Capítulo 224: Cuiden mucho a su madre
Marina no sabía cómo responder; era lógico, para cualquiera sería lógico.
—Efraín no vivía aquí en México, cariño. Él venía de vacaciones y solíamos jugar en los veranos. —dijo Lina tratando de ayudar a aquella pareja.
—Hmm... Bueno, eso suena lógico. —dijo Diana, restándole importancia al asunto y suavizando su semblante.
Ahora aquí estaba aclarado el punto de por qué se veían tan familiarizados; todos pudieron sentarse en la barra de la cocina y disfrutar de una deliciosa cena. Por al menos unas cuantas horas, platicaron, rieron y contaron anécdotas de su niñez.
Renata y Diana quedaron maravilladas con las cosas que Efraín les contaba de su madre y tía. En su vida, ambas niñas se hubieran imaginado que su madre fuese tan intrépida; por momentos, ante las imágenes que les describían, las niñas desean ir al pueblo y comprobar todo lo que les habían contado.
Los relatos iban desde días de campo en los terrenos de cultivo, los atardeceres debajo del nogal, las ciruelas rojas y dulces, las noches estrelladas en el jardín de Sofí, esta misma preparándoles pan con frijoles, los elotes del pueblo y los dulces típicos; aquellas niñas habían crecido bajo la vigilancia de Esteban y él odiaba el pueblo, así que no tenían muchos recuerdos de ese lugar.
—¿Cuándo podemos ir al pueblo? —preguntó Renata con interés.
—¡Sí! ¡Sería genial ir al pueblo y conocer los lugares que cuentan! —dijo Diana con cierta ilusión en la VOZ.
Lina y Marina se observaron; esta era la primera vez en mucho tiempo en la que veían a las niñas entusiasmadas por alguna actividad así.
—Bueno, debemos organizarnos; bien podemos ver qué fin de semana nos abrimos un hueco y las llevamos. —dijo Marina sin bajarles los ánimos.
—Según recuerdo, la fiesta del pueblo ya casi va a ser... —dijo Efraín revisando su móvil. —Mi Sofí sigue acostumbrada a hacer mole y esas comidas deliciosas que se hacen en ese día; podríamos organizarnos e ir a visitarla, podríamos pasar a ver a tus padres, Marina.
Marina apretó los labios; la idea era buena, pero visitar a su madre en este momento, en definitiva, no era una buena idea, menos cuando su madre no tenía en buena estima a Efraín tras saber la vida alocada que llevaba.
—Creo que podemos organizarnos, podríamos pasar con Sofí mucho tiempo. —dijo Marina en respuesta a lo propuesto.
—¿Entonces sí nos llevarán? —preguntó Diana con los ojos brillando de ilusión.
—Es un mes, bien podríamos organizarnos; es viernes, podemos ir desde jueves y regresar el domingo.
—Papá no nos va a dejar ir, él odia el pueblo... —
dijo Renata con un poco de desilusión.
—¡Tranquila, cariño! —dijo Marina al ver que la emoción se apagaba.
Esta era la primera vez que veía cómo sus hijas se ilusionaban por conocer al pueblo. De cierto modo, agradecía que Efraín contara su infancia con tanta emoción, al grado de despertar el interés de aquellas niñas.
—Hablaré con papá y ese fin de semana no irán con él; pasaremos un agradable fin de semana en casa de la abuela Sofí. Estoy segura de que si le decimos, esta se volverá locа.
—La última vez quería matar un cerdo o borrego en mi honor; imagínense, si les decimos que van a ir, va a poner a todo el rancho a mover cielo, mar y tierra para tener todo listo para su visita. —dijo Efraín, alentando a las niñas a no desanimarse.
—¡Ya quiero que sea la fiesta del pueblo! —dijo Renata imaginando los juegos, la comida y queriendo conocer los lugares en donde su joven mamá llegó a jugar en su niñez.
Marina pudo ver que las historias que Efraín les había contado a sus hijas por un momento habían hecho que ambas dejaran sus rencillas por otro lado y se enfocaran en ese momento.


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