Esteban permaneció estático mientras escuchaba la voz alegre de Marina. No lo quería admitir, pero desde la cena de aniversario, no había vuelto a escuchar aquel tono de voz; era evidente que debía estársela pasando bien.
Por un lado, sentía que se le quitaba un peso de encima, pues en su mente aún fluctuaban las emociones de lo que había ocurrido hace unos cuantos días, pero, por otro, aquella mano masculina rosando la piel desnuda de su exmujer no dejaba de darle vueltas en la cabeza.
—Ofelia, ¿A dónde se supone que iban de vacaciones Lina y mi mujer?
—Exmujer, señor…
—¡Ofelia! —replicó Esteban con aire molesto.
—Señor… —dijo Ofelia mirando a las niñas mientras cenaban—. La señora y su hermana fueron a Cancún; exactamente desconozco a dónde iban a ir, solo me dijeron que irían a ese lugar.
Ofelia mintió; sabía que decirle el lugar era capaz de arruinar las vacaciones de su jefa, lo tenía casi implícito en el rostro.
—Hmm… Marina acaba de ser dada de alta del hospital, ¿cómo se les ocurrió irse de vacaciones? Y más aún, sin las niñas.
—¡Papi! No te enojes con mami, ella necesitaba descansar…
—¡Sí, papito! Diana tiene razón; además, tú no deberías estar aquí solito. La señorita Huesca siempre te acompaña, ¿por qué aprovechaste y la trajiste hoy?
—¡Rana! ¡Esta es la casa de mami! ¡Esa mujer no debe entrar en casa de mami! ¡Papá! ¡Jamás, escúchalo bien! ¡Jamás traigas a esa mujer aquí! Mami se la ha pasado llorando todo este tiempo; ella ahorita se ve feliz y así me gusta verla. No traigas a esa mujer aquí en la casa; ella no es mi mami, ¿entendido?
—¡Diana! —dijo Esteban sorprendido por ese arranque de ira de su hija, la más tranquila.
—Señor, será mejor que no haga cosas que hagan sentir incómodas a las niñas. Esta es la casa de las niñas y su madre.
—Ofelia, no tengo intención de hacer algo en contra de los deseos de las niñas. Renata, hazme un favor, hija. —dijo el hombre agachándose para estar a la altura de su hija.
—Dime, papi…
—No vuelvas a mencionar a Lore en casa de mami; sé perfecto que, ella te agrada, pero, bueno, todo está muy fresco y lo mejor que podemos hacer es dejar que el tiempo calme las cosas; no hagamos enojar a mamá o a tu hermana. ¿Sí?
—Está bien, papi, pero… —dijo la niña un tanto confundida—. ¿Cuándo podemos salir con Lore? Ella quedó de llevarme de compras.
Diana miraba la escena incrédula; no podía comprender cómo su propia hermana preguntaba por aquella mujer. Las niñas apenas habían cumplido 9 años, pero no eran tontas, se daban cuenta de que sucedía y, en la mente de Diana, no había espacio para otra persona que no fuese su madre.
Al ver y escuchar aquellas palabras, no pudo más, empujó su vaso de leche, se bajó del banco de la barra de la cocina y corrió a su habitación.
—¡DIANA! —gritó Esteban al ver la leche derramada.
Aquella acción hizo que Esteban se sintiera frustrado. Aquella acción lo hizo que se retirara los lentes y masajeara el puente de su nariz.
—Papito, deja a mi hermana, ella es así, siempre anda haciendo berrinche por todo.
Ofelia miraba la escena sin emitir algún comentario, pero entendía que aquella situación se le había salido de las manos.
—Ofelia, cuida a Renata, voy a ver a Diana.
—¿Está seguro, señor?
—Sí, no puedo irme dejándola así.
—Está bien, como usted diga.
Esteban se sentía extraño en aquella casa que, por casi 10 años, había llamado su hogar. Hoy, al caminar por los pasillos, se sentía como un completo extraño; el lugar ya no estaba impregnado por el aroma de su colonia. Por un momento, se le hizo que la casa ya no tenía las imperfecciones que antes se le hacían muy evidentes a la vista.



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