Tras salir de su antigua casa, sin muchos ánimos, condujo a su penthouse; el recibimiento no había sido nada extraordinario. Lorena se percató de su estado de ánimo, pero no preguntó ni dijo nada.
Esteban, tratando de calmar los demonios que llevaba desatados en su cabeza, se sirvió un trago mientras veía cómo Lorena atendía una llamada de lo más tranquila.
De su mente no podía borrar esa maldita mano en el hombro desnudo de su exmujer. En todo el tiempo que llevaba separado de Marina, jamás se había puesto a pensar en qué sucedería cuando ella decidiera rehacer su vida. Es más, la idea nunca había cruzado su mente.
Ahora, su mal humor en parte también era por las palabras dichas por Diana. Ella siempre había sido la más parecida en carácter a Marina, pero en físico a él; era como ver un espejo diciéndole verdades que no quería escuchar o no estaba preparado para escuchar.
De pronto, el timbre de su apartamento sonó; miró su reloj y se percató de la hora. Internamente se preguntó: "¿Quién podría ser?". Estas no eran horas para visitas; además, pocas personas sabían dónde vivía ahora. Un tanto intrigado, se asomó a la cámara de vigilancia y se llevó una tremenda sorpresa al ver a su padre ahí parado. Sin pensarlo dos veces, fue a atender.
—¡Padre! ¿Qué haces aquí? —pregunta Esteban al ver la figura imponente de su padre en el umbral de su puerta.
—Necesitamos hablar… ¿Puedo pasar? —dice el hombre recorriendo con la mirada aquel lugar.
—¡Adelante! —señaló Esteban con la mano para que entrara.
—No había tenido oportunidad de conocer tu nuevo hogar. —Admite el hombre, observando con atención cada detalle de su apartamento.
—¡Esteban, cariño! —se escuchó la voz de Lorena, quien salió del estudio con teléfono en mano y una enorme sonrisa, la cual se borró al ver al hombre que se encontraba ahí.
Dante la observó de arriba abajo, frunció los labios y dijo:
—¿Tienes un lugar donde podamos hablar en privado?
—No tengo nada que ocultar a Lorena; si tienes algo que hablar, será frente a ella.
—¡Bien! No lo quería hacer así, pero, ¡tienes razón! Ella también debe estar enterada. Quiero suponer que ya le dijiste lo que va a suceder en menos de dos semanas.
—Señor Montemayor… —dijo Lorena intimidada.
Esteban asintió con la cabeza.
—Bien, mi visita será breve entonces.
—¿Qué quieres, padre?
—Hablé con tu primo; él se rehúsa a que te vayas al pueblo, dice que necesita asesoría.
—¡Ja! ¿No que ya tenías todo resuelto? —pregunta Esteban sarcásticamente.
Aquello hace que Lorena le apriete el brazo; si había escuchado bien, Ángel lo quería ahí y eso no significaba nada bueno.
—¿Podrías callarte y escuchar? Te sientes indispensable, ¿verdad?
—¡Soy indispensable! He trabajado 12 años en la compañía sacándola adelante y dado muy buenos resultados. El separarme no debería ser un escándalo; a veces los matrimonios no funcionan y ya.
—El problema, querido hijo, es que nosotros, desde siempre, hemos dado una imagen de ser una empresa familiar, pero… —dijo Dante mirando a la mujer que se aferraba al brazo de su hijo. – Creo que un par de piernas vinieron a nublar tu juicio.
—¡Señor Montemayor! ¡No le voy a permitir que me insulte en mi propia casa! —respondió Lorena indignada.


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