Capítulo 200: Lengua experta
Marina le arreglaba la corbata a aquel atractivo hombre; ella pocas veces había hecho aquello con Esteban, pues en la mayoría de las veces, él se quejaba de que el nudo no le había quedado perfecto.
Efraín, contrario a ello, aprovechaba para aferrarse a sus caderas y de vez en cuando robarle un beso.
—Bien, mi muy atractivo hombre de negocios, ¿estás listo para ir a trabajar? —dijo Marina pícaramente.
—Si te soy honesto, después de la mañana que acabamos de tener, quisiera irme a casa, arrancarte la ropa nuevamente y volver a comenzar.
—¡Efraín! ¿Acaso no necesitas recuperarte?
—¡Cariño! Yo podría hacerte mía todo el día, todos y cada uno de los días.
—¡Efraín! ¡Dios! Yo necesito un descanso; mis piernas aún tiemblan.
—Te dije que te haría recordarme hasta el viernes y soy un hombre de palabra.
Marina sintió cómo sus orejas se calentaron; no mentía, sus piernas sentía que temblaban y mejor ni mencionar qué pasaba en su centro. Todo apuntaba a que este hombre no se saciaba ni con un par de horas de sexo descontrolado.
—Marina... —dijo Efraín tomándola de la cintura y atrayéndola hacia su cuerpo. —Solo quiero que te quede claro que me gustas, disfruto estos momentos tanto como disfruto nuestras charlas infantiles donde, cuando no encuentras con qué defenderte, me terminas llamando menso.
—¿Cómo?
—Marina, me gustas, me gusta lo que hacemos, me gustan los pocos ratos que podemos compartir y, si fuera por mí, ahora mismo mandaría todo al demonio y te secuestraría para llevarte a una isla paradisíaca y ahí perdernos por un tiempo.
—Seguro que cumplirías tus fantasías ahí...
—No lo dudes, pero... Soy consciente de que tú tienes una vida aquí, yo también, así que me conformo con nuestros pocos momentos juntos.
Cariño, quiero que sepas que no solo es sexo, no solo es salir a comer o tener más sexo; yo quiero ver que crezcas, que te desarrolles y que todos aquellos planes que me platicabas cuando éramos chamacos, poco a poco los hagas realidad.
Marina sintió un nudo en la garganta; ella no podía creer que Efraín dijera aquellas cosas. ¿Cómo le hacía? ¿Cómo podía decir siempre lo correcto? Ella por un momento se sintió terrible; ayer le había ocultado la plática con Esteban y eso no era nada bueno.
—Efraín... Tengo algo que decirte... —dijo Marina, tragando saliva; sabía que mencionar a su primo era incómodo, pero debía decirlo.
—¿Qué sucede, cariño?
—Hmm... Ayer por la noche no quise incomodarte o inquietarte.
—Hmm...
—Ayer Esteban llegó a casa por unas cosas de Renata, se ofreció a llevarnos al colegio; no pude negarme, Diana se ilusionó mucho y no pude decirle que no.
—Aja... —dijo Efraín, cambiando un poco el tono de voz. —¿Qué sucedió? Porque no creo que, por llevarte al colegio de tus hijas, te pongas así.
—La verdad es que, luego de ver cómo las niñas entraban, ya iba a pedir un taxi cuando me pidió que habláramos; yo creía que se trataba de las niñas, pero no.
—Ah, ¿sí? ¿De qué hablaron? Sí me puedes decir, claro... —preguntó Efraín, sintiendo que algo terrible se avecinaba.
La vida de Efraín le había enseñado a siempre esperar lo peor, pues así se anticipaba al dolor y, cuando este llegaba, ya no era tan penetrante.
Él viene y dice que lo suyo con Lorena ya terminó. Él cree que yo iba a lanzarme a sus brazos y decirle:
"¡Gracias por esta nueva oportunidad!", pero no.
Efraín, casi muero dos veces por su culpa, viví años respirando solo por él y ya no quiero eso.
Efraín no encontraba palabras para describir la inmensa alegría que le estaba dando darse cuenta de que esta vez, sus demonios no habían tenido la razón.
—Cariño... Ahora sí que, bueno... Me has dejado sin palabras.
—Mentiroso, hace rato dijiste lo mismo y no precisamente por lo que te estoy contando.
—No tengo la culpa de que tu lengua experta sea tan buena para contar chismes como para otras cosas. —dijo Efraín de manera pícara.
Marina solo abrió sus ojos desmesuradamente y olvidó por completo lo tenso de la situación.
—¡Efraín! Toma con seriedad lo que digo: yo no quiero nada con Esteban. Lamento no habértelo dicho ayer, pero te noté cansado y desanimado, así que no quise darte más preocupaciones.
—Marina... Cariño, no son preocupaciones, solo te pido que la próxima vez seas más sincera; algo como esto no debes dejarlo pasar por alto, ¿sí?
—Sí, te lo prometo.
Efraín se regalaba mentalmente; él había sido tan idiota como para dejarse afectar tras lo dicho por su primo. Se prometió en silencio no volver a caer en ese tipo de trucos tan bajos.
Tras aquello, el hombre atrajo con más fuerza a Marina y la besó al grado de casi dejarla sin aliento; él ahora podía sentirse seguro de que ella no lo dejaría botado por aquel idiota que en su cabeza tenía la idea de que Marina seguía siendo la misma de hace 7 meses.

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