Marina no supo cómo responder a aquella pregunta, la respuesta estaba en el fondo de su corazón, pero aún no estaba lista para admitirlo. Estaba claro que la sabía, pero no la quería admitir, menos delante de alguien que acababa de volver a ver.
De pronto, el gran apetito que sentía se esfumó, sin saber qué más hacer o decir, simplemente se hizo a un lado y comenzó a caminar de regreso al hotel.
—¿Marina? —dijo Efraín reaccionando ante lo que había dicho hace pocos segundos. —¿A dónde vas?
Marina no respondió y siguió caminando. Efraín, al ver esto, la tomó del brazo; ella, al ver aquella acción, forcejeó y se soltó.
—¡Perdón, Marina! Yo no quería decirte eso… —dijo Efrarín, maldiciéndose por dentro.
—¿Sabes una cosa, Ángel? Vine aquí por insistencia de Lina, vine aquí porque según esto me ayudaría; además de que Paulina está en México y no debo explicarte qué sucede cuando mi hermana mayor nos visita. Aunque viéndolo bien, creo que definitivamente no, esto no era una buena idea.
Sé perfecto que tienes razón, todo el mundo me lo advirtió, ¿acaso crees que soy tonta y no lo sé? ¡Lo sé! ¡Maldita sea! ¡Lo sé! Pero no necesito que nadie venga y opine de lo que no sabe.
¡Sí! Me casé con tu primo y, créeme, ese maldito día, según lo que yo creía, fue el mejor de mi puta vida, solo superado por el día en que nacieron mis niñas.
Ángel, tú me conoces muy bien, pasamos varios veranos juntos, nos platicábamos todo, sabías casi todo de mí, sabes que siempre fui muy solitaria, sabes que siempre deseaba un poco de atención y cariño de mis padres… —dijo Marina con algo de tristeza en su mirada.
Efraín vio a Marina y se volvió a maldecir por dentro, él sabía bien a qué se refería, puesto que, en el pasado, había sido testigo de cómo aquella niña, casi siempre era ignorada o comparada con su hermana mayor o menor.
—¡No soy ninguna tonta! Cuando tu primo llegó y me pidió matrimonio, quise pensar que todo el tiempo que había fantaseado con él; no había sido en vano. Quise pensar que por primera vez tenía algo para mí, quise pensar… ¡Ay, Dios! Deseé que todo ello fuera producto de alguno de mis deseos de niñez, porque sí, debo reconocerlo, era lo bastante estúpida para creerlo.
—¡Marina! ¡Perdóname! La verdad es que me excedí, no debí decir aquello… —dijo Efraín avergonzado por su comportamiento.
—¡No! No tienes que disculparte, cada cosa que dijiste es verdad… Tienes razón, fui muy tonta, era tanto mi deseo de que Esteban al final me dirigiera una mirada, que me cegué a la idea de que finalmente se había dado cuenta de cuánto me gustaba, cuánto lo quería. Ángel, ¿sabes por qué me comenzó a gustar tu primo?
Efraín sintió una punzada en el pecho, quería cortar de tajo esa plática, pero ya se había metido solito en esa conversación y ahora, no hallaba otra salida.
—No… Nunca me lo dijiste…
—Paulina me lo presentó el día que llegó a vivir con la abuela Sofía, bueno, más bien, nos lo presentó a todos los niños que ese día estábamos jugando en la calle. Si mal no me equivoco, ese día íbamos a jugar a las escondidas, pero, tal como siempre sucedía, Lorena, Karina y Paulina eran las que siempre nos escogían…
Si Paulina no jugaba, nadie más me escogía y solo me quedaba viendo cómo todos se divertían mientras yo encontraba la manera de sentirme parte de su juego.



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