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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 225

Capítulo 225: ¿Por qué quiere cambiar las cosas?

Por primera vez en mucho tiempo, Renata y Diana aceptaron quedarse con su madre. Renata fue la primera en correr escaleras arriba y cambiarse de ropa; Diana, sin embargo, subió tranquila a su habitación, se puso pijama, tomó su peluche y fue a cerrar su ventana.

Estaba por cerrarla cuando se percató de que la luz de la casa de al lado estaba encendida; ahí fue donde se dio cuenta de que la habitación era la de un niño.

La menor supuso que pronto sabría quién era el vecinito dueño de esa habitación; ya sin poner más atención, estaba por cerrar la venta cuando escuchó que alguien la saludaba.

—¡Hola! —se escuchó la voz de un niño.

Diana puso más atención y trató de ver quién le hablaba.

—Ho... Hola... —dijo Diana con un poco de nervios.

—¿Eres nueva aquí? ¿verdad?

—Eh... Sí... —respondió Diana asomándose para ver quién le hablaba. Ahí se topó con un encantador niño de cabellos rizados, piel clara y ojos oscuros.

—Me llamo Enzo, ¿y tú? —Di... Diana... Hoy mi mamá, mi hermana y yo nos mudamos...

—¡Oh! Ya veo, me di cuenta de que había luz, así que supuse que teníamos vecinos nuevos. —dijo el menor con mucha educación.

—Sí, soy nueva, no... no conozco a nadie por aquí.

—Bueno, ahora ya me conoces... somos vecinos.

Soy Enzo Pellegrini, vivo aquí con mi papá, mi nueva mamá y mi hermana.

—¡Hola, Enzo! —dijo Diana sonriéndole.

Enzo sonrió y movió su mano en señal de saludo.

—Bueno, me voy, mi mamá me espera; si quieres, mañana platicamos. —dijo Diana con una soltura muy extraña.

Aquella niña difícilmente se podía comunicar con más niños; era penosa en extremo, pero había algo en aquel niño que le causaba cierta confianza, así que no tuvo problema en hacerlo.

—Está bien, espero verte mañana; le avisaré a mamá para que las vayamos a visitar. —dijo Enzo con mucha cortesía.

Diana sonrió y asintió con la cabeza.

—¡Adiós, Enzo! Descansa!.

—Igualmente!

Luego de despedirse, tomó su peluche y se dirigió a la habitación de su madre; en ella ya estaba su hermana, ya recostada a un lado de ella.

—¡Anda, cariño! ¡Vamos a dormir! —dijo Marina al tiempo que levantaba la colcha para que su hija entrara. —¿Por qué tardaste tanto?

—¡Ah! Estaba cerrando la ventana y me topé con nuestro vecinito...

—¿Ah, sí?

—Sí, es un niño muy agradable, dice que mañana vendrá con su mamá a saludarnos.

—Así es, mientras él no esté enfocado en lo que sucede aquí, Patrik tendrá todo para llevar a la compañía a la quiebra. Tú conoces muy bien a Patrik; él no se detendrá y, cuando mi tío se dé cuenta, será demasiado tarde.

—Bien, si eso es lo que necesitas, veremos qué se puede hacer. Voy a ir dejando algunas pistas a tu tío para jugar un poco con su mente, ya sabes, algo sutil.

—¡Gracias, Yorgos! ¡Cuida bien de ella!

—De eso puedes estar muy seguro.

Mientras esto sucedía con Efraín y su plan, Esteban estaba teniendo una interesante plática con el abogado de la familia.

—Señor Montemayor, la situación es algo complicada. En su momento se lo puse sobre la mesa, pero usted no escuchó lo que le dije; la señora Salas está en todo su derecho de hacer lo que hizo; además, la casa está a su nombre, no al de sus hijas; usted se la dejó, ¿acaso ya no lo recuerda?

—¡Claro que lo recuerdo! Pero... La casa es el patrimonio de mis hijas, ¿Cómo puede venderla así como así?

—Señor Montemayor, sé que tiene un valor sentimental, pero si la decisión de la señora es esa, usted no puede ingerir, ni mucho menos puede presionar desde el lado de sus hijas. Recuerde una cosa: su esposa tiene la custodia completa; usted así lo decidió.

—¡Maqueda! ¿Acaso estás del lado de ella?

—No, no, claro que no; no obstante, debe ser consciente de que en meses pasados, usted tomó decisiones que le parecieron correctas. Ahora, ¿por qué quiere cambiar las cosas?

Señor Montemayor, en esta vida todo se puede y con dinero se hace muy rápido; sin embargo, tenemos una orden oficial. Según usted, la verdad era que las niñas estarían mejor con su madre y las visitas solo serían los fines de semana cuando usted lo pidiera. ¿Por qué no se siente satisfecho con ello?

—Porque no, carajo, Maqueda, pareciera que quieres ir en contra de mis órdenes.

—Señor, me está pidiendo que luchemos por la custodia de sus hijas solo para que la señora regrese a su casa; eso no es una razón válida. En su debido momento, yo le planteo lo que sucedería, pero no hizo caso; ahora, ¿Por qué quiere cambiar las cosas?

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