Capítulo 196: Haga su vida
Dante, al escuchar su nombre detrás de la puerta, se sorprende; él no había pedido servicio, así que no sabe quién podría estarlo llamando, más cuando sus escoltas deben estar por ahí cerca. Por un momento se controla y decide ir a ver quién demonios podría ser el valiente que lo esté interrumpiendo.
Una vez que abre la puerta, se topa con una gran sorpresa, pues la policía sin más ni más lo inmoviliza; alguien le lee sus derechos. Cuando pone más atención, se da cuenta de que se trata del hombre que hace unos minutos estaba con su esposa, ese que, según ella, le había pedido la hora.
—Mi nombre es Yorgos Drakos, escuchamos ruidos en la habitación y venimos a revisar. —dijo el hombre con seriedad.
—¡Aquí no sucede nada! Será mejor que regresen por donde vinieron. —dijo Dante tratando de ocultar lo que sucedía ahí dentro.
Como verá, no puedo creer solo en su palabra, así que será mejor que nos deje pasar. —dijo Yorgos abriéndose paso y topándose con Florencia en el suelo, aterrada, con la cara cubierta de lágrimas y con el labio partido.
Yorgos se da cuenta de que, tal como se lo había dicho Efraín, este hombre no duraría mucho antes de mostrar su verdadera cara.
El hombre sabe de qué es capaz este individuo, pues su hermana hace muchos años sufrió un destino similar al de la mujer en el suelo.
Tras una señal de Yorgos, arrestan a Dante y se lo llevan esposado. Este intenta poner resistencia, les grita a sus escoltas, pero nada, todo el esfuerzo es en vano.
Rápidamente, Florencia es atendida en la habitación; por un momento se siente confundida y, a la vez, siente que puede respirar tranquila, pues nada de lo que había imaginado está sucediendo.
—Espero que hayamos llegado a tiempo. —dijo Yorgos, acercándole una botella con agua a la asustada mujer.
—¿Qui... ¿Quién eres? —dijo Florencia temblando de miedo.
Ella por un momento se sintió tranquila, pero, ahora que lo veía bien, no sabía qué iba a hacer, pues sin su marido no tiene los medios para seguir ahí y, mucho menos, medios para regresar a su país.
—Mi nombre es Yorgos Drakos y una persona que la conoce me mandó a buscarla. —dijo el hombre con calma.
—¿A buscarme?
—Sí, deme un momento y todo se aclarará. —dijo el hombre sacando su móvil y buscando un contacto para llamarle.
Él le entregará una tarjeta que nadie podrá rastrear; vaya a donde quiera, manténgase lejos de México y de sus hijos; solo le pido que no contacte a nadie; si lo hace, créame, no podré protegerla.
Florencia sintió una punzada en el estómago; una cosa era Dante y otra muy diferente, sus hijos, aunque sí lo veía bien. Esteban tenía su vida hecha un caos; Antonio era soberbio y frío; desde que se había ido a Europa, jamás la había buscado, solo le mandaba a decir con su asistente que estaba bien y luego Tadeo, ese solo le gustaba gastar el dinero sin trabajar. Ellos renegaban del apellido Montemayor, pero se servían del mismo.
—Entiendo y voy a confiar en ti, hijo... Por favor, únicamente prométeme que no estás planeando una locura. No dejes que lo que mi esposo hizo te envenene el corazón. —dijo Florencia dándose cuenta de que algo tramaba aquel joven.
—Tranquila, tía, no haré nada que ellos no hayan hecho antes.
—¿Ellos?
—Sí, mi padre y su esposo...
—Hijo, te pediría que dejes el pasado atrás, pero no tengo derecho; tú me estás ayudando en este momento y no tengo ni cómo agradecértelo, así que no diré una sola palabra, ¿está bien?
—¡Gracias, tía! ¡Cuídese! Vaya a donde quiera y haga su vida como nunca tuvo oportunidad de hacerla.

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