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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 34

Luego de un largo viaje en avión, autobús y ferri, finalmente llegó al lugar que solo había conocido en imágenes de redes sociales.

Marina no podía negar que estaba aterrada; sus manos y pies temblaban, su cuerpo sudaba y no, no solo era por el calor, puesto que este era un sudor frío.

Si lo miraba bien, esta era la primera vez que hacía algo como aquello. Tal como muchas cosas que recordaba, jamás tuvo tiempo de hacerlas.

Pensar en aquello la hizo sentirse realmente estúpida. ¿Cómo podía darle miedo estar ahí sola? ¡Ya era una mujer! Había sido esposa, era madre, ¿cómo podía aterrarle hacer ese tipo de cosas sola?

Apretando con fuerza el asa de su maleta, comenzó a jalarla, tomó aire y lo dejó salir en un suspiro; luego comenzó a caminar hacia donde vio que todos iban a tomar un taxi, el cual, curiosamente, era un carrito de golf.

—¿Di… ¿Disculpe? —preguntó Marina con un poco de nervios.

—Dígame… ¿A dónde la llevo?

—¿Pu… ¿Puede llevarme al hotel Villas Flamingos?

—Sí… Súbale… Deme su maleta; en un momento salimos.

Con cada movimiento que hacía, sentía como si todos la miraran; se sentía rara, sus mejillas ardían de vergüenza. Se imaginaba que la miraban y pensaban que era la mujer más patética que había; iba sola a una playa de parejas o con amigos.

Fue en ese momento en el que pensó que era mejor regresar; sí, sí, definitivamente este lugar no era para ella. Estaba a punto de poner un pie fuera del carrito de golf, cuando este arrancó y, al final, la hizo retroceder de su decisión.

—¿Es su primera vez aquí? —preguntó el amable chofer.

—Sí… ¿Cómo es aquí?

—Si busca tranquilidad, este es el lugar…

—¿No es un lugar para parejas?

—No, en realidad es lo que todos piensan, pero muchos vienen aquí a buscar pareja, vienen en familia o simplemente vienen a ver al tiburón ballena. Aunque la temporada ya pasó, aunque, puede visitar los flamencos en Punta Mosquito; debe caminar un poco, pero le va a gustar.

—¡Oh, ya! ¡Vaya! La verdad es que solo he escuchado de la bioluminiscencia.

—Llegó en buena temporada, casi no hay vacacionistas, el clima es agradable y como llegó entre semana, habrá mucha tranquilidad; el fin de semana se vuelve esto todo un caos, pero le va a gustar; además, si es su primera vez aquí, le recomiendo que vaya a probar la pizza de langosta, es la especialidad del lugar…

La familiaridad con la que el hombre le hablaba la hizo entrar en confianza; imaginó cómo sería una pizza de langosta; seguro iría a probarla. Antes le tomaría una foto y se la enviaría a sus hijas, las cuales habían sido cómplices de aquella escapada.

—¡Servida, señorita, disfrute su estancia aquí! ¡Ah! Aquí le doy mi tarjeta; si quiere ir a ver la bioluminiscencia, la puedo llevar; esa debe ser de noche.

—¿De verdad? —preguntó Marina con un brillo especial en los ojos.

—Sí… Me avisa y ya le digo si estoy disponible; si no, no hay problema, la puedo mandar con alguien de confianza.

—¡Gracias! —dijo Marina caminando hacia el lobby del hotel.

Al llegar ahí, su mente iba haciendo notas mentales sobre todo lo dicho por el taxista.

—Flamencos en Punta Mosquito, pizza de langosta y bioluminiscencia en la noche, recuérdalo, Marina, recuérdalo. —decía la joven mujer mientras caminaba hacia donde la recepcionista se encontraba.

—Buenas tardes… ¡Bienvenida al hotel Villas Flamingos! ¿Tiene reservación? —preguntó la mujer amablemente.

—¡Ho… ¡Hola…! Este, sí, sí tengo… Está a nombre de Adelina Salas Toledo.

—Ok, permítame, Adelina Salas, Adelina Salas, Salas, Salas. —decía aquella mujer mientras la buscaba en la pantalla.

—¿Ángel? ¿Eres tú?

Efraín no la corrigió, no le dijo que odiaba que le llamaran así; en todo el tiempo que llevaba vivido, solo había pocas personas a las que les permitía llamarle así. Una de ellas era la mujer que estaba ahí parada.

—¡Hola, borreguita!

Una sonrisa apareció despacio, suave y luminosa en el rostro de Marina. Aquella no era amplia ni ruidosa, sino delicada, de esas que parecen nacer primero en los ojos antes de dibujarse en la boca.

—¿Qué… ¿Qué haces aquí? —preguntó la chica con un brillo especial en sus ojos.

—Hmm… Pues creo que, como puedes ver, vengo de vacaciones y mira qué curiosa coincidencia.

—Ángel, llevo años sin verte, no te pareces en nada al chico que recuerdo… —dijo Marina con total franqueza.

—¿Al regordete?

—¡Estabas pachoncito! Me gusta más cómo suena… —sonrió Marina al decir aquellas palabras.

Por un momento, el toparse con aquel hombre la hizo sentir en casa; múltiples recuerdos de noches llenas de pláticas, tardes compartidas entre él, Lina y ella, juegos de miradas y confesiones indiscretas llegaron como cascada.

—¿Señorita? ¿Va a querer que la ayudemos con su equipaje?

—¡Oh, cierto! ¡Perdón! ¡Perdón! Lo olvidé por completo. —Se disculpó la joven mujer ante su olvido.

—Me tengo que ir, voy a ver dónde me voy a hospedar. Lina iba a venir conmigo, pero al final canceló…

—Ya veo… ¡Marina! ¡Espera! Yo te ayudo con tu equipaje… —dijo Efraín recordando las palabras de Lina: “¡Cuídala! O te arrancaré la piel con mis propias manos”.

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