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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 38

Aquella pequeña pelea solo provocó que Marina trajera a su mente recuerdos de su vida con Esteban.

Ángel tenía razón; de cierto modo, ella todo el tiempo supo que Esteban jamás la miró como lo hacía con Lorena. Sí, estaba claro que solía responder a sus saludos, pero, no era nada extraordinario, eso lo hacía con cualquier vecino.

Luego del accidente que casi le costó la vida, agregándole que al despertar tuvo que escuchar lo que aquel hombre pensaba de ella, ya no había más dudas, era momento de romper con esa fantasía.

Hacerlo, no sería tan fácil como parecía, habían sido 20 años con un solo hombre en la cabeza, 9 años viviendo con él, era claro que el sentimiento no se esfumaría tan fácilmente, pero, siendo completamente honesta, estaba segura de que no había marcha atrás.

No cuando llevaba 5 casi 6 meses de no tenerlo cerca, aunado a que hace tan solo 3 días casi la mata.

Al final, se acababa de convencer de que lo mejor que podía hacer, era regresar a casa. Ir ahí, no había sido una buena idea, al menos en casa, tenía el amor y los besos de sus hijas, aquí, estaba sola en una enorme habitación que sentía que le sofocaba.

Cansada de pensar una y otra vez en momentos vividos en el pasado, decidió quitarse la ropa, ponerse el pijama e ir a la cama.

Mientras tanto, Efraín prefirió llegar un poco después al hotel, no estaba de humor para ir a dormir. Para tratar de calmarse, caminó por largo rato por la orilla del mar, trayendo a su mente una y otra vez, todas aquellas emociones que había reprimido por años.

Efraín sabía que no tenía ningún derecho de reclamarle nada a Marina, ¿cómo podría? Él jamás había sido honesto con sus sentimientos, jamás le había dicho que se le hacía una chica muy madura para su edad y qué decir de la enorme admiración que sentía hacia cómo era feliz aun con todo lo que vivía.

Luego de una larga caminata y varias latas de cerveza para calmar la sed, finalmente decidió regresar a su habitación. Pensó en hablar con Lina, pero al ver la hora, definitivamente no era una buena idea; además, ¿cómo le explicaría que en el primer día ya había hecho enojar a su querida Marina?

—¡Marina! ¡Marina! ¿Qué voy a hacer contigo? —pensó en voz alta mientras tomaba un largo baño.

Tras dar varias vueltas en la cama, un recuerdo cruzó su mente, inmediatamente se incorporó y llamó a recepción. Luego de dar varias indicaciones, sintió que su cuerpo ya no podía más y se fue a la cama a dormir.

A la mañana siguiente, Marina se despertó con el suave sonido del ir y venir de las olas del mar. Apenas comenzaba a clarear; salió a mirar por el balcón y se topó con parejas caminando por la orilla del mar.

Aquello, aunque lo quería evitar, no podía, le provocaba cierta sensación de incomodidad. Si mal no se equivocaba, los pocos recuerdos que tenía haciendo cosas en pareja, habían sido los de su semana de luna de miel y, tal como veía todas las cosas, seguramente aquel lugar, Esteban lo había elegido para Lorena, no para ella.

Con aquella punzada en el pecho, se metió a su habitación y se disponía a darse un baño para cambiarse y comenzar el camino de regreso a casa, cuando alguien llamó a la puerta.

—¿Señorita Salas?

—¡Voy! Un minuto, por favor…

Tan pronto como llegó a la puerta y abrió, se topó con un carrito lleno de comida.

—Señorita, el señor Forcelledo nos pidió traerle el desayuno a su habitación. No sabía qué le iba a apetecer, por lo que nos pidió que le preparáramos de todo. Esperamos que sea de su total agrado. ¿Dónde quiere que se lo pongamos?

Marina se quedó sin palabras, lejos de todos los sentimientos que la embargaron al ver aquello; sí, efectivamente, sí tenía hambre. Con todo lo ocurrido un día anterior, era tanta su incomodidad y molestia, que ya no fue ni a cenar.

—Es… Este… Podría ponerlos ahí… —Señaló Marina cualquier lugar.

—Bien, pues, ¡muy buen provecho!

—¡Gra…! ¡Gracias! —dijo Marina aun sin poder creer lo que veía.

Marina estaba por probar un poco de café, cuando nuevamente alguien tocó a su puerta. La joven mujer, por un momento, pensó que se trataba de la misma chica y que, tal vez, se le había olvidado algo.

—¡Un momento, por favor!

Luego de ello, caminó hacia la puerta y abrió, topándose con un enorme ramo de rosas y astromelias color rosa.

—¡Dios! —fue la primera palabra que dijo Marina al ver aquel ramo.

—¡Perdóname! —se escuchó una voz masculina detrás de aquel detalle.

Marina movió el cuerpo y vio al hombre que sostenía el ramo.

—No lo has olvidado…

—¡No! ¿Me perdonas? —dijo Efraín parado en el umbral de la puerta.

—¡Menso! No tengo nada que perdonarte… —dijo Marina sintiendo un extraño nudo en su garganta.

Jamás alguien le había pedido perdón y menos de esa manera, no sabía cómo actuar, qué decir o cómo tomar las cosas.

—Sí, sí tienes… Yo no soy quién para juzgarte, no debí decir aquellas duras palabras, no estoy en tus zapatos y, por ende, no tengo autoridad moral para decir si está bien o mal lo que pasó en el pasado y mucho menos, en el presente.

Efrain había dicho todo aquello con verdadera honestidad, él sabía que había cometido un grave error, Lina le había comentado que no estaba siendo nada fácil superar aquella situación y ahí estaba él, metiendo la pata desde el primer maldito día.

Capítulo 38: Flamencos 1

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