Capítulo 270: ¿Así quieres que sean las cosas?
Marina se quedó sorprendida; no entendía por qué Efraín se estaba comportando de esa manera, por qué razón él estaba mostrando ese rostro que ella no conocía.
—¿Ensayar? ¿De qué estás hablando?
—Dime, ¿te vas a ir a Londres, verdad? Seguro Esteban te ha convencido de que es mejor vivir ahí y seguramente, él las va a ir a alcanzar.
Marina, no tienes que seguir fingiendo; esto era algo que veía venir. Tú nunca vas a dejar de amarlo, muy a pesar de que te engañó para casarse contigo, muy a pesar de que te fue infiel con la mujer con la que siempre debió casarse; lo has perdonado, ¿verdad? —dijo Efráin con seriedad y un fuerte dolor.
Marina se quedó callada; los años casada le habían enseñado que en ocasiones era mejor callar antes de decir algo que no quería o no debía.
—¿Le atiné? ¿verdad? Por esta razón te quedas callada.
Marina se levantó de la silla; entendió que por el momento no necesitaba más drama en su vida. En definitiva, había sido apresurado pensar que, por el hecho de haber compartido muchas cosas de niños,
podía comenzar algo con aquel hombre.
—Dame un minuto... —dijo Marina y entró a la casa.
Efraín se quedó ahí; no sabía qué era lo que Marina estaba pensando y eso parecía ser lo que más le estaba incomodando. Tras unos minutos, ella regresó llevando algo en las manos.
—Ten... —dijo ella poniendo las llaves de la casa en la mesa. —Nada aquí me pertenece, todo lo que tengo aún no lo desempaco y son tres maletas.
Efraín, tal como lo dije, tú mereces a una mujer sin tantas complicaciones como las mías, tú mereces a una buena mujer, una que no tenga compromisos...
No te voy a negar que tengo miedo, mucho, y a tu lado sentía que podía contra todo lo que viniera, pero, si no eres capaz de entender que tengo 8 meses separada, que tengo dos hijas de casi diez años, que por idiota me casé joven, que no tengo nada y que lo único que sí es mio es mi decisión, no tenemos nada que hacer juntos.
—Marina... —dijo Efraín quedándose frío ante la situación.
—Te voy a decir una cosa, Efraín, cuando Esteban me pidió el divorcio, era claro; su partida tan repentina me rompió, estuve como dos o tres meses
tirada en el suelo, no pensaba en otra cosa que en la única pregunta que rondaba mi cabeza: ¿qué había hecho mal?
Ahora que veo hacia atrás, puedo decirte que lo único que hice mal fue decidir creer que el amor todo lo puede, que mi amor bastaba para que el matrimonio prosperara. Aquí, esta es la única cosa por la que le voy a dar la razón a mi madre, pues el amor no bastó, mi amor no bastó.
Fueron meses muy dolorosos. De la noche a la mañana, mi vida cambió, la vida de mis hijas igual, y si le añado que Lorena Huesca se la pasó metiéndole ideas a mi hija Renata para que me hiciera daño, ¡Dios!
No sabría cómo explicarte que, cuando casi muero en ese maldito accidente automovilístico, cuando me tocó escuchar que Esteban estuvo cuidando de mí porque era lo que debía hacer o que iba a decir la sociedad, cuando me tocó escuchar cómo mi propio esposo me dijo que ya no me amaba; es más, que nunca me había amado, me dejó claro que lo que sea que tuve con Esteban nunca fue amor, nunca.
¿Por qué crees que volvería con él? ¿Crees que es porque él me da dinero? ¿Piensas que porque tenemos a nuestras hijas?
Él un día tomó un vuelo a Hawái y se fue con Lorena
Huesca; el hombre al que yo creía amar se fue y jamás volvió. El Esteban del que yo me divorcié a mis ojos ya no era con el que me casé.

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