Capítulo 201: Ellas nos necesitan
Tras aquella candente mañana, Efraín se disponía a llevar a Marina a casa; sin embargo, la joven mujer recordó que tenía que ir por algunas cosas para la casa, así que le pidió que la dejara en una tienda ya conocida.
El joven Efraín quería acompañarla, pero Marina ya no quería que este descuidara su trabajo. Ya le había dedicado medio día y no podía seguir quitándole tiempo, así que a regañadientes, este hombre se fue a la oficina.
Marina compró todo lo que necesitaba para hacer unas galletas para sus niñas; luego de eso, estaba por pedir un taxi de aplicación cuando se dio cuenta de que su móvil estaba muerto. Sin más remedio, tomó un taxi y fue a casa. Cuando preguntó la hora, se dio cuenta de que era muy tarde y debía correr para poder llegar a tiempo, para cocinar las galletas e ir a recoger a su Diana.
Aquella mujer iba llegando a casa cuando de pronto una voz conocida la hizo salir de los planes que llevaba en la cabeza.
—¡MARINA! —¿DÓNDE CARAJOS ESTABAS? —¿ME PUEDES DECIR POR QUÉ MIERDAS NO CONTESTABAS EL MÓVIL? —gritó Esteban furioso.
Marina se quedó pasmada; Esteban en su vida le había hablado con tal enojo. Sí, no podía negar que en algún momento discutían y él era frío, pero jamás lanzaba palabras malsonantes y menos furioso.
Por su cabeza pasó que ya había descubierto lo de su relación con Efraín; aun así, este hombre no tenía derecho de hablarle de ese modo, por lo que, ante aquella declaración, Marina también se puso en guardia.
—¡Esteban! Esta es mi casa y si te contesto o no, mi problema; por si no lo recuerdas, estamos divorciados... —dijo Marina caminando hacia el lugar de donde provenía la voz.
es Al llegar a la sala se topó con una escena que no se hubiese imaginado ni en sus peores momentos.
Renata tenía la cara rasguñada y el cabello enmarañado. Ofelia le estaba colocando un poco de ungüento en las heridas de la cara. Mientras que Renata ya no tenía la coleta tan perfecta de la mañana y lloraba en completo silencio.
—¡Dios! ¿Qué... ¿Qué sucedió? —dijo Marina al ver la escena.
—Señora... Las niñas... —dijo Ofelia tratando de hablar.
—¡Sí! Lo estoy viendo, por eso pregunto, ¿qué sucedió? —preguntó Marina sin poder entender nada de lo que estaba sucediendo.
En ese preciso momento, Esteban se plantó frente a ella y dijo:
—Pues si la mujer se hubiera dignado a responder, se hubiese enterado de la escena que armaron estas dos. —dijo el hombre fúrico.
—¡Papito! ¡Yo no tuve la culpa! —expresó Renata con voz chillona.
—¡Cállate! —dijo Esteban con un tono helado.
El hombre no podía creer que sus hijas se hubieran agarrado a golpes; lo peor era que ninguna de las dos había querido hablar y dar a conocer por qué habían hecho aquello.
Luego de reprender a Renata, el hombre miró nuevamente a Marina, quien, por una extraña razón, lucía muy diferente a ayer.
—La directora del colegio estuvo tratando de localizarte, ¿Por qué demonios no tomabas la llamada? —repitió la pregunta una vez más.
—Me... Me quedé sin batería... —dijo Marina, sorprendida ante la escena.
—Marina, no me quieras ver la puta cara de idiota, ¿dónde putas andabas? ¿Acaso ya no puedes cuidar a las niñas? ¿Acaso debemos cambiar a la persona responsable de ellas? La directora tuvo que buscarme a mí y, créeme, no estaba nada contenta.
—Mira, Esteban, a cualquiera se le puede apagar el móvil... Tenía cosas que hacer; como verás, esta enorme casa necesita despensa y cosas, así que deja ese tono para otra ocasión que no sirve de nada en estos momentos.
Esteban, molesto ante ese comportamiento que jamás había mostrado, la tomó del brazo y la zangoloteó.
—Marina, no me quieras ver la puta cara, ¿dónde madres estabas? Te llamé un momento de veces y tenía tono, simplemente no querías responderme, ¿o qué?
—¡Bien! ¿Y si no quería? ¿Qué? ¿Qué Esteban?
¡Demonios! ¿Acaso no ves que nuestras hijas están hechas polvo y para ti, lo primordial es saber dónde, madres, estuve? Si no me dices qué sucedió, está bien, yo misma lo averiguaré, pero te pido que te vayas de mi casa y, por hoy, Renata se queda aquí y me vale madres si están o no de acuerdo; aquií vamos a tener una larga charla, ¿Entendiste?
Esteban sentía que quería tomar a esa mujer del cuello y retorcérselo. ¿Cómo demonios podía hablarle así? ¿Qué le estaba dando valor? Pero eso no era solo lo que lo tenía así; este hombre no podía tolerar que Marina no tomase su llamada. Esto había sido urgente. ¿Qué era más importante que sus hijas para no responder?
—¡Ya, por favor! —dijo Diana gritando entre lágrimas.
Tanto Marina como Esteban se voltearon a verla sorprendidos, pero, lejos de que la menor fuese reconfortada, Esteban dijo:
—¡CÁLLATE! Tú eres la menos indicada para gritar; anda, cuéntale a tu madre lo que hiciste, cuéntale cómo golpeaste a tu hermana en el colegio.
Marina, al escuchar aquello, se sorprendió; ella aún no sabía qué había ocurrido y esperaba que, una vez que Esteban se marchara, ella pudiera hablar con sus niñas.
—¡ESTEBAN! ¡LARGO! TÚ NO PUEDES HABLARLES ASÍ A MIS HIJAS Y MENOS DELANTE DE MÍ. —gritó Marina furiosa.
Esteban miró a aquella mujer y dijo:
—¡Claro! Como se trata de tu hija favorita, la defiendes, pero mírala, jes una delincuente! ¡Es una agresiva! Ella se le fue a los golpes a Renata; acaso no ves a tu otra hija, mírale la cara, está toda rasguñada. ¿Eso es lo que le enseñas a mi hija?
—Esteban, no lo pienso repetir, ¡Largo! ¡Largo de mi casa!
—Me voy, pero me llevo a Renata, porque si la dejo aquí, quién sabe qué cosas podría hacerle Diana.
—¡De ninguna manera! Te largas solo, esta es mi casa y si no quieres que las cosas se compliquen, te vas por donde viniste, ¿Entendido?

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