Capítulo 267: ¡No sabes los días que he tenido!
Tras hablar con sus hijas, Marina continúa sintiendo que algo le hace falta y sabe bien de qué se trata.
Luego de meditarlo un poco, decide que es momento de arreglar el tema que trae con Efraín; si él no la llama, es momento de que ella lo haga, pero no llamará, irá a verlo.
Sabiendo que debe salir de casa, decide hablarle a Ofelia; ella necesita un tiempo para hablar con él y no puede dejar a sus hijas solas.
—Ofe, ¿Cómo estás?
—Bien, señora, justo estaba pensando en ustedes, ¿Cómo están? El señor vino a casa y lucía sumamente molesto; me preocupé por usted. —dijo Ofelia, recordando aquella situación que solo ellas y el abogado conocen.
—Bien, Ofe. Disculpa por preocuparte. Mira, las cosas han estado un poco, ¿Cómo puedo explicarlo?
Complicadas, por decirlo menos, pero creo que no hay mal que por bien no venga.
—La escucho más animada...
—Sí, creo que es momento de tomar las cosas como vienen y haré algunos cambios, pero antes de eso.
Ofe, quiero pedirte un favor. —dijo Marina algo apenada.
—¿Qué sucede? ¿Qué necesita?
—¿Podrías cuidar a mis criaturas un rato? Debo salir a hacer unas cosas y no puedo llevarlas conmigo, ¿crees que puedas cuidármelas un par de horas?
—¡Claro que sí, señora! Salgo en este momento para allá.
—¡Gracias, Ofe!
Tras aquello, Marina se cambió de ropa y se puso algo más presentable para salir, guardó un poco de galletas que tenía y aguardó a que Ofelia llegara. Al parecer, por hoy, no habría incidentes en casa con sus hijas, pues todo se escuchaba tranquilo.
Marina estaba por ir a ver a sus hijas cuando el timbre sonó; sin pensarlo, fue a abrir y se topó con quien menos se hubiera imaginado.
—¡Efraín! —dijo ella, dibujándosele una cálida sonrisa en su rostro.
Ella no pudo evitarlo; al verlo parado ahí, sonrió como una tonta. Ella planeaba ir y el destino la había llevado antes de que ella tuviera que hacer un largo viaje.
Aquel hombre, al verla, al ver cómo ella dibujaba una sonrisa grande en el rostro, por un lado se sintió culpable, pero por otro, recordó que Esteban se había quedado a dormir aquí.
Ante aquella situación, él trató de mantenerse estoico y dijo:
—¿Puedo pasar?
Marina abrió la reja y dijo:
—¡Claro! Precisamente en unos minutos pensaba ir a verte.
Tan pronto como abrió la reja, se percató de que Efraín tenía un poco de aliento alcohólico; ella no lo había olfateado de esa manera en todas las veces que se habían visto, así que no pudo evitar hacer una pregunta obligada.
—¿Todo bien? ¿Sucede algo?
Efraín, imagino, reaccionando y reclamándole por qué Esteban se había quedado ahí. ¿Qué podía ser tan importante como para que el hombre que la había engañado se quedara?
—Sí, todo bien... —dijo él, pensando mejor las cosas.
—Mis niñas están dentro de la casa, ¿qué te parece si tomamos algo en el jardín?
Aquella propuesta no la habría molestado en otra
ocasión, pero, en este momento, con la idea que llevaba en la cabeza revoloteándole, se sintió incomodo.
—¿Cómo tú quieras?
Marina se percató de aquella fría respuesta, pero no dijo nada; imagino que aún estaba receloso por lo que sucedió hace dos días.
—Bien, vamos, te llevo y luego voy por algo de tomar, aunque, por lo que puedo oler, ya vienes con unas copas de más.
—Solo fue una reunión con clientes.
—¡Ya veo! Bien, ¿quieres agua mineral, agua, refresco o un café?
—Lo que tú tomes, está bien.
—Bien, toma asiento, ponte cómodo, estás en tu casa.

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