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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 209

Capítulo 209: Lejos de terminar —¡YA BASTA! —gritó Marina, cansada y con lágrimas en los ojos. —Solo quiero ir a casa, solo quiero llevar a mis hijas a casa, ya ahí veré qué hago con ambas.

Marina abrazaba fuertemente a Diana, la soltó por un momento y la revisó, percatándose del fuerte golpe que la niña tenía marcado en la cara.

—¿Qué... ¿Qué te sucedió, Diana? ¿Te pegaste? ¿Te caíste? ¿Qué... ¿Qué ocurrió? —preguntó Marina asustada.

Diana, ya no queriendo más problemas, se quedó callada y solo bajó la cabeza. Renata, por su lado, molesta con su padre y sabiendo qué sucedería si su mamá se enteraba de que él le había pegado, no perdió la oportunidad de vengarse porque le había gritado.

—¡Mi papá le pego!

Marina rápidamente levantó la vista y quedó viendo a Esteban completamente asombrada.

—¿Qué hiciste, qué? —dijo Marina asombrada.

Sin pensarlo dos veces, Marina soltó a Diana, se levantó y le dio una fuerte bofetada a Esteban.

—¡Todo lo que está ocurriendo es por tu maldita culpa! ¡Tus hijas están así porque tú no has sabido cómo educarlas! Me has dejado la responsabilidad de Diana, consientes a Renata, le das una mesada que ni a Diana le das y ahora vienes y reprendes a mi hija solo porque reaccionó ante algo que no supo cómo manejar... —dijo Marina asombrada ante la situación.

—¡LÁRGATEEE! TODO ESTO FUE UN MALDITO ERROR, JAMÁS DEBÍ LLAMARTE, TÚ NUNCA AYUDAS EN NADA, SOLO COMPLICAS LAS COSAS, NO SÉ EN QUÉ PUTO MOMENTO CREÍ QUE SERÍAS DE AYUDA.

Esteban solo pudo sobarse el golpe y, al recordar que Angel estaba ahí, sin saber que ellos dos ya se veían, dijo:

—¡ELLAS SON MIS HIJAS! ¡YO SÉ CÓMO LAS EDUCO!

—¡No! ¡Ellas son mis hijas! Yo las llevé en el vientre por 9 meses, yo las vi cuando eran unas bebés, todo mientras tú dejabas el alma en la empresa, mientras crecías, mientras... ¡Ay, Dios! Solo vete, porque de verdad, tu presencia no me ayuda en nada.

—¿Quién demonios crees que la encontró?

Efraín, viendo la situación, se aclaró la voz, pues no iba a permitir que su primo se colgara el milagrito.

—Fui yo... —dijo Efráin con un poco de altanería.

—¡TÚ CALLATE!

—¿Por qué me voy a callar? Incluso yo fui quien impidió que le dieras otra bofetada, te lo dije, no cometas los mismos errores que nuestros padres; además, y va para ambos, ¿no creen que ya bastante tienen sus hijas con lo que sea que las llevó a esta situación como para verlos pelear?

Efraín dejó salir lo que su mente le gritaba, pues en el pasado, cuando él era un niño, le tocó vivir situaciones muy parecidas y todo ello le había creado heridas que no fácilmente se cerraban ni con terapia.

—¡TÚ, CÁLLATE! YA TE DIJE, NI PADRE ERES, ¿CÓMO VAS A SABER CÓMO EDUCAR UN HIJO?

—No soy padre, pero sí fui un hijo abandonado por su padre porque a este le importó más la mujer con la que cogía... —dijo Efraín trayendo a su mente a Ludmila Rocha.

Marina notó algo raro en el tono de voz de Efraín.

¿Quién mejor que ella sabía lo dolorosos que eran esos recuerdos? Por lo que decidió hacer caso a aquellas palabras.

—Solo quiero llevar a mis hijas a casa. Tú, Esteban, gracias por venir. Ahora te puedes retirar.

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