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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 259

  Capítulo 259: Salud mental

Marina y Esteban, luego de aquel enfrentamiento, finalmente se fueron calmando. Ella ya había tomado una decisión y no había vuelta de hoja; tan pronto como amaneciera, ambos hablarían con las niñas y les darían la noticia de que las tres se irían a Surrey, Londres.

—Toma, con esta manta te podrás cubrir, no sentirás frío. —dijo Marina ya cansada y con los ojos tan inflamados que le ardía tenerlos abiertos.

Esteban la tomó y, al hacerlo, no perdió oportunidad y agarró la muñeca de la joven mujer.

—Marina, sé que todo ahora se ve negro, pero te prometo que hallaré la mejor manera de arreglar todo lo que está mal.

Marina lo observó; quería decir algo, pero las palabras no llegaban a sus labios. Ella era consciente de que todo estaba mal: el hombre que estaba ahí, sus hijas, su vida, todo, todo se había ido por la borda.

—Descansa... —Fue lo único que atinó a decir ella.

Tras aquella única palabra, fue escaleras arriba,

revisó que sus hijas estuvieran dormidas; Renata seguía con la ropa puesta y se notaba que se había quedado dormida llorando.

Marina desconocía los complejos pensamientos que cruzaban por la mente de su hija; solo la cubrió con su manta y le dio un beso de buenas noches.

—¡Tranquila, mi vida! No importa cuánto deba hacer, esto se va a solucionar.

Al salir del cuarto no pudo evitar dejar salir un gemido de dolor. Cuando ella supo que estaba embarazada y más cuando supo que eran dos y no solo eso, ambas iban a ser niñas, se prometió que sería la mejor madre que pudiera. Para ella esta no era una promesa vacía; para ella, esto era de vital importancia; ella quería ser la madre que nunca tuvo.

En este momento, enfrentarse a una realidad que creía diferente lo estaba golpeando y con mucha fuerza.

Al entrar en la habitación de Diana, la menor abrazaba fuertemente a su muñeca; ella aún tenía algunos comportamientos de niña pequeña, pero le asustaban esos arranques de ira que sacaba de momento, pues al hacerlo, mostraba una cara desconocida para todos.

Marina la cubrió con su manta, le besó la mejilla y salió de ahí. ¿En qué momento sus hijas habían dejado de ser importantes? ¿Cómo podía querer seguir con su vida cuando sus hijas estaban sufriendo? ¿Por qué no lo había visto antes?

Se sentía la mujer más miserable del mundo. ¿Cómo podía ser que ya estuviera saliendo con alguien cuando sus hijas sufrían en silencio?

Por un momento, se quedó parada en el pasillo; sus manos temblaban, su cabeza no paraba de punzarle, no pensaba con claridad. En su mente solo se repetían una y otra vez los momentos de su vida, felices, tristes, dolorosos e incluso los días simples.

Marina no podía negar que añoraba eso, añoraba esos días en que el día pasaba sin pena ni gloria.

Harta de las constantes punzadas en su cabeza, bajó a la cocina por unas pastillas para el dolor y un poco de agua; al hacerlo, se topó con Esteban, quien finalmente se había movido y se encontraba ahí.

—¿Qué... ¿Qué haces aquí? —preguntó Marina, un tanto sería.

—Perdón, solo vine por agua... —respondió él algo apenado.

— ¡Oh! Yo también vine por agua... —dijo Marina limpiándose las lágrimas.

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