Capítulo 22: Ni una palabra de esto...
Esteban conducía su elegante deportivo a toda velocidad mientras fumaba un cigarro; en ese preciso momento no pensaba con claridad. En su mente solo sonaban las duras palabras que su padre le había lanzado.
¿Cómo demonios ahora vendría su primo a reemplazarlo como si fuera una simple ficha de ajedrez? Él sabía perfectamente bien que el hecho de que Efraín hubiese aceptado regresar a México luego de 9 años no era un favor, era una venganza silenciosa por lo que había hecho en el pasado.
—¡Maldito Efraín! Sabía que lo harías, sabía que un día volverías, pero debes saber una puta cosa: no voy a permitir que vengas a quitarme lo que es mío.
Sus pensamientos cambiaron tan pronto como llegó al lugar que llevaba en mente; al hacerlo, rápidamente descendió de su auto y entró a aquella que por años había sido su casa.
Eran casi las diez de la noche cuando el hombre volvía a poner un pie en ese lugar. Sin pensarlo dos veces, el hombre entró a la casa y en cuestión de segundos ya estaba subiendo las escaleras hacia donde hacía poco más de cuatro meses era su habitación.
Tan pronto como abrió la puerta, la vio; ahí estaba Marina, durmiendo plácidamente mientras su vida se estaba comenzando a caer en pedazos por su maldita indiscreción.
Ante aquella imagen, solo sintió como la sangre se le calentó y el estómago se le revolvió; sin pensarlo dos veces, se acercó a la cama y con una mano la tomó del cuello, provocando que la mujer despertara.
—¡Marina! ¿Qué demonios piensas que estás haciendo? —dijo Esteban lleno de furia.
—¡Ay! —se quejó Marina al abrir los ojos ante el dolor de intentar moverse.
Esteban no pensaba con claridad; la furia que llevaba le estaba cegando la razón; solo pensaba en que todo lo que estaba sucediendo era producto de un arranque de celos de su esposa.
El hombre quería dejar claro que no iba a andarse con juegos estúpidos; había sido generoso con el divorcio y honesto con sus sentimientos. No podía, no quería aceptar que su mujer siempre sumisa pudiera echar su vida por la borda.
En su mente no paraba de sonar la idea de que todo lo ocurrido el día de hoy era parte de un plan para dañario tanto a él como a Lorena. Ahora lo veía con claridad, ya entendía que si, su accidente bien pudo haber sido un maldito plan, tal como Lorena se lo decía una y otra vez.
Ahora le quedaba claro que ella firmaría el divorcio y quedaría como la mártir, mientras que él, junto con Lorena, quedarían como una pareja de infieles sin corazón.
—Es... Esteban... —Intentaba hablar Marina mientras débilmente trataba de zafarse del agarre de su aún marido.
Aquel agarre, honestamente la había tomado por sorpresa; no entendía qué hacía ese hombre en su casa, no entendía por qué estaba haciendo aquello, solo sabía que si no la soltaba ahora mismo, moriría.
Marina apenas había salido del hospital esa mañana. Cada respiración todavía le quemaba el pecho, como si las costillas rotas se clavaran por dentro. Intentaba apartar las manos de Esteban, pero sus brazos temblaban sin fuerza.
—¿Por qué hiciste eso? —gruñó él mirándola con desprecio.
Ella no entendía, su cabeza no podía procesar aquella pregunta, era como si todo ocurriera detrás de un vidrio empañado.
De pronto, el aire comenzó a faltarle, no podía respirar, ya no sabía qué era más urgente, si el no respirar o el dolor en su costado. Sus oidos escuchaban débilmente la voz de su marido muy a lo lejos.
—¡Señor Montemayor! —gritó Ofelia tirando la charola con los medicamentos que le llevaba a la señora de la casa.
Esteban escuchó el grito y aquello lo hizo salir del trance. Al hacerlo, se dio cuenta de la locura que estaba cometiendo e, inmediatamente, retiró la mano del cuello de su aún esposa.
Marina, tan pronto como fue soltada, comenzó a toser desesperadamente, al mismo tiempo en que trataba de tomar aire y soportaba el dolor que le generaba aquella tos.
—¿QUÉ DEMONIOS ESTÁ HACIENDO? ¡LÁRGUESE DE AQUÍ! —gritó Ofelia como primera reacción.
Esteban miró a la mujer que estaba en la cama retorciéndose de dolor, se asustó e intentó ayudarla.
—¡Ma... ¡Marina! ¡No...! ¡No sé qué me pasó!


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