—¡Esteban! ¿Dónde habías estado? ¡Te estuve marcando todo el día! Desde que regresamos de Los Cabos me mandaste a casa y después, nada, no tuve noticias de ti en todo un maldito día, ¿crees que esto es un juego? —reprochaba Lorena furiosa ante la llegada de su pareja.
—Lorena… Por favor, solo quiero un poco de tranquilidad…
—¿Tranquilidad? ¡Tranquilidad la vas a tener cuando esa mujer deje de meterse en nuestra vida! ¡Tranquilidad vas a tenerla cuando ella firme el puto divorcio! Mientras tanto, no esperes nada de tranquilidad.
—Lorena…
—¡MARINA, JAMÁS FIRMARÁ! ¡DIOS, LA ODIO! ¿CÓMO PUEDE HACERNOS ESTO? —gritaba la mujer con frustración.
—Lorena…
—Ya vi lo que decías, ¡todo esto es por su culpa! ¡Tienes razón, ella fraguó todo esto! ¡Ahora tú y yo hemos quedado como los malditos infieles! ¡Debes ponerle un alto! ¡Perdóname, pero debes ponerle un alto! ¡Esto no se puede quedar así! —discutía Lorena con ira.
—¡LORENA! ¡BASTA! ¿PODRÍAS CALLARTE? ¡POR ESTO! ¡SÍ! ¡POR ESTO NO REGRESÉ ANOCHE A CASA! ¿SABES LO QUE ME SUCEDE? ¿NO? ¿VERDAD? ¿POR QUÉ DEMONIOS NO PUEDES SER COMO ANTES? —¿QUÉ CAMBIO, MALDITA SEA, LORENA? —gritó Esteban lleno de frustración.
Aquellos gritos asustaron a Lorena de sobremanera; no entendía qué sucedía. Por un momento dudó de su reacción; por un momento creyó que el teatro que había ensayado se le había salido de las manos.
—¿Qué cosas dices, Esteban? ¡Cuida muy bien el tono en el que me hablas! Soy tu mujer, pero no pienso tolerar que me levantes la voz.
—¡Aquí quien está levantando la voz eres tú! Y lo hiciste desde el momento en que puse un pie dentro. Tú no sabes toda la maldita crisis que estoy viviendo, pero te voy a dar una puta noticia que te hará muy feliz… —¡Ya firmé el maldito divorcio! ¡Oficialmente estoy separado de Marina Salas Toledo! ¡Eso debería ponerte sumamente feliz! ¿No lo crees? —dijo Esteban en voz alta y con firmeza; luego de ello, volvió a tomar su saco y salió del penthouse.
Lorena se quedó sin palabras; cuando reaccionó, Esteban ya había salido por la puerta de su apartamento. Rápidamente corrió; quería alcanzarlo, quería festejar. Era la mejor noticia que le podría dar; se maldijo internamente por su exageración.
Cuando salió del penthouse, se asomó por el pasillo, pero ya no lo vio. En ese momento, se dio cuenta de que se le había pasado la mano, corrió hacia el elevador y decidió bajar lo antes posible para alcanzar a Esteban.
—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Más rápido! ¡Más rápido! ¡Maldita sea! ¡Eres una idiota! ¡Eres una idiota! —se decía una y otra vez mientras veía cómo descendían los números de piso.
Esteban se sentía furioso; hoy había tenido un día agotador, no quería darle más molestias a Armando, menos quería seguir escuchando la cantaleta de si estaba seguro de lo que había hecho; solo buscaba un poco de paz y tranquilidad.
Era honesto consigo mismo; llegar a casa con Lorena no le iba a dar esa paz, pero tampoco podía seguir sin llegar a casa. Lo que no esperaba era que, tan pronto pusiera un pie dentro, la mujer que decía amarlo con locura se le iría encima con reclamos y reproches.
Al salir del elevador, caminó hacia el estacionamiento; necesitaba un trago, necesitaba despejar la mente, necesitaba borrarse de la mente lo que había hecho la noche anterior con Marina, necesitaba borrar de su mente el rostro aterrorizado de quien hoy día se había convertido en su exmujer.
—¡ESTEBAN! ¡ESPERA…! —se escuchó el grito de Lorena al salir del elevador.
Esteban la escuchó y cerró los ojos; esperaba que su nueva mujer pudiera dejarlo ir libremente, pero no, al parecer no había sido lo suficientemente rápido.
—¿Qué sucede, Lorena?
—¡Cariño! ¡Por favor! No podemos pelear así; si es verdad lo que dices hoy, no podemos pelear, deberíamos festejar. Ahora solo seremos tú y yo; por fin podremos retomar la vida tal y como la dejamos hace 9 años.
Esteban miró a la mujer frente a él; por alguna extraña razón, ya no le pareció tan atractiva como hace tiempo. ¿Por qué? ¿Cuál era la razón? No lo supo, solo sintió que había algo diferente en ella.
—Lorena, no quiero pelear, de verdad, estoy cansado, no he podido dormir bien. Hoy no fue un buen día, ayer tampoco lo fue, créeme; el que tú y yo estemos buscando regresar me está costando aún más que cualquier cosa.
—¡Esteban! ¡Cariño! —dice Lorena con lágrimas en los ojos. —¡Perdóname! ¡Estaba preocupada! Solo entiende, llevaba todo un día sin verte, sin que tomaras mis llamadas, no fuiste a la oficina, ¿qué querías que pensara? ¡Perdóname! Sé que buscas paz y tranquilidad, vamos a casa; mira, te prometo que te lo voy a compensar.
Lorena sentía que se le había pasado la mano con su drama familiar; internamente se regañaba, pues había estado actuando de manera comprensiva y pasiva durante un año; no podía echarlo a perder por un arranque de debilidad y celos.
—¡Cariño! ¡Anda! —dijo Lorena haciendo un puchero como los que solía usar.
—Lore, por favor, solo quiero descansar, solo quiero un poco de tranquilidad para saber lo que voy a hacer luego de todo lo que acaba de pasar.
—¡Cariño! ¿Acaso no te ha quedado claro! Ya no estás solo, no eres solo tú, estoy yo y estoy para apoyarte, tal como lo hacemos en la oficina. Tú sabes bien que no hay problema que no podamos solucionar; juntos lo podemos hacer, ¿verdad?
Por alguna extraña razón, Esteban siempre terminaba cayendo en aquellas sutiles y delicadas palabras bien seleccionadas, por lo que apagó el auto y descendió de él.
Lorena, al ver que lo había convencido, esbozó una sonrisa de satisfacción y lo abrazó; luego tomó el rostro de aquel hombre, lo miró y dijo:
—¡Cariño! ¡Este es un día para festejar! ¡Este es el mejor día de tu vida! Por fin eres libre, por fin podemos dejarnos de juegos, podemos hacer pública nuestra relación y, a nadie más que tú y yo, nos debe importar.
Esteban escuchó aquello, tomó aire y dijo:
—Lore, estar juntos nos va a costar, ya me está costando, de hecho…

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