—¿Mami? ¿Estás bien? —dijo Diana entrando a hurtadillas en la habitación de su madre.
—¡Ven, pequeña! ¡Ven! ¡Mamá necesita un abrazo…! —admitió Marina limpiándose las lágrimas.
—¿Por qué lloras, mami? No me gusta verte llorar. ¿Te duele donde te pegaste? ¿Qué te pasó en el cuello? —increpó la menor al ver a su madre tumbada en la cama.
Marina sintió una punzada en el pecho. ¿Cómo respondía a esa pregunta? Según ella, no le gustaba mentir a sus hijas, pero no podía decirles que su propio padre había intentado matarla, ¿verdad?
—Estoy cansada, mi niña, y sí, sí me duele un poquito mi costilla, pero nada que no se me quite con unos cuantos besitos tuyos. Lo del cuello es porque me dio comezón y me rasqué muy fuerte.
—Hmm… ¡Ya no hagas eso, mami, se ve feo!
—No te preocupes, corazón, jamás volverá a suceder… —afirmó Marina con un nudo grande en la garganta.
—Los abuelos se fueron hace ratito, la tía Paulina nos trajo cosas muy bonitas… Renata está encantada con la Tablet que nos regaló.
—¡Ah! ¿Sí? ¡Qué bueno, mi niña! Oye, ¿sabes que te amo mucho? ¿Verdad? Y sabes que, aunque papá y yo ya no estemos juntos, las amamos muchísimo, ¿verdad?
—¡Sí, mami! —¿Por qué papá y tú ya no quieren estar juntos? —preguntó la niña con curiosidad.
—Bueno, a veces los papás ya no podemos seguir juntos, pero eso no quiere decir que no los queramos. Diana, sé que extrañas mucho a tu papá y debes saber que cuando tengas la necesidad de verlo, solo debes llamarlo; él sigue siendo el papá que te ama y te cuida mucho, ¿me entiendes?
—Sí, mami, pero… Me gustaría que él estuviera aquí, contigo, cuidándote como antes; tú siempre sonreías cuando estabas con él, ahora siempre te veo triste y eso no me gusta.
—Cariño, ¡te prometo que muy pronto volveré a sonreír! Ahora no lo hago porque me duele reír, pero ya verás que cuando me cure, lo volveré a hacer.
Tras una larga plática, la pequeña Diana se quedó profundamente dormida; Marina no pudo cerrar los ojos, al menos no con el fuerte dolor de cabeza que tenía. Estaba por acomodarse nuevamente cuando de repente, la puerta se abrió lentamente.
Marina escuchó cómo la puerta se abría lentamente y se percató de que alguien había entrado. Al escuchar aquello, le dio miedo; no, él no podía ser. Ofelia había cambiado las chapas de la casa y había dado la indicación de que, sin el permiso de ella, el señor Montemayor no podía poner un pie dentro de la casa; definitivamente, no, no podía ser él.
—¿Marina? ¿Estás despierta? —se escuchó una voz conocida.
—¿Lina? —preguntó la joven mujer girándose para verla.
Lina ya había recibido una llamada por parte de Paulina para contarle que Marina se había puesto como loca y que casi, casi los había echado de su casa.
Aquella joven mujer ya estaba acostumbrada al toque de dramatismo de su hermana mayor, por lo que no discutió, no replicó y, al final, no dijo nada que no fuera la absoluta verdad.
—¡Paulina! Llevas años viviendo en Vancouver; ahora que vienes de visita porque tu hermana casi se muere, bien podrías tomarte la molestia de visitarla con ánimo de ayudar, no de ofrecer tu humilde opinión, ¿no lo crees?
Nuestra hermana nos necesita, ella quiere ser escuchada, no juzgada, quiere comprensión, no señalamientos; ni tú ni yo podemos juzgarla.
Tú, aun con tu mucha preparación y éxito, no te has casado; estás igual que yo. ¿Cómo podríamos ofrecer algún juicio si no estamos en su lugar?
Además, no está nada bien que sigas poniéndote del lado de Esteban; aquel canalla la engañó, se aprovechó de nuestra hermana y, de verdad, si valoras lo que significa ser una hermana, deberías alejarte de él y dejarlo de considerar tu amigo, ¡Dios! ¡Ni siquiera debería estarte pidiendo aquello, tú ya deberías saberlo! —expresó Lina con mucha frustración.
—¡ADELINA! —¡TÚ SIEMPRE CON TUS PENSAMIENTOS FEMINISTAS! —gritó Paulina sintiendo que la estaban acusando injustamente.
—¡Paulina! ¡No son pensamientos feministas! ¡Son la verdad! Marina es tu hermana y, quieras o no reconocerlo, tanto tú, papás y yo, siempre la hemos hecho a un lado.
¿Qué les sorprende lo que Marina dijo? Es la pura verdad, papás siempre estuvieron al pendiente de todos tus logros porque eras la primera hija y yo, siempre estuvieron ahí conmigo, porque era la chiquita, pero ¿quién vio por Marina?
Ella solo recibió lo poquito que quedaba de ellos dos; es más, te va a parecer tonto, pero ¿qué no eras tú la que le heredabas toda tu ropa, maquillaje y zapatos que ya no querías? —expuso Lina recordando breves pinceladas del pasado.
—¡Adelina, no inventes! ¿Eso qué tiene que ver con lo que está ocurriendo?
—¡Mucho! ¡Mucho tiene que ver! Si lo ves, así de simple, ahí tienes un ejemplo práctico de lo que Marina recibió… Pero creo que, aunque tienes 34, aún no estás lista para esa conversación.
—¡Ay, Dios! ¡No sé ni para qué te llamé! Tú siempre vas a andar solapando a tu hermanita loca.
—Pues le dirás loca, la juzgarás y te querrás poner encima de ella, pero Marina al menos se ha arriesgado a hacer cosas que tú y yo soñamos con hacer.
Créeme, Paulina, yo sí la admiro por eso, porque sin el consejo de papás ha hecho incluso más que tú y que yo. Ahora, si me disculpas, tengo que manejar y no me quiero distraer, adiós. —dijo Lina terminando la llamada de manera intempestiva.
Con aquella información, Lina sabía que hoy más que nunca necesitaba ir a ver a su hermana; miró de reojo su reloj y decidió en ese momento que hoy pasaría la noche en casa de Marina.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Marina al ver a su hermana menor.
Lina se encogió de hombros y dijo:

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