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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 25

—¿Qué sucede contigo, Esteban? ¿Acaso no estás feliz con lo que acaba de suceder? ¿No era lo que querías? —dijo Armando, viendo el rostro conflictuado de su amigo.

—No es eso lo que me tiene así… —responde Esteban a la serie de preguntas de su mejor amigo.

—¿Entonces? ¿Qué sucede? Te noto extraño, perdóname, pero es para que estuvieras festejando con Lorena, no para que estés aquí en mi apartamento con cara de lamentación. No me malentiendas, pero el que pasaras la noche aquí y ahora estés de vuelta me hace pensar que si realmente eres consciente de lo que acabas de hacer. —comentó Armando, temiendo algo que era más que evidente.

Esteban se quedó mudo; no entendía qué era lo que había sucedido durante la reunión en la sala del juzgado. Ayer, cuando salió de casa de sus padres, no tenía ánimos de llegar a su “nuevo hogar”, así que prefirió llamar a Armando y pedir asilo.

La mañana había sido un vaivén de emociones, pues a primera hora su móvil sonó. Él, al ver quién le llamaba, se dio cuenta de que se trataba de su abogado; sin dudarlo, respondió; no necesitaba ser muy listo para saber que tenía algo que ver con lo ocurrido por la noche.

—Señor Montemayor, anoche el abogado de la señora Montemayor me contactó; ella solicita que se firme el divorcio hoy mismo; de lo contrario, ella hará de dominio público que intentó asesinarla.

Aquella declaración no tomó por sorpresa a Esteban, ¿Cómo podría hacerlo? Estaba más que claro que lo sucedido anoche solo vendría complicar las cosas, si ella había sido capaz de colar su salida del hospital y de hacerlo quedar mal, ¿Cuántas cosas más no podría hacer?

—Haz lo que pida… —aseguró Esteban, sabiendo que no tenía caso seguir postergando aquello.

Ahora, luego de haber firmado el documento que tanto anhelaba, no sabía qué sentir, no sabía qué pensar. Aquel maldito papel le había costado la credibilidad, la estabilidad y el puesto en el negocio familiar. ¿De verdad estaba dispuesto a perder todo eso por un momento de debilidad?

Mientras aquello sucedía con Esteban, el caso de Marina no era diferente; ella no sentía culpa, no sentía remordimiento, no, ella había mostrado firmeza al momento de firmar aquel maldito papel, pero al final, la sensación que ella vivía en ese momento era de pérdida.

Sentía como si le hubiesen dicho que Esteban había muerto; pensaba que, a pesar de que este ya no vivía con ella, aquel documento lo hacía real y oficial. Él ya no llegaría a casa, ya no fingiría quererla, ya no le sonreiría de vez en vez, ya no le abrazaría en aquellas noches frías de invierno.

Todo ello provocaba una especie de dolor la había envuelto y se negaba a dejarla ir, por más que luchaba por sacar a Esteban de su cabeza, simplemente no podía.

Aunado a toda esa situación, no le ayudaba mucho tener a su familia reunida en casa; incluso Paulina, su hermana mayor, había venido desde Vancouver a visitarle.

—¡Hija! ¿Por qué no nos avisaste que ya ibas a ser dada de alta? Pudimos ir por ti; ahora estás en boca de todo el mundo. No me imagino lo que debe estar pensando Esteban. Debe estar fúrico; no sé quién haya filtrado aquel chisme; esto le debe estar pegando durísimo a él y sobre todo a su familia. —expresó Eugenia, un tanto preocupada.

Marina permanecía callada mientras estaba sentada en el sofá; oía, pero no escuchaba. Ahora mismo no estaba de ánimo para poner atención a la oleada de información que fluctuaba en aquella sala.

—Marina, ¡debes ser más consciente de tus actos! Ya no eres una chamaca de 18 años, no puedes ir por la vida tomando decisiones a la ligera. —agregó Paulina, mirándole seriamente.

Marina no comprendía aquella serie de cosas que sucedían, hace poco más de una hora estaba en el juzgado firmando el documento que hacía oficial todo y ahora, le tocaba soportar todo aquel drama familiar.

—Acabo de ir a firmar el divorció… —susurró con voz casi inaudible.

—¿Cómo has dicho? No escuché bien. —comentó Rigoberto al escuchar aquellas pocas palabras.

—¿Pueden irse de mi casa? Sé que tiene muy buenas intenciones, pero, ¿podrían hacer lo mismo que cuando era niña? ¿Podrían dejarme en paz? Ya lo dije, firme el divorcio y no, no me arrepiento de haberlo hecho.

Paulina, Esteban es muy buen amigo tuyo, entiendo que quieras defenderlo, incluso de tu propia hermana, no te culpo, solo te pido que aprendas a cerrar la boca cuando nadie pide tu opinión.

—¡Hija! ¿Por qué le hablas así a tu hermana? Ella vino desde lejos a verte; esperamos a que llegara para venir a visitarte. Por favor, no seas tan grosera… —dijo Eugenia molesta.

—¡Madre! Tú lo has dicho, la esperaron, tal como siempre, tal como cuando éramos niñas; la esperaron para que ella estuviera. Salí del hospital ayer, no hoy, y para eso solo estuvo la única persona que ha estado conmigo casi toda la vida.

—¡Marina! ¿Qué sucede contigo? —replicó Rigoberto al ver la actitud de su hija.

—Papá, pasa que estoy cansada; hace casi dos horas firmé el divorcio. Ayer salí del hospital; debería reposar, no aturdir mi cabeza con la serie de cosas que me intentan hacer entrar en mi cabeza. Por favor, solo quiero irme a dormir; ya me vieron, estoy intacta, con 3 costillas rotas, pero nada que deba preocuparles.

Por favor, hagan lo que suelen hacer cuando Paulina anda cerca, vayan y disfruten de la visita de su hija, a mí, a mi déjenme en paz y, ni se les ocurra ir a buscar a Esteban, él ya debe estar muy ocupado a lado del amor de su vida.

—¡MARINA! ¿QUÉ COSAS DICES?

—Madre, tú lo sabes, yo lo sé, no sé por qué ahora vienes con el discurso de que debo conservar mi matrimonio, cuando tú eras la primera en contra. Al final, ¿quieres que te diga la verdad? Esteban me dejó porque Lorena Huesca regresó y lleva casi 5 meses viviendo con ella; ahí está, ¡esa es la maldita verdad! ¿Felices? —dijo Marina y luego salió de aquella enorme sala que hoy definitivamente se sentía diminuta.

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