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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 24

Tras terminar la llamada, Marina, aun con dolor en el cuerpo, se levantó y miró por la ventana; no pudo evitar dejar caer varias lágrimas al tocarse el cuello, el mismo que parecía querer recordarle lo que había sucedido hace apenas unas cuantas horas.

No pudo evitar traer a su mente la última vez que discutió con Esteban. Él le había dicho que jamás le pondría una mano encima; sonrió de medio lado, pues hoy había quedado claro que podía hacer lo contrario.

Esa noche lloró por largo rato. ¿Cómo había podido ser tan ciega? ¿Cómo es que había pasado 20 años amando a un hombre que no merecía su amor?

Mientras lo hacía, no pudo evitar recordar varios acontecimientos de su vida al lado de Esteban: la emoción de verlo parado frente a ella pidiéndole matrimonio, lo dichosa que se sentía cada que salían como novios, el día de su boda y… su noche de bodas.

--- 9 años atrás ---

La habitación de aquel elegante hotel estaba iluminada apenas por la luz cálida de las lámparas. Hoy se quedarían ahí; mañana saldrían hacia una bella playa en donde pasarían una semana de luna de miel.

Marina se encontraba de pie junto a la ventana; su estómago no paraba de revolverse, las mariposas que sentía no paraban de moverse de un lado a otro. Ella miraba las luces de la ciudad mientras esperaba la llegada de su ahora esposo.

Su corazón latía con tanta fuerza que temía que Esteban pudiera escucharlo.

Aquella jovencita había soñado con ser su esposa desde niña. A los 7 años aún no entendía las cosas de adultos, pero se imaginaba siendo una bella mujer con un fabuloso vestido de novia.

Hoy su sueño se hacía realidad; hoy portaba un bello vestido de novia escogido nada más y nada menos que por él, por el hombre de su vida.

Aquellos recuerdos se esfumaron cuando escucho el sonido de la puerta cerrándose detrás de ella.

Esteban entró en la habitación con paso lento y medido. Sin prisa, pero sin calma, se quitó la chaqueta del traje, se aflojó la corbata y caminó hacia ella.

Marina se giró hacia él con una sonrisa tímida, llena de ilusión; al hacerlo, pudo ver un bello y atractivo rostro, el cual ya se iba acostumbrando a verlo serio, casi impenetrable.

—Hoy… Fue un maravilloso día, ¿verdad? —murmuró la joven, intentando romper el silencio entre ambos.

Esteban la miró de un modo difícil de explicar. En sus ojos no había dureza, pero tampoco se podía ver el brillo y la emoción de ver a la que hoy se había convertido en su mujer.

Él tenía claro que no la amaba; se había casado con ella para salvar su orgullo, para evitar la humillación pública que le podía generar el haber sido dejado a días de llegar al altar con quien, en su momento, consideraba el amor de su vida y quien lo había abandonado sin mirar atrás.

Marina, por el contrario, lo miraba como siempre, como si él fuera su mundo, como si fuera el centro de su universo.

Esteban se acercó despacio hasta quedar frente a ella, rodeó su cintura con un brazo y la acercó hacia él.

—Marina… —dijo el hombre casi en un susurro.

Ella lo miró con los ojos cargados de ilusión.

En ese instante, Esteban dudó. Había algo en la mirada de aquella jovencita que lo incomodaba y desarmaba; ella lo miraba como si confiara más de lo que debería hacer.

Rápidamente, aparto esa terrible sensación, puesto que ya era demasiado tarde para comenzar con dudas.

Tras aquello, alzó la mano y aparto con suavidad un mechón de cabello que Marina tenía en el rostro, Marina por su lado, al sentir aquel toque, cerró los ojos por un segundo, sintiendo como su corazón se desbordaba de felicidad.

Cuando volvió a abrirlos, él la observaba con una expresión que no pudo descifrar.

—Ahora eres mi esposa. —dijo Esteban tratando de hacer que esas palabras entraran a su cabeza.

Marina, al escuchar aquello, sonrió temblorosamente; para ella, esa frase sonaba como una promesa para toda la vida; para él, era una forma de reafirmar lo que acababa de suceder.

