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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 216

Capítulo 216: No digas que no te advertí

Marina se sentía terriblemente agotada; apenas iba a ser mediodía y ya estaba teniendo su primera batalla. Al llegar a la alcoba de Diana, tomó aire y dijo:

—Diana, cariño, toma solo lo necesario, vamos a salir en este momento.

Luego de ello, la mujer sabía que se enfrentaría a su némesis, su hija, la que, por alguna razón desconocida, sentía que la odiaba con todo su ser.

—Renata... —dijo Marina y recorrió la habitación con la mirada; ella aún no había hecho ninguna maleta.

La menor iba saliendo del tocador, mientras hablaba muy animadamente con alguien. No necesita ser muy lista para darse cuenta de con quién hablaba; aquello la hizo reaccionar, entrar y arrebatarle el móvil.

La mujer al otro lado del móvil se quedó sorprendida, no dijo nada, pero Marina ya había tenido suficiente de ella.

—Lorena Huesca, déjame decirte una cosa.

—Marina, querida, ¿acaso son celos los que escucho? Yo solo conversaba un poco con Renata; ella y yo somos amigas; ¿acaso le vas a prohibir que sea mi amiga? —dijo Lorena, sabiendo que Marina no haría algo en contra de su hija.

Lo que no esperaba era la respuesta de Marina, quien ya se encontraba harta de la existencia y presencia de aquella mujer.

—Lorena Huesca, llámalo como se te dé tu puta gana. Solo te voy a decir una cosa. Renata es menor de edad y yo, te guste o no, soy su madre; así que, si no paras de hacer lo que haces con mi hija, voy a pedir una orden de restricción, pues ya voy viendo quién le mete ideas en la cabeza.

Lorena, créeme, ya te he aguantado mucho y no pienso seguir haciéndolo, así que, si no quieres tener problemas legales, te advierto que será mejor que pares. —dijo Marina por primera vez, dejando por unos segundos a Lorena sin palabras.

Aquella mujer no esperaba la reacción de Marina; estaba acostumbrada a que era ella quien intimidaba, así que el que ahora Marina reaccionara y se pusiera así le cayó de sorpresa.

—Que esta sea la última vez que le llames a mi hija; de lo contrario, tanto tú como mi querido exmarido serán quienes verán lo que soy capaz de hacer por la salud mental de mis hijas.

Tras aquella advertencia, Marina terminó la llamada y dirigió su mirada a su sorprendida hija.

—Me voy a quedar con esto. Ayer te dije que me lo entregaras e hiciste caso omiso; por consecuente, tu castigo sube de un mes a dos, así que tú sabes cuándo más quieres que siga creciendo el castigo.

—¡Eres una mamá muy mala! ¡Lorena hubiera sido mejor mamá!

—Pues qué lástima, porque la vida te castigó conmigo y ahora te aguantas.

—Te voy a acusar con mi papá, le voy a decir que me maltratas.

—Quiero ver que lo hagas, quiero ver que tu padre se atreva a defenderte. Renata, he sido muy condescendiente contigo, he estado al pendiente de ti, he hecho hasta lo imposible por hacerte feliz, pero haga lo que haga, tú nunca estás de acuerdo, tú nunca estás contenta ni satisfecha; pareciera que tu meta en la vida es llevarme la contra y no está mal, no siempre se tiene lo que uno quiere.

Solo recuerda una cosa, hija: te amo y, si debo ser la mala para evitar que te destruyas a ti misma, pues así será. —dijo Marina, entendiendo que con Renata no serviría seguir siendo suave.

—¡Quiero mi teléfono! ¡No es tuyo! ¡Tú no tienes derecho! ¡Lore, me lo regalo! ¡No es tuyo!

—Cariño, qué bueno que dijiste eso, porque ahora tengo grabado que ella fue quien te lo dio y si esa mujer sigue insistiendo en envenenar tu vida, créeme, ella y yo vamos a tener muchos problemas.

Renata no podía creer las cosas que salían de boca de su madre; ella jamás le había hablado de esa manera. ¿Cómo podía ser que ella se comportara de ese modo?

——Ahora bien, toma tus cosas y vámonos, es hora de ir a dar un paseo. —dijo Marina viendo el reloj; sabía que en cualquier momento llegaría el escolta de Efraín y saldrían por fin de aquella asfixiante casa.

—¿A dónde vamos?

—Vamos a dar un paseo... ahora, ¿ya tomaste lo que necesitas?

—No, bueno, entonces ya vendremos a recogerlo después. —dijo Marina tomando a la niña de la mano y obligándola a salir de su habitación.

Tan pronto como ambas llegaron al último escalón, el timbre de la casa sonó y Ofelia se apareció para ir a abrir.

—Ofelia, han venido por mí, voy a salir, luego me comunico contigo, debemos irnos ahora mismo.

—Está bien, señora, vaya con mucho cuidado.

—¡Diana! ¡Cariño! ¿Dónde estás?

—Aquí, mamá... —dijo Diana, un tanto tímida.

Marina jamás imaginó que salir de esa casa se sintiera como si huyera, pero estaba segura de que después de cortarle la llamada a Esteban, este seguro no se iba a quedar tranquilo, menos cuando acababa de amenazar a su fabulosa Lorena.

Al abrir la puerta, un escolta de Efraín apareció y dijo:

—Señora, me pidieron que la llevara a su nuevo destino.

—Sí, vamos...

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