Tal como Efraín lo había dicho, llegó a la habitación de Marina a los 30 minutos. Cuando lo hizo, tocó y casi de inmediato abrió la puerta, quedándose mudo al ver a la mujer que tenía frente a él.
Era evidente que ya no había rastro de la niña que recordaba, ahí había una mujer con calma en la mirada, con una seguridad silenciosa que ella misma desconocía.
El vestido que llevaba puesto apenas insinuaba las líneas de su cuerpo, pero era suficiente para hacer evidente que el tiempo había pasado y no en vano. Ella había crecido, había cambiado, aquello por un momento le dolió, pues no había estado ahí para verlo.
Efraín, por un momento, se sintió incómodo; una mezcla de sorpresa, nostalgia y una leve sensación de pérdida lo envolvieron. Era como si al mirarle, entendiera que no, que el tiempo no solo había pasado en ella, sino también en él. Le quedaba claro que ya no eran los mismos chamacos que platicaban en el balcón hasta altas horas de la madrugada.
—¿Nos vamos? —dijo Marina al ver que el hombre no decía nada.
—¡Claro! —expresó Efraín dándole el brazo para sostenerse.
Marina dudó por un segundo, pero recordó que se trataba del chico que trató por años y aquellas dudas se disiparon.
—Bien, vamos por esa pizza de langosta.
—¿Sabes dónde la venden?
—Investigué y es en Pizzería Edelyn, se supone que es donde nació esa pizza.
Marina se sintió un tanto extraña, bien, pero extraña. Por primera vez alguien estaba tomando su opinión en algo.
Normalmente, en las pocas ocasiones en las que llegaron a salir de vacaciones Esteban, sus hijas y ella, todo ya estaba planeado por su marido, aunque quería conocer otras cosas, se hacía lo que Esteban decía.
Esta era la primera vez que estaba segura de lo que quería comer, no sabía si le gustaría, pero si no se arriesgaba, no sabría si le gustaría o no.
—¿Todo bien? —preguntó Efraín al ver a Marina un tanto distraída.
—¿Eh? ¡Sí! ¡Sí! Todo bien… Es solo que… Bueno… Hay muchas cosas que traigo en la cabeza. —dijo Marina con un tono de voz cargado de duda.
—Tenemos tiempo para ponernos al día… —dijo Efraín con calma.
—Hmm… —sonrió Marina y volteó a verle. –Dime, ¿qué has hecho? ¿Cómo has estado? Hace tanto tiempo que no te veía… La verdad, todo esto me suena tan irreal, tan fuera de lo común. De todos los lugares en los que nos podríamos haber encontrado, jamás imaginé verte en este lugar.
—Bueno, digamos que los planetas se alinearon, ¿no lo crees?
—Ya, dime, ¿qué ha sido de tu vida? —preguntó ella con curiosidad.
—Hmm… ¿Toda mi vida?
—Lo que nos dé tiempo.
—Bueno, llevo 9 años viviendo en Nueva York, estuve uno en Londres, pero me aburrió, no era mi estilo y regresé a la gran manzana.
—Es curioso… Esteban jamás mencionó que tú vivías ahí y mira que viajaba varias veces para allá.
Efraín la vio de reojo, sabía que eso significaba solo dos cosas; la primera era que seguramente quería borrarlo del mapa y la segunda, que no iba precisamente a la empresa familiar.
—Hmm… Suelo encerrarme por horas en la oficina y todo el mundo sabe que me pierdo en mis temas.
—¿A qué te dedicas?
—Soy bróker financiero…
—¿Qué es eso?
—Me dedico a la compra y venta de acciones, criptomonedas o inversiones. El grupo Montemayor ya está en la bolsa de valores y yo soy el intermediario.
—¡Wow! ¡Eso debe ser muy interesante!
—¡Lo es! Sí que lo es… ¿Y tú? ¿A qué te dedicas?
—Soy ama de casa… —susurró Marina muy bajito.
—¿Por qué hablas tan bajito?
—Mi vida no es tan impresionante…
—¿Quién dice que no? ¿Por qué dices “soy ama de casa” como si quisieras que no lo escuchara?
—Bueno, supongo que ser ama de casa, no es tan interesante como la compra y venta de acciones.
—Lo sabía y también sabía que tú no le gustabas… —dijo Efraín en un tono que Marina no supo cómo interpretar.
—¡Tienes razón! —mencionó ella, sintiendo cómo sus mejillas cambiaban de color y se calentaban.
—Marina, no te hagas, sabías bien lo que sucedía o al menos lo intuías.
—¿De qué estás hablando?
—De nada… ¡Olvídalo! —respondió Efraín dándose cuenta de que se estaba desviando a un camino que no tendría retorno.
—¡Dime! —¿De qué estás hablando? —preguntó Marina, soltando su brazo y parándose frente a él y obstruyéndole el paso.
Efraín frunció el ceño; sabía que lo que diría no le iba a gustar a la mujer frente a él.
—Marina, ¡Dios! Déjalo así, vamos a cenar… ¡Mira! Ya estamos cerca…
—¡No! Dime, ¿qué es lo que sabía o intuía? —preguntó molesta.
Efraín puso los ojos en blanco, sabía que ya no había vuelta de hoja.
—¡Todo, Marina! Todo… Tú muy bien sabías que Esteban no te quería y, aun así, insististe por años en seguir aferrada a esa maldita fantasía.
—¿Fantasía, dices?
—¡Sí, carajo! ¡Todos en la familia Montemayor lo sabían! ¿Acaso nunca lo pensaste?
—¿Qué? ¿Qué pensé? ¿Qué debía pensar?
—¡Marina! ¡Por Dios! Estoy hablando con una adulta; tú bien sabes a qué me refiero, Esteban no se casó contigo estando enamorado. Tú lo sabías y cada uno en mi familia lo sabía, aquí la pregunta que todos tenían era: ¿Cuánto durarían?
Debo admitirlo, me sorprendieron al ver que no fue uno, ni dos años, ¡Fueron nueve malditos años! —reprochó Efraín, incómodo y molesto.
—¿Qué? ¿Qué quieres decir con eso?
—¡Dios, Marina! ¿De verdad? ¿Sigues creyéndote esa fantasía de que él llegó a la puerta de tu casa y te pidió matrimonio por amor? ¡No me hagas reír! ¡Sé que eres más lista que eso!

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