Marina estaba exhausta, si fuera por ella, después de aquel largo baño que se había dado, se pondría la pijama y se metería a la cama a dormir hasta el otro día; sin embargo, Efraín había quedado de pasar por ella a las 7:00 pm para ir a cenar una deliciosa pizza de langosta.
Y ahí estaba ataviada con un bello vestido largo color blanco con hombros caídos, trataba inútilmente de acomodar su rizado cabello, el cual, al final, decidió llevar suelto.
—¡Al menos lo intentaste! —se dijo a sí misma mientras se miraba en el espejo con resignación.
La puerta de su habitación sonó exactamente a las 7:00 pm, ella sintió una extraña punzada en el estómago, ¿por qué razón? La desconocía, pero la sintió; nerviosa, caminó hacia la puerta, al abrirla, se llevó una tremenda sorpresa.
—¡Estás…! —dijo el hombre frente a ella.
—¿Qué… ¿Qué sucede? ¿No estoy vestida para la ocasión? La verdad es que me puse lo primero que encontré. ¿Por qué te vestiste tan elegante? —dijo Marina, lo primero que se le vino a la mente.
—¡Estás preciosa! Y así estás muy bien. La verdad, no estaba preparado para verte así…
—¡Efraín! ¡No exageres! ¡Anda, vamos a cenar! —respondió Marina sin saber qué decir ante aquellas palabras.
—Te traje algo… —dijo el hombre asomando una rama con varias flores de orquídea rosada.
—¿Cómo consigues estas flores? —dijo Marina sonriendo ante el detalle.
—Digamos que soborno a uno que otro recamarero. Ahora, si estás lista, ¿podemos irnos? ¡Muero de hambre! —expresó Efraín al no saber qué más decir.
Marina sonrió, y sus ojos se iluminaron de una manera tan natural que Efraín no pudo evitar devolverle la sonrisa.
—¡Anda! Que seguro te me mueres de inanición en el camino… —respondió Marina relajando la situación.
—¡Lo que hago por ti! ¡Lo que hago por… ti!
—Espera, pongo en agua las flores y nos vamos, pasa si gustas… —dijo Marina con mucha naturalidad.
Efraín entró a la habitación y salió a observar la vista por el balcón, el vaivén de las olas que llegaban a la orilla de la playa sonaba tan relajante que se le antojaba cenar en ese preciso lugar.
—¿Listo?
—¡Claro!
—Pues vámonos… —dijo Marina con los ojos llenos de decisión.
Efraín debía reconocerlo, él tenía una visión completamente diferente de Marina a la que tenía frente a él en ese preciso momento.
La niña con la que platicaba hasta la madrugada era una y sí, la que tenía frente a él en ese momento era otra.
—Efraín…
—Dime…
—Todo el día te la has pasado escuchándome, pero casi no me cuentas de ti. Háblame de ti, ¿qué has hecho en estos nueve, casi 10 años que no nos hemos visto?
—¿Qué quieres que te cuente?
—No lo sé, ¿qué has hecho? ¿Qué ha sido de tu vida? ¿Tienes novia? ¿Tienes pareja? Prácticamente conoces mi vida y yo no sé nada de ti.
—Sabes lo más importante…
—¿Qué?
—¡Sí! Sabes que estoy de vacaciones…
—¡Efraín! ¡No juegues! Cuéntame, ¿qué hiciste estos casi 10 años que no nos habíamos visto?
—Hmm… Bueno, no he hecho cosas muy importantes. Terminé mi carrera en finanzas y, posteriormente, terminé la carrera de economía, me certifiqué como analista financiero y entré a la bolsa.
Actualmente, paso la mayor parte del tiempo entre números, mercados que suben y bajan, y gente que cree que el mundo se acaba si pierde dinero.
Efraín sonrió apenas, mirando el mar.
—Vivo entre Nueva York y Seattle por ahora. Es un trabajo interesante… aunque a veces siento que todo se mueve demasiado rápido. —comentó Efraín, volteando a ver a la chica que iba a su lado. —Por esto, cuando tomo vacaciones, me gusta relajarme en la playa, tirarme en la arena, asolearme, comer y beber todo lo que puedo.
—Te digo, vine a irrumpir tu tranquilidad.
—No, la verdad es que no, le has dado un toque interesante a mi semana. —mencionó Efraín con mucha naturalidad.
—¿Cómo podría hacer aquello?
—Inconscientemente lo haces…
—¿Cómo va tu vida amorosa?
—¿Hmm? ¡Directa la niña! —sonrió Efraín. —En el trabajo soy bastante disciplinado… pero, en lo sentimental, nunca he sido particularmente constante.
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Marina tratando de hilar las palabras.
—Digamos que mi historial amoroso no es precisamente un ejemplo de estabilidad.
—Sí, algo escuché de eso en el pasado. —dijo Marina recordando una que otra palabra de su exmarido.
—Dime de quién lo escuchaste y te diré qué tan real es…
—¡Gracias! ¡Esta será para mí! —dijo Marina abrazando el cuello y cabeza de aquel hombre.
Marina sonreía recordando aquel minúsculo detalle, pero que tenía mucho valor para ella.
—¡Ey! —¿En qué piensas? —preguntó Efraín al verla pensativa.
—En nada, la verdad es que no pensaba en nada que no fuese comida. – Mintió aquella chica.
—¿Te gusta la mesa o pedimos otra?
Desde aquella mesa podían ver la plaza iluminada y podían sentir el ligero aire que corría por la calle.
—¡Me gusta! ¡Definitivamente me gusta!
—Bien, entonces, ¿pizza de langosta?
—¡Sí!
—¿Te apetece un Sauvignon Blanc o un Chardonnay ligero para acompañarla?
—¡Me apetece una fría y espumosa cerveza!
—Hmm… No es algo con lo que la acompañaría, pero tú mandas… Bebamos cerveza entonces.
Marina vio cómo Efraín pidió lo acordado, adicionando un montón de platillos más como entradas. Supuso que no acabarían con aquello, pero al menos probaría un bocado de cada cosa.
—¡Gracias!
—¿Por?
—Por respetar lo que quería beber…
—¿Cómo? ¿Por qué no haría eso? Tú quieres cerveza, eso tomas y ya… ¿O no?
—Hmm… Bueno, no es tan fácil, tengo dos hijas y debo cuidar mucho lo que ven de mí.
—Hmm… Creo que, si no lo ven de ti, lo verán en cualquier otro lugar. No digo que te pongas hasta las manitas y te vayas a medir calles, pero ¿una cerveza?
—Bueno, bueno… Es algo que suelo hacer, pero hoy solo estamos tú y yo, así que puedo alocarme, ¿no lo crees?
—Mientras no vayamos midiendo calles, ¡sí! Supongo que sí…
—¡Efrain!

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