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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 223

Capítulo 223: ¿Por qué te casaste con papá?

Lina se percató de que Marina tenía algo, así que se hizo una nota mental para que en un rato libre pudiese hablar con su hermana.

Al poco rato de haber llegado, el timbre sonó nuevamente; Marina fue a abrir y se topó con Efraín, dos botellas de vino y dos cajas con pizza.

—¡Hola! —dijo Marina nerviosa ante la mirada de los curiosos, entre ellos los de su hija.

—¡Hola, cariño! —dijo Efraín percatándose del nerviosismo de aquella mujer. —¿Cómo estás?

¿Puedo pasar?

—¡Eh! Sí, sí, claro, pasa, pasa, aquí están las niñas...

—dijo ella haciendo énfasis por sus hijas. —Lina y Patrik.

Efraín puso cara de sorpresa cuando vio a Patrik en la oficina y este dijo que se retiraba; jamás mencionó que vendría a ver a Marina, mucho menos que estaría en un mismo lugar con Lina.

—¿Patrik?

—Sí, ¿qué sucede? —dijo el hombre con seriedad.

—Hace un momento no me dijiste que vendrías.

—No me preguntaste.

—Se me olvida que eres un hombre de pocas palabras. —dijo Efraín, no ahondando más en el asunto.

Patrik le lanzó una mirada acusatoria; el hombre, por alguna extraña razón, se sintió expuesto.

—¿Mamá? —¿Quién es él? —dijo Renata, mirándole con cierta curiosidad, ya que compartía un extraño parecido con su padre.

Marina no supo cómo manejar la situación; sus ojos pasaron de ella a los de él. Sabía perfectamente bien que Renata era muy cercana a Esteban, lo cual quería decir que le diría que su primo estaba en casa y eso podría generar varios conflictos.

—¡Hola, niña! Soy tu tío, mi nombre es Efraín Forcelledo... —dijo muy quitado de la pena.

—¿Tío?

—Sí, ¿acaso tu padre nunca te ha hablado de mí?

—No...

—Bueno, pues ahora ya me conoces y no solo soy eso, también soy muy buen amigo de tu madre.

—¿Cómo?

—Sí, cuando éramos unos chamacos, tu madre, tu tía y yo éramos muy buenos amigos y compañeros de aventuras en el pueblo.

—¿De verdad? ¿Tú viviste en el pueblo? —dijo Renata, intrigada.

—¡Claro! En el pueblo vivimos un montón de aventuras: trepábamos árboles frutales, comíamos golosinas y, en ocasiones, acampábamos en el jardín de la abuela Sofi.

Renata de cierto modo se vio impresionada por aquellas palabras; ella no imaginaba que su madre tuviera algo interesante que contar de su vida y, sin embargo, ahí estaba ese extraño contándole sobre la vida desconocida de su madre.

—¿Mami?

De pronto se escuchó la dulce voz de Diana, quien venía bajando las escaleras, limpiándose los ojos y estirándose como gato.

Efraín posó sus ojos en las niñas y se percató de que ambas eran completamente idénticas; aquello le produjo una extraña sensación en el pecho, pues, de no haber sucedido como sucedieron las cosas, esas niñas bien podrían ser de él.

—¡Cariño! ¿Cómo estás? —dijeron Lina y Marina al mismo tiempo.

—¡Tía Lina! —¡Hola! —dijo Diana con alegría al ver a su tía favorita.

—¡Hola, cariño! Vinimos de visita, ¿Cómo les está sentando su nuevo hogar?

—Bien, supongo. —dijo Diana, aún no muy convencida de aquel lugar.

—Bueno, bueno, ya te acostumbrarás. Tu mamá compró esta casa con mucho esfuerzo, ¿verdad que es preciosa? ¿Les gustaron sus camitas?

—Pues a mí me encanta mi nueva habitación, tiene vista hacia el jardín trasero y es hermoso. —dijo Renata mientras caminaba hacia las bolsas con comida. —Oigan, ¿toda esta comida solo es para verla o para comerla?

—¡Oh! Sí, sí, deben estar hambrientas; vengan, corazones, trajimos algo para celebrar. —dijo Lina muy quitada de la pena.

Todos comenzaron a caminar hacia lo que era la cocina; las niñas se colocaron una en cada lado de Lina.

Patrik observaba la escena y notaba una gran diferencia en la mujer que compartía con su hermano y sobrinas a la mujer que convivía con él; no lo admitía, pero le causaba cierto interés desmenuzar lo que había dentro de ella.

Por otro lado, Marina ayudó a Efrain con las botellas de vino, mientras que él llevaba las pizzas; caminaban a un paso más lento que todos, buscando un espacio para poder hablar.

—¿Cómo estás? —preguntó Efraín con interés.

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