Marina aún no podía salir del asombro de lo cambiado que estaba Ángel y, sobre todo, de tan extraña coincidencia.
Por un momento pensó que todo esto sonaba demasiado extraño; una idea se formuló en su mente, la cual descartó casi de inmediato.
—Dame unos minutos, me registro y te ayudo con la maleta. —dijo Efraín sonriéndole como lo hacía cuando eran chamacos.
Tras aquellas palabras, se acercó a la recepcionista y dio su nombre:
—Tengo una reserva a nombre de: Efraín Forcelledo…
Marina escuchó con atención; ella siempre lo había llamado Ángel, porque la abuela Sofí siempre le decía “Angelito”.
En su vida se había detenido a preguntarle cuál era su verdadero nombre; aquello la hizo sentir verdaderamente mal, pues de cierta manera, en el pasado, ella solía solo tener ojos para Esteban y, por cómo podía ver, no había salido nada bien.
—¡Listo, cariño! Ahora sí, dime, ¿en qué número de habitación te quedarás? —dijo el hombre frente a ella.
El escuchar que la llamara “cariño”, se sintió rara; aquello sonaba demasiado cercano y personal. No lo corrigió al momento, pero hizo una nota mental para decirle que no lo hiciera a futuro. Hoy día era una mujer cas… ¡Divorciada! ¿Cómo se debería comportar una mujer divorciada? Pensó por un momento.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó Marina con curiosidad.
—Hmm… No he tomado vacaciones este año, así que, digamos que es mi día de suerte. —pronunció Efraín con calma.
—Hace años que no sabía nada de ti… Cuando me casé, tu no… —expresó Marina sin pensar.
Marina solo vio cómo aquel hombre detuvo su marcha y la miró de reojo; no supo cómo interpretar aquella mirada, pero algo le decía que le había resultado incómodo lo que iba a decir.
—Estuve fuera del país por muchos años. —dijo el hombre con seriedad, pero luego cambió el semblante. —Y tú, ¿qué te trajo por aquí?
—Bu… Bueno… Es una larga historia.
—¿Cuánto tiempo estarás aquí? —mintió descaradamente, porque conocía perfectamente el tiempo que estaría ahí, ya que él había pagado aquellas vacaciones.
—Me voy el domingo temprano… Bueno, la verdad es que Lina venía conmigo, pero al final surgió algo en su trabajo y me pasó a dejar en el avión.
—¿De verdad? —sonrió Efraín al pensar en la excusa que había inventado aquella mujercita para hacer que su hermana se quedara y tomara ese vuelo.
—Bueno, ¿y qué planes tienes para estos días?
—Hmm… ¿Te puedo ser honesta?
—Por favor…
—No tengo ni la más remota idea; aquí la intrépida y alocada es Lina.
—Supongo que ya no es una niña. ¿Recuerdas que siempre estaba con nosotros y nos acompañaba a nuestras aventuras en el campo?
Marina rio bajito; aquel comentario le trajo viejos y buenos recuerdos.
—Sí, sí lo recuerdo muy bien…
—Y bien, ¿qué número de habitación tienes?
—Esta… —dijo mostrando la llave.
—Ok, pues estamos cerca, ¿ya comiste algo? ¿Qué plan tienes para esta noche?
—Hmm… No tengo nada, solo sé que hay 3 cosas que me recomendaron hacer aquí…
—¿Cuáles? —preguntó Efraín poniendo un singular interés.
—El taxista me dijo que probara la pizza de langosta, algo sobre flamencos en Punta Mosquitos y por la noche, te llevan a ver la bioluminiscencia.
—Hmm… Pues ya está, ya tienes tu plan…
—¿Tú qué planes tienes? —preguntó Marina, deseando que no estuviese ocupado, pues desde el preciso momento en que lo vio, parecía ser que el miedo al lugar se había esfumado de cada poro de su piel.
—Hmm… Mi plan es más simple…
—¡Ah! ¿Sí?
—Sí… Mi plan es ponerme traje de baño, salir a la playa y tumbarme a que me dé el sol, mientras como y bebo todo lo que puedo.
—¿De verdad? De que te hace falta un poco de sol, te hace falta, estas muy pálido… —dijo Marina repasándole con la mirada.
—¡Oye! ¡Acabas de volver a verme y ya de juzgona!
—Siempre te dije que estabas muy güero…
Efraín sonrió y por un momento se sintió como aquel escuincle regordete de hacía varios años atrás.
—Hmm… Mira, llegamos a tu habitación.
—¿Tú en dónde estás? —preguntó Marian con curiosidad.
—Hmm… Unos cuantos números más adelante… ¿Oye? ¿Qué te parece si te alistas y vamos juntos a cenar?
—¿De verdad?
—¿No quieres esa pizza de langosta?
—No mucho y sí, respondiendo a una de tus tantas preguntas, sí, ya me vio…
—¿Te reconoció?
—Lina, ¿Cómo crees que lo iba a hacer?
—Bueno, yo pensé…
—No, no lo hizo… Al menos hasta que la llame como cuando éramos unos chamacos.
—¿Borreguita?
—Sí…
—¿Qué cursi? —¡Ajá! ¡Cuéntamelo todo! —dijo Lina extasiada ante la imagen que se formulaba en su cabeza.
—Tendrás que esperar a mi regreso…
—¡No! ¡No! ¡Ese no era el trato!
—Debo alistarme, la voy a llevar a cenar…
—Hmm… Solo por eso te voy a dejar, porque de lo contrario, no colgaba hasta que me contaras. No debo recordarte que la cuides mucho, ¿Verdad?
—No, no, corazón, ¿con quién crees que estás hablando?
—Contigo…
—¡Ay, vamos! Me conoces muy bien…
—Por eso, Efraín Forcelledo, te la encargo mucho. Ella ha pasado por mucho estos días; no la vayas a hacer enojar. Sé que tienen mucho de qué hablar, solo cuídamela mucho y hazla que disfrute sus merecidas vacaciones, que yo te agradezco las mías.
—Ya lo sabes, cariño, cuando gustes…
—¿De verdad?
—Solo no abuses…
—¡Gracias, cariño! Bueno, te dejo, voy a ver a mi guapísimo chileno.
—Solo cuídate, tú también.
—Sí, si me cuido, nos marcamos luego.

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