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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 44

Tras terminar la llamada con sus hijas, Marina y Efraín cenaron todo lo que pudieron; para sorpresa de ninguno, ambos no pudieron terminar todo lo que pidieron, lo cual se lo adjudicaron a la cantidad de cervezas que habían ingerido.

Aun con ello, Efraín pasó a comprar lo que decía; era el postre perfecto para después de un montón de mariscos.

—Esa marquesita terminó de llenar el último hueco que tenía en el estómago… —dijo Marina sobando su abultada pancita.

Efraín la observó con una mezcla de ternura y encanto para luego decir:

—¡No aguantas nada! Normalmente como muchas cosas más, pero me he contenido para no exhibirme.

—¡Ajá! Si tú fuiste el primero que dijo que ya no podía más… —dijo Marina mientras jugueteaba con la suave arena bajo sus pies.

—¿Te gustó? —preguntó Efraín observando a esa bella mujer.

—¡Me encantó! ¡Todo esto me gusta! Si fuese por mí, vendería todo lo que tengo, tomaría a mis hijas y nos vendríamos a vivir aquí… —dijo Marina con cierta nostalgia en la voz.

—¿De qué vivirías? —preguntó el hombre con interés.

—De los pescados que pescara…

—¡Mensa! ¿Me refiero a dónde vivirías o qué harías?

—¡Oye! ¿Puedo aprender a pescar? No sé cómo se hace, pero aprendo rápido.

—Y mientras, ¿qué van a comer?

—¡Puedo vender toda la ropa y joyas de mujer estirada y con eso, vivir por un tiempo!

—Hmm… Tú solo dime dónde quieres la casa y te la puedo comprar. Si quieres vivir en este lugar, solo dímelo y te la compro —dijo Efraín sin pensarlo dos veces.

Marina detuvo su marcha, se quedó viendo a Efraín; aquellas palabras se sintieron un poco extrañas y la confundieron un poco.

—¿Por qué harías eso? —preguntó la chica un tanto extrañada.

—Si eso te hace feliz, ¿por qué no hacerlo?

Marina, un poco mareada, se acercó a Efraín, se puso de puntitas, posó una de sus palmas en la mejilla de aquel atractivo hombre.

—¡Es un gesto muy noble de tu parte! Sé perfecto que podrías comprarme eso y no te costaría nada, pero me he cansado de solo estirar la mano; quiero hacer algo por mí, quiero ganar mi propio dinero. Mucho o poco, quiero sentir que es mío, quiero comprarme algo sabiendo que es mi dinero y no el de Esteban o alguien más. ¿Sabes una cosa?

—Dime…

—En el acuerdo de divorcio, tu primo me dejó una pensión vitalicia bastante atractiva y generosa, según mi abogado. “Era un trato generoso, al que ya no se tenía que agregar más”. Yo acepté, no por el trato; lo hice solo porque no quería seguir viéndole la cara o pelear, pero he decidido que no quiero usar su dinero para mí. Ese será para mis hijas y yo, bueno, ya pensaré en qué hacer para costearme mi vida.

—Hmm… Está bien que pienses así, pero, de vez en cuando, está bien aceptar ayuda, ¿no lo crees?

—Aceptaría tu ayuda siempre y cuando fuese un préstamo… De lo contrario, no lo haré.

—¿Por qué no? —preguntó Efraín contrariado.

—Porque quiero ser un buen ejemplo para mis hijas. He pensado mucho en todo lo que ha pasado. ¿Sabes? Yo no quiero que mis hijas vean cómo solo estiro la mano al hombre que ya no es nada mío.

Sí, él tiene la obligación de mantenerlas, pero ya no tiene ninguna obligación conmigo. Sé que no tengo mucho, sé que si voy a buscar empleo no tengo experiencia en nada; mi vida se pausó a los 18 años. Si salgo a la calle ahora, nada de lo que sabía en ese entonces me sirve; la vida siguió y no puedo culpar al tiempo.

Así que debo pensar muy bien qué haré a futuro; no tengo mucho, pero sé que algo se me ocurrirá.

—¿Has pensado en regresar a estudiar?

—Lina me dijo lo mismo…

—¿Y?

—Bueno, tal vez en algún momento lo haga, pero, seamos honestos, si lo hago, seguiría atenta a Esteban y ya no quiero eso. Quiero ganar mi propio dinero… Pero bueno, ¿por qué hablamos de este tema?

—No lo sé, salió a colación mientras caminamos por aquí…

—Bueno, pero ya no quiero hablar más de eso; ahora que regrese a casa, ya pensaré qué haré con mi vida. Mientras me gustaría imaginar que voy a descansar y mientras lo hago, camino al lado de un atractivo y sexy chico que me acompaña para que nada me ocurra.

—¿Soy atractivo? ¿Piensas que soy sexy?

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