto?
—Hmm...Yo sí, nací aquí, pero mis padres y hermanos vienen de Italia.
—Pero tú provienes de padres italianos.
—Sí, es correcto...
—Entonces eres italiana.
—Sí, supongo que sí... —dijo Florencia un tanto apenada.
La jovencita no sabía bien por qué, pero estar al lado de aquel hombre le provocaba que la lengua se le escondiera.
—Eres una jovencita muy bonita; supe que no eras mexicana, tu belleza no es precisamente de Cholula.
—Hmm...Yo me siento mexicana. —dijo Florencia ante aquellas palabras.
No sabe lo que dice y tú, tú deberías comportarte como lo que eres, no andar lanzando palabras al viento como si fueses una mujer de servicio. —dijo Dante irritado por la actitud de su prometida.
—¿Qué? —¿La estás defendiendo? —respondió la mujer, sorprendida por la actitud de su futuro esposo.
—No, solo digo que no es propio de una mujer con el apellido Murrieta andar molestando a una niña como ella. Florencia es una jovencita, pero tú, tú ya no eres una niña, así que deja de atacarla y compórtate como lo que eres. —dijo Dante en un tono que dejaba claro que estaba molesto.
Florencia, al escuchar aquello, solo quería que el suelo se abriera y la tragara.
—Florencia, será mejor que regreses a donde está tu familia y procures no perderte la próxima vez. — dijo Dante tomando de la mano a su futura esposa.
Él tenía claro quién iba a ser su esposa, no había dudas y, si las había, las extinguía; esto era lo que su padre esperaba y él no hacía nada que su padre no autorizara.
Florencia no tuvo que luchar dos veces aquella instrucción, pues caminó lo más rápido que pudo y salió hacia el patio donde estaban reunidos todos los invitados.
El evento se desarrolló sin imprevistos; Florencia vio cómo Dante Montemayor y Zoila Murrieta anunciaban la fecha de su boda con bombo y platillo. Ella realmente temía que don Evaristo no quisiera ayudar a su familia solo por su bocota; si así fuera, ella se sentiría terriblemente culpable.
En el camino a casa, Florencia no se veía tan animada como en la mañana; la chica no sabía cómo confesarles a sus padres que había cometido un terrible error.
—Florencia, ¿cariño? ¿Te sucede algo? —preguntó Mónica ante la mirada conflictuada de su hija.
—No, no, mamá... Solo quiero llegar a casa.
—¿Te gustó la reunión? La futura esposa del hijo de los Montemayor es preciosa, ¿verdad?
—¡Eh! Sí, sí, mamá... Oigan, ¿qué dijo don Evaristo?
—¿Don Evaristo?
—Sí, ¿les dijo algo sobre ayudarnos?
—¡Ay, hija! Gracias por preocuparte, pero el señor hoy no iba a discutir ese tipo de temas; ya nos contactará. Si él nos da la recomendación, ya verán cómo creceremos con el negocio. —dijo Carlo mientras caminaban de la parada a su casa.
Florencia no sabía cómo decirles que acababa de regarla y bien feo.
—Mamá, papá, ¿qué sucede si no nos ayuda?

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