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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 39

—A ver… Párate ahí… —dijo Efraín deteniendo su marcha y señalándole una flecha color amarilla que se dirigía hacia ningún lugar.

—¿Qué? ¿Qué sucede?

—No he visto que te tomes alguna fotografía y eso es raro. Hoy día todo el mundo se toma selfies y hace en vivos. No te veo haciendo esas cosas, por lo menos, tómate una foto en algo diferente.

Marina sonrió e hizo lo que aquel apuesto joven le pidió, caminó hacia la flecha y posó con una gran sonrisa, mientras este le tomaba una foto. Era extraño, pero, aunque los años hubieran pasado, ella sentía que podía ser ella misma delante de él, lo que la llevaba a hacer poses tontas y caras ridículas.

La brisa del mar movía ligeramente la camiseta que Efraín llevaba puesta, pegándola en ciertos momentos a su cuerpo. Marina lo observaba de vez en vez, intentaba reconciliar al muchacho regordete con el que tenía de frente.

Aquellos intentos eran en vano, el hombre frente a ella poseía una seguridad arrolladora, mientras que quien recordaba, lo era, pero en menor grado.

Físicamente no era el mismo, estaba muy claro, pero algo en su mirada, en su sonrisa le decía que sí, sí lo era.

—¿Agua? —preguntó Efraín acercándole la botella.

Ella aceptó, tomó agua y por un momento sobó con suavidad su costado.

—¿Te duele algo? —preguntó Efraín al ver su acción.

—Solo es un poco de dolor en las costillas, en el accidente me rompí 3 costillas y aún no han sanado y de repente me canso, lo que me provoca un poco de dolor, pero nada que deba preocuparme.

—Hmm… Estamos cerca de los flamencos, ¿quieres regresar al hotel o avanzamos?

—¡No! Ya estamos aquí, no ve voy sin verlos, debo llevar fotos a mis hijas, le envié un mensaje a Ofelia y les prometí que les enviaría fotos.

—Bien, pues seguiremos con la misión. ¡Ven! ¡Sube!

—¿Qué? ¿Cómo? ¡No! ¡No! ¿Qué cosas dices? ¡No!

—¡Anda! ¡Tienes razón! ¡Acabas de salir del hospital! No deberías hacer tantos esfuerzos… Vamos, sube a mi espalda, te llevare cargando.

—¡No! ¡No! ¡Yo puedo hacerlo!

—No dudo que puedas hacerlo, pero, no estás en condiciones para hacerlo, así que, si quieres que vayamos, subirás a mi espalda y llegaremos hasta ahí, ¿de acuerdo?

Marina vio mucha decisión en los ojos de Efraín, así que supo que, por más que discutiera, este no le dejaría muchas opciones.

—¡Esta bien! Pero… Si te cansas, avísame para que me baje, estoy muy pesada.

—¿Quién te dijo esa ridiculez? ¡Estás en los huesos! ¡Jamás en mi vida te había visto tan delgada! ¡Anda! ¡Seguro que no pesas nada! ¡Sube ya! Porque mira, la marea ya va subiendo y aún nos falta regresar.

Marina vio el agua y Efrain tenía razón, el arena ya no estaba despejada, el agua ya les cubría los tobillos.

—Bien… Pero, de verdad, si te peso, me bajas, no te sientas comprometido por mi condición.

—¡Dios, Marina! ¿Acaso me he quejado de algo?

—¡No! Pero…

—Pero nada, anda vamos…

Tras varios minutos después, Marina estaba frente a los flamingos o flamencos, como algunos le decían.

La sensación de satisfacción era grande, pues podría considerarse poca cosa, pero esta, esta había sido una de las primeras cosas que había decidido hacer sola y ahí estaba. Sí bien, Efraín la acompañaba, luego de 9 años de estar casada, decidir a donde iba sin consultarlo antes, era ya una pequeña victoria.

—¡Gracias! —dijo Marina con lágrimas en los ojos.

Efraín la miró desconcertado ante aquella reacción y palabra.

—¿Por qué me agradeces?

—Por ayudarme a llegar hasta aquí…

—Hmm… Solo te cargue unos cuantos minutos, podías hacerlo solita, ¿no lo crees?

—Esa es la cuestión, hace muchos años, podía hacer todo solita, pero ahora, me da miedo incluso poner la idea en mi cabecita.

—Bueno, supongo que debes recordar una cosita… Cuando eras una chamaca, no tenías que pedirle ni opinión y mucho menos, perdón a nadie, ¿Recuerdas que prácticamente te habías dado por vencida?

—¿Cómo?

—¡Sí! Tal vez tu ya no lo recuerdas, pero yo sí, todo el tiempo hacías cosas por agradar a tu familia. La escuela, las calificaciones, pórtate bien, las amigas, pero, por más que lo hacías, tus papás estaban preocupados por la carrera que estudiaría Paulina, o por sí Lina aprobaría la materia que no podía.

—Supongo que, tal como dices, ya me había dado por vencida…

—¿Y ahora? ¿Te has dado por vencida?

—Sí, ya no más, ya no pretendo luchar más por aquella fantasía… ¿Sabes una cosa?

—Dime…

Capítulo 39: ¡Gracias! 1

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