Luego de aquello, Esteban soltó su cintura, tomó el rostro de Marina con ambas manos y la besó.

Marina correspondió a ese beso con una ternura que Esteban no esperaba; se aferraba al momento como si con aquello se hiciera un pacto que duraría toda la vida.

Luego de aquello, Esteban la cargó y la llevó hacia la cama. Marina se sentía nerviosa; ella no sabía bien qué sucedería. Había escuchado de las experiencias de sus amigas, pero nada se parecía a su realidad.

El hombre con suavidad comenzó a deslizar el enorme vestido de novia que cubría el delgado cuerpo de su ahora esposa, cerró los ojos por un instante e imaginó a la mujer que debería estar portando aquel bello vestido. Una punzada en el pecho se hizo presente, pero, inmediatamente, reprimió aquella.

El joven no estaba dispuesto a volver a pasar por la misma angustia que hace mes y medio vivió, no, no lo haría. Sabía que Lorena estaba en la misma ciudad; habían pasado la noche juntos, pero eso nada cambiaría su realidad.

Cuando Esteban vio el cuerpo desnudo de su ahora esposa, no pudo evitar compararlo con la mujer de la noche anterior, reprimió la terrible sensación de incomodidad y procedió a tomar lo que aquella jovencita le ofrecía; al hacerlo, se quedó inmóvil.

Algo en la forma en que Marina reaccionaba lo hizo fruncir el ceño. No se trataba de la timidez común… Se trataba de algo más profundo, más vulnerable. Rápidamente, la tomo del mentón, obligándole a mirarlo.

Tras aquello, el silencio en ese lugar era pesado mientras el juez firmaba el documento con calma; luego procedió a sellar el papel, levantó la vista y miró a ambos para decir:

—Habiendo firmado ambas partes y quedando asentado en actas, este tribunal declara legalmente disuelto el vínculo matrimonial entre ustedes a partir de este momento.

El sonido del mazo resonó en la sala; Marina mantuvo la vista fija en aquel papel. Sus manos estaban frías, pero ya no temblaban. Con lentitud dejó la pluma sobre la mesa, luego se levantó.

Al hacer aquello, se produjo un leve ruido, rompiendo el silencio que se había instalado en aquel lugar.

Esteban, por su lado, observó cada movimiento desde el otro lado; no pudo evitar sentir algo extraño al verla ponerse de pie; era como si todo esto se tratara de una simple formalidad.

Marina, junto a su abogado, estaban por comenzar a caminar hacia la puerta cuando la voz de Esteban los detuvo.

—Marina… Espera… —dijo Esteban caminando hacia ella.

Claramente se podía ver la tensión que se reflejaba en su expresión; él quería decir algo, pero no encontraba las palabras, menos cuando su mirada se posó en el cuello de su ahora exesposa.

Lo que había hecho la noche anterior estaba ahí, el rastro del momento en que perdió el control estaba ahí, sí, ahí, dibujado en finas sombras color violeta que apenas se ocultaban debajo del suéter que llevaba puesto arriba de uno de sus vestidos favoritos.

De pronto, el recuerdo de lo sucedido la noche anterior cayó de golpe: su mano tomando por el cuello a quien fuese aún su mujer; no pensaba en nada que no fuese matarla, sí, eso era lo que cruzaba su mente, matarla.

La escena posterior era devastadora, ella retorciéndose de dolor, mientras le miraba con terror. Esteban no pudo evitar sentir como algo se tensaba en su pecho.

—Yo… —empezó, pero la voz se le quedó a medio camino.

Marina lo observó en silencio; sus ojos se veían cansados, su rostro estaba pálido, pero, aun así, se podía ver calma, una calma que, por alguna extraña razón, resultó aún más inquietante que cualquier posible reclamo.

—Ya no importa, Esteban —dijo Marina con suavidad. —Cuando quieras ver a las niñas, solo habla con mi abogado.

Luego de decir aquello, se giró y salió de aquella sala sin mirar atrás.

Esteban permaneció inmóvil, viendo cómo se alejaba y, por primera vez desde que todo había empezado… Sintió el peso real de lo que acababa de perder.

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