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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 210

Capítulo 210: No era una niña inocente.

Marina, al llegar a su habitación, sin pensarlo dos veces, se recuesta, abraza su almohada y se pone a llorar; este tipo de situaciones ya las había vivido hace muchos, pero muchos años.

Jamás en su vida pensó que le tocaría vivir esta situación una vez más. Los recuerdos de su infancia iban y venían en cascada; ella se veía reflejada en Diana, Renata era como si fuese Paulina.

Ofelia, por su lado, aún cansada, les lleva un vaso de leche y galletas a ambas niñas; primero pasa con Diana, quien, al verla, baja la mirada avergonzada.

—Dianita, cariño, ya te dije que se te va a hacer papada, levanta la vista. Te traje galletitas y leche; anda, cena algo.

—¿Mi mamá?

—En su habitación... Déjala descansar; hoy fue un día algo largo.

—Todo ha sido mi culpa, yo no debí hacer nada de eso... No debí pegarle a Renata, pero, la verdad, es que no sé qué pasó; me dio mucho coraje verla con Gio. —dijo Diana dejando salir sus pensamientos por fin.

Ofelia miró a la niña y tomó asiento en su cama; luego le dio unos golpecitos en la cama.

—Ven, hija, a ver... Cuéntame, ¿quién es ese tal Gio?

Diana se acercó a la cama, se subió y con algo de pena dijo:

—Gio es el niño nuevo que llegó a la escuela.

—¡Ah! ¿Sí? Y ese niño, ¿Cómo lo conociste?

—Él me prestó un lápiz un día que olvidé mi lapicera; era su primer día y me habló solo ese día...

—Cariño, ¿crees que es una razón válida para pegarle a tu hermana?

—No, yo sé que no, pero en ese momento solo sentí muchas ganas de pegarle a Renata. Ella le habla, se lleva muy bien con él; hoy los vi tomados de la mano, ella le estaba dando del desayuno que le hizo mamá... —dijo Diana dejando caer varias lágrimas.

Ofelia no necesitaba ser muy lista para darse cuenta de lo que de verdad había sucedido. A Diana le había gustado el mismo niño que a su hermana, aunado a la rivalidad silenciosa que existía por la atención de sus padres.

—Cariño, créeme que trato de entenderte, algún día tuve tu edad, algún día también tuve a mi chico especial, mi primer amor... Eres muy joven, mi niña, estoy segura de que este no será el único amor que tengas. En ocasiones, es mejor dejar ir que perder a un familiar, más cuando este es tu hermana gemela.

Cariño, tienes casi 10 añitos; aún te falta una larga vida. Dianita, cariño, tienes una larga vida que vivir.

Conocerás chicos, te enamorarás, te romperán el corazón, pero te levantarás y, cuando menos lo imagines, te volverás a enamorar y así sucesivamente, hasta que llegue el indicado, ya lo verás.

—¿Cómo sabré que es el indicado? —Tú lo sabrás, corazón, tú lo sabrás; ahora no, porque eres una niña. Hoy te gusta una muñeса, luego te gusta un libro, mañana te gustará un osito de peluche, luego tal vez te guste la casa de muñecas; la vida cambia mucho, corazón. Un niño, un hombre o como quieras verlo, no es motivo para pelear con tu hermana, ni con nadie; si él quisiera algo contigo, él te buscaría, no tú a él.

Ahora, menos charla, toma tu lechita y come tus galletitas; no son muchas, pero algo en la panza es algo. Anda, métete a la cama. —dijo Ofelia como consejo de una abuela a su nieta.

Luego de ella, fue a la habitación de Renata, se encomendó al santo de las causas perdidas para que su niña rebelde no fuese tan causa perdida. Al entrar en esta habitación, se topó con Renata en una videollamada. Ofelia se sorprendió, pues hasta donde sabía, ella no tenía móvil; ninguna de las niñas tenía, no porque sus padres no pudieran comprárselos, sino porque Marina tenía reglas claras sobre ello.

—¡Hija! Renata, apaga eso, vamos, aquí traje leche y galletitas para que cenes algo.

Renata, al verla, se asustó, se sintió descubierta y rápidamente guardó el móvil debajo de la almohada.

—Renatita, ya vi el móvil; sabes bien que no debes tener eso. Anda, dámelo, tu madre tiene reglas muy claras sobre los teléfonos.

—¡No! ¡Es mio!

—jAh! ¿Sí? ¿Quién te lo compró?

—La novia de papá... —dijo Renata como si con ello Ofelia pudiera detenerse.

—Cariño, más a mi favor, tú no debes usar esas cosas; tu madre ha sido muy clara con ello, no móviles para ustedes. Dámelo, te lo estoy pidiendo por las buenas, no quieres verme molesta.

Renata no tuvo más opción que sacar el móvil y lanzarlo hacia la pared molesta.

—¡Muy maduro de tu parte, cariño! Ahora sí, aquí están la lechita y las galletitas. Cena algo; hoy fue un largo día y no pudimos ni comer.

Renata, a diferencia de Diana, se mostraba altiva, pues sabía que esta vez la bronca no era de ella.

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