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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 46

Marina miró con atención el semblante de Efraín, se percató de que, efectivamente, lo que estaba tocando y viendo no era solo un engaño, era la verdad; en su mirada no mostraba nada más que deseo.

En un acto que ni ella misma se explicó, se puso de puntitas y con ambos brazos atrajo su rostro hacia sus labios.

Efraín, al ver aquella acción, se sorprendió; de todos los escenarios que pudo imaginar como respuesta a su confesión y acción, jamás contempló esto.

No podía negar que, aunque aquel beso era torpe y sin duda era el resultado de los efectos del alcohol, se sentía mucho mejor de lo que algún día imaginó; aquello provocó que se dejara llevar, aunque casi de inmediato reaccionó.

—Mar… Marina… Espera, espera… —dijo aquel hombre tomándola de los brazos para apartarla.

Marina, al ver aquella acción, solo pudo sentir como sus mejillas comenzaron a arder de vergüenza.

—¡Lo… ¡Lo siento! —respondió ella, abriendo rápidamente la puerta de su habitación y entrando. —¡Perdóname! No era mi intención…

Efraín la observó y se percató de que sus ojos estaban llenos de lágrimas; estaba por atraerla hacia él cuando notó que ella iba a cerrar la puerta.

—¡Espera! —dijo Efraín poniendo su pie en la puerta para evitar aquella acción.

Marina, al ver eso, simplemente no luchó, solo soltó la puerta y caminó a oscuras buscando cómo huir de aquella penosa situación.

—¡Perdóname! ¡Yo… ¡Yo no sé qué me sucedió! ¡Yo no debí hacerlo! ¡No debí besarte! ¡Perdóname! ¡Somos amigos y no debí hacer aquello! —admitió Marina tomando asiento en la cama mientras que sus manos sostenían con fuerza la falta de su vestido.

Efraín, al verla, entró y se puso en cuclillas frente a ella.

—¿Por qué me pides perdón? —susurró Efraín, tomando su mentón y levantándole el rostro para verla a los ojos.

Acto seguido, Marina se giró para no verlo.

—Marina… ¡Mírame! Estoy hablando con una adulta, no con la niña que me tocó conocer… ¡Mírame, ahora! —ordenó Efraín con tono serio.

Aquella joven mujer no tuvo más opción y, sin más, posó sus ojos marrones en aquel hombre que estaba a solo centímetros de ella.

—¿Qué? —respondió nerviosa.

—¿Por qué no me quieres mirar? ¿Por qué dices que no debiste besarme?

—Simplemente porque no debí besarte… ¡Perdóname! Sé que todo lo que dijiste es porque quieres hacerme sentir mejor, pero no tenía ningún derecho a cruzar la línea entre tú y yo. —admitió Marina, avergonzada.

—Marina, ¿acaso no escuchaste ni una palabra de lo que dije?

—¡Sí! Sí la escuché y, siendo honesta… —exclamó Marina mientras mordía su labio inferior. –No puedo creer lo que dices. Sé que lo haces porque quieres hacerme sentir mejor y, ya debo tenerte harto con mi cantaleta, pero de ver…

Marina no pudo completar aquella frase, debido a que, sorpresivamente, Efraín se apoderó de sus labios antes de que siguiera diciendo tonterías.

Esto definitivamente no era algo que esperara Marina; aquel beso, evidentemente, estaba cargado de varias emociones.

Ella jamás había besado a nadie que no fuese Esteban, por ende, jamás había experimentado una sensación como aquella.

Si tuviera que explicarlo, no sabría cómo hacerlo. Su panza revoloteaba y su cuerpo solo podía sentir escalofríos recorriendo todo su ser.

Tal como lo había dicho Efrain, con aquel beso estaba probando juguetear con la lengua de Marina; probaba con calma, pero con ansia, cómo se sentían aquellos gruesos labios, mientras que su nariz se embriagaba con el sutil y fresco aroma de aquella mujer.

De pronto, sin pensarlo más, fue haciendo que ella se recostara en la cama y una de sus manos, que acariciaba con sutileza su mejilla, fue descendiendo de su rostro a su cuello, luego pasando delicadamente por uno de sus pechos y cintura. Esta no se detuvo hasta coronar en sus nalgas, a las que no les dedicó nada de piedad, pues con fuerza se aferró a lo que pudo tomar.

—E… Efraín… ¿Qué… ¿Qué haces? —apenas pudo articular esa pregunta la mujer que tenía debajo de él.

—¡Cállate y escúchame! —ordenó el hombre mirándole fijamente. —Si me detuve hace un momento es porque, antes de cualquier cosa, quiero que estés segura de lo que quieres.

—¿De verdad deseas que algo pase esta noche? —preguntó Efraín rogando que así fuera.

Marina lo miró y sintió que podía salir corriendo en cualquier momento, pero se contuvo, tragó saliva y luego habló.

—Efraín… ¡Quiero tener sexo contigo! ¡Quiero saber lo que es que alguien me desee! ¡Quiero saber lo que es hacerlo por deseo, no por obligación!

Efraín… ¡Quiero que me tomes como si fuera una desconocida! ¡Quiero que me veas como la conquista de esta noche! ¡Como si fuera una mujer que conociste por ahí…!

Efraín no podía creer que aquella petición fuese real; de todas las cosas que podían suceder estos días, jamás habría imaginado aquello. Por lo que, lejos de alejarse, se acercó y dijo:

—Marina… ¿Estás segura de lo que estás pidiendo?

Marina tragó en seco y afirmó lentamente con la cabeza.

—Yo no voy a tener sexo contigo, no te voy a coger esta noche… No voy a imaginarte como otra mujer… —Susurro al oído de la joven mujer.

Aquella declaración provocó que sus ojos se abrieran como platos; una punzada se sintió en su pecho; inmediatamente creyó que la estaba rechazando.

—E… Efraín… —Apenas pudo pronunciar al sentir cómo la lengua de este le rozaba detrás de su oreja.

—Yo no quiero cogerte, yo no quiero que solo sea algo de una noche, yo quiero hacer el amor contigo y, mientras lo hago, voy a probar cada centímetro de tu piel, voy a recorrer cada parte de ti con mi lengua y manos. Honestamente, quiero grabarme tu cuerpo, quiero desnudarte en cuerpo y alma, quiero tomarte y ver cómo disfrutas… ¿Estás dispuesta a aceptarlo así? —susurró sobre su oído y cuello.

—Sssí… —Apenas pudo responder ante la idea que le pintaba.

—¿Segura de que mañana no te arrepentirás?

Marina movió la cabeza en negación.

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