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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 250

Capítulo 250: Cuestionario.

Al llegar al consultorio que le había recomendado Efraín a Marina, se topó con un lugar relajado, lleno de plantas y con una vibra bastante relajante, comenzando por un muro llorón que daba una sensación de calma a cualquiera que estuviera ahí.

—¿Es este el lugar? —preguntó Esteban con algo de duda.

—Sí, esta es la dirección. —dijo Marina también dudando un poco de lo que sus ojos veían.

Marina debía ser honesta; ella esperaba una clínica con paredes grises y un aura de cárcel o de personas desquiciadas como se veía en las películas, no una zona tipo spa. De pronto, sus pensamientos se vieron interrumpidos por los insultos e improperios de una adolescente hacia su padre.

—¡Ya te dije! ¡Me tienes harta! ¡Consíguete una puta vida! ¡Deja de molestarme! ¡Consíguete una mujer a quien joderle los días! —expresaba la menor llena de furia.

—¡BASTA, CARLA! ¡BASTA! Sabías que hoy te tocaba terapia, no te hagas la tonta conmigo. —dijo un hombre con cara de absoluta molestia contenida y sosteniéndola de una muñeca para que no saliera

huyendo. —Déjate de niñerías, solo será una hora y luego podrás hacer lo que se te venga en gana.

Aquel hombre, se notaba que estaba haciendo uso de toda su paciencia; eso lo pudo notar Marina en el brincoteo del párpado y el puño apretado.

Al ver la escena, por un momento, agradeció que sus hijas aún no llegaran a esa edad, pues si seguían como seguían, era seguro que bien podía ver reflejada a Renata en esa jovencita.

—¿Señora Salas? —se escuchó la voz apacible de una mujer.

—¿Eh? Sí, sí soy yo. Bien, la doctora Sánchez la espera; tengo agendada una reunión grupal, ¿correcto?

—Sí, sí...

—¿Primera vez? —preguntó la recepcionista como si nada ocurriera frente a ella.

—Sí, primera vez... ——dijo Marina con nervios.

—Bien, por aquí, necesitamos que antes de terapia nos ayuden con el llenado de algunos formularios; todos lo harán por separado, así que cada uno entrará en una habitación diferente.

Marina se puso aún más nerviosa. ¿Qué tal si sus hijas se asustaban? ¿Qué tal si querían salir

corriendo?

—Pe... Pero mis hijas...

—¡Tranquila, señora! Ellas estarán bien; todo el lugar está supervisado y, si requieren ayuda, habrá alguien que las asistirá.

Esteban miró la cara de susto y espanto de Marina y dijo:

—Ellas estarán bien, anda, vamos.

Marina respiró hondo y afirmó con la cabeza; el hombre solo puso su mano en el hombro y, por extraño que pareciera, su toque le dio una sensación de calma. Ella jamás se había imaginado tener que llevar a sus hijas al loquero, pero lo que había visto le bastaba y sobraba para que no pudiera dar vuelta atrás.

—Bien, señora, este es su espacio; siéntase libre de tomar asiento donde guste y ayúdenos con el siguiente cuestionario. —dijo una asistente muy amable.

—Disculpa, ¿aquella jovencita es paciente?

—¡Oh! Sí, pero no se deje llevar por la escena; todos tenemos días buenos y malos, hoy tal vez tuvo un mal día. Tranquila, aquí no estamos para juzgar; ahora, póngase cómoda y siéntase libre de tomarse el tiempo que usted necesite.

—Pe... Pero, yo vengo por mis hijas, ¿por qué debo contestar esto también yo?

—Para sanar a los hijos, primero debe sanar uno mismo... Tranquila, todo esto es parte de un protocolo.

—Esta... Está bien...

Marina no imaginaba que todo esto fuese parte del proceso, pero se repetía una y otra vez que lo que hacía era por y para sus hijas, así que se quitó las telarañas de la cabeza y comenzó a leer las preguntas que le habían entregado.

¿Qué te hizo decidir venir hoy? Fue la primera pregunta; ella pudo contestar rápidamente.

—Mis hijas...

¿Hubo algo específico que te hizo buscar ayuda ahora? La segunda era más que obvia.

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