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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 254

Capítulo 254: Dolorosa conclusión

Renata había escuchado todas y cada una de las palabras que su padre había dicho. Ella no creía capaz a su padre de enviarlas, menos que su madre se lo permitiera.

La menor contaba con que su madre las amaba y jamás permitiría que las apartaran de su lado, pero, al ver el rostro lleno de seguridad de su padre, se dio cuenta de que tal vez, solo tal vez, en esta ocasión, ella podría estar equivocada.

Ante aquella idea, Renata no tuvo reparo y dijo:

—¡Todo es culpa de Diana! ¡Ella es quien provocó todo! ¡A ella le gusta el mismo niño que a mí! ¿Verdad, Diana? ¡Diles! ¡Anda! Diles que todo esto es porque te gusta Giovanni Barzinni, mi novio.

Esteban y Marina se quedaron mudos; para ambos esta declaración estaba fuera de todos sus pensamientos. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo? ¿Cómo podía suceder aquello? Ellas eran unas niñas, eran unas bebés. ¿Cómo podría ser que ya hablaran de amores? Y sobre todo, que fuesen rivales en el amor.

—¿Qué demonios estás diciendo, Renata?

—Esa es la verdad, Diana me pegó el otro día en la

escuela porque Gio y yo estábamos tomados de la mano, yo le estaba compartiendo el desayuno que mi mamá me preparó; ella llegó y me comenzó a pegar.

Yo al principio no sabía por qué, pero poco a poco he ido dándome cuenta de que mi hermana me envidia. —dijo Renata con una seguridad que asustaba a ambos padres.

Esteban dejó salir un suspiro de cansancio; aún estaba incrédulo ante las palabras de su hija.

¿Novio? ¿Sus hijas estaban peleando por un escuincle? ¿Qué padre esperaría que sus hijas se estuvieran peleando por un niño?

El hombre, agotado y sorprendido, se dejó caer en el sofá individual de aquella sala. Marina, por su lado, no pudo evitar derramar algunas lágrimas, pues esto era como si se viera reflejada en su hija Diana. ¿Cómo demonios era que esta historia se estaba repitiendo? Y sobre todo, ¿Cómo era que esto sucediera con sus propias hijas?

Diana, por su lado, solo miraba hacia la nada; sus ojos parecían una perpetua fuente, no paraban de derramar silenciosas lágrimas. Se sentía expuesta, se sentía humillada, pero, sobre todo, se sintió traicionada.

Renata podía ser lo que podía ser, pero, desde que eran unas niñas pequeñas, habían prometido

cuidarse la una a la otra; sin importar qué sucediera, ellas siempre estarían para cuidarse mutuamente. Hoy le había quedado claro que no, eso solo había sido una promesa de niñas tontas.

Marina se percató del profundo dolor en la mirada de su hija y dijo:

—Creo que ya tuvimos suficiente de esto, Renata, ve a tu habitación.

—¡Ah! Yo digo la verdad y, a quien mandan castigada, es a mí; ¿por qué no hacen lo mismo con su niña perfecta?

—Renata, en ningún momento he dicho que estés castigada, solo dije que ya tuve suficiente, ve a tu habitación.

—¡Maldita seas! ¡Eres una mala madre! ¡Eres una idiota! ¡Papá te vio la cara y mírate! —dijo Renata levantándose del sofá furiosa.

Renata no podía creer que hubiera dicho la verdad y su madre había decidido enviarla a su habitación.

Esta vez ella no había provocado nada; esta vez, Diana era quien había hecho todo y, aun así, ella era quien iba a cargar con los platos rotos.

—¡RENATA! ¡BASTA! ¡CIERRA ESA BOCA! ¡MARINA ES TU MADRE Y LA VAS A RESPETAR! —¿Respetar? ¿Así como tú lo hiciste, papá? ¿Así?

Dime, así como tú la respetaste, yo jamás dije nada sobre tu y Lorena; así me pagas, ¡Eres un papá maldito! ¡Malditos sean los dos! ¡Arruinan mi vida! ¡Soy unos...

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