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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 263

Capítulo 263: ¡Perdóname! Marina durmió hasta que los rayos de sol se colaron por la ventana y la hicieron despertar. Tan pronto como miró la hora, dio un brinco fuera de la cama; ella y Esteban habían quedado de hablar con las niñas y exponer los planes a futuro, así que no había tiempo que perder, más cuando sabía que sus hijas no aceptarían con alegría esa decisión.

La joven mujer se colocó lo primero que encontró y fue escaleras abajo. Para su gran sorpresa, Diana y Esteban se encontraban en la cocina; la niña batía de manera magistral la mezcla para hotcakes, mientras que Esteban los hacía.

—¡Mami! —dijo Diana tan pronto como vio a su madre aparecer en el umbral de la puerta.

—¿Diana? ¿Esteban? ¿Qué... ¿Qué se supone que hacen? —preguntó la mujer algo incrédula.

Ella jamás había visto a Esteban tocar un utensilio de cocina; aseguraba que se le podía quemar hasta el agua. ¿Qué demonios había sucedido? ¿Es que acaso estaba soñando? ¿Estaba dormida aún?

—¿Todo bien? —preguntó Esteban sin entrar en más detalles.

Ella lo miró, caminó hacia la ventana y dijo:

—Sí, todo bien. ¿Y Renata?

—Ya le hablamos, pero ella no baja de su habitación. Pensé que estaba durmiendo contigo.

—dijo Esteban sin quitar la vista de lo que estaba haciendo.

—No, pero ahora mismo voy a verla. —dijo Marina, sacándola de la incomodidad de estar cerca de Esteban.

—Está bien, recuerda que debemos hablar con las niñas.

—Sí, no se me ha olvidado, voy por Renata. —dijo ella con seriedad.

Marina salió de la cocina y fue escaleras arriba.

—¿Papá?

—Dime...

—¿Mamá está molesta conmigo? —preguntó Diana al notar el cambio en el semblante de su madre.

—Diana, mi vida, no, ella jamás podría enfadarse con ustedes. Pero debes saber que tenemos que hablar con ustedes; no obstante, lo haremos cuando estemos los cuatro, por lo que vamos a esperar a que tu hermana también baje.

Diana tomó aire y lo dejó salir en un suspiro; ella desconocía por qué su padre había dormido en casa, pero le agradaba la idea de que pudieran estar intentando regresar.

Marina, por su lado, fue directo a la habitación de Renata. Al llegar ahí, sin pensar entró; su niña miraba por la ventana.

—¿Renata? ¿Está todo bien?

—Mi vida, no tengo nada que perdonarte, solo, por favor, prométeme que no volverás a decir esas cosas feas, ¿entendido?

Renata se mordía el labio inferior y movía la cabeza en afirmación, mientras tenía los ojos llenos de lágrimas.

El haber escuchado cómo su madre le decía varias verdades a su padre y luego escuchar cómo su padre se disculpaba por aquellos actos, hizo que Renata atara cabos; no era ninguna tonta, era joven, pero no tonta, ella había entendido todo perfectamente; aquí la única víctima entre su padre, Lorena y ella misma era su madre, quien solo buscaba la manera de protegerla.

—¡Anda, cariño! Vamos abajo, tu padre y Diana

están haciendo el desayuno. Estoy segura de que debes estar hambrienta; ayer, con todo lo sucedido, ya no cenamos. —dijo Marina limpiándole las lágrimas y haciendo lo propio.

Renata se acercó y abrazó con fuerza a su madre; Marina, por otro lado, luego de muchos, muchos meses, estaba sintiendo nuevamente el calor de su hija. Ya no recordaba hacía qué tiempo la había abrazado con tanta efusividad.

—¡Te quiero mucho, mami! ¡Te prometo que no volveré a decirte cosas feas! ¡Tú eres la mejor mamá! Marina sintió un enorme nudo en la garganta hace unas horas; cuando se fue a dormir, ella no esperaba despertar y toparse con esta escena.

Ella esperaba una guerra campal entre ella, sus hijas y tal vez su marido; agregándole un poco más a su estado de ánimo, el hecho de que Efraín y ella no habían podido hablar en ese tiempo tampoco le ayudaba.

—¡Anda, cariño! Vamos a la cocina, vamos a desayunar.

Renata no lo decía, no quería darle más preocupaciones a su madre; ella solo quería compensarla por todas las cosas malas que le había dicho, pero una cosa era ella y otra cosa era su padre.

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