Efraín sonrió y tomó su labio inferior para morderlo de una manera placenteramente dolorosa, todo ello mientras una de sus manos comenzaba a levantar la falda de aquel vestido.
Marina, al sentir cómo aquella suave pero fuerte mano apretaba una de sus piernas, hizo que se aferrara con fuerza al cuello de aquel hombre para profundizar su beso.
Aquello mostró a Efraín lo inexperta que era besando a alguien; por dentro, agradeció aquello. Luego de acariciar sus piernas, subió un poco más, llegando a la liga de sus pantis, las cuales no eran nada espectacular o sexy.
Con suavidad, comenzó a deslizarlas hacia abajo; aquello hizo que Marina diera un pequeño brinco. Esto era verdad, esto era real. Esta noche permitiría que alguien que no fuese Esteban la tomara e hiciera con ella lo que deseara.
Ya sin querer o pretender pensar más en esa idea, simplemente comenzó a desabotonar torpemente la camisa de aquel hombre; al despojarlo de esta, se percató de uno que otro tatuaje muy bien guardado en su cuerpo.
Efraín no poseía el cuerpo de dios griego, pero bien podía sentir cómo cada músculo estaba en el lugar correcto. No lo podía ver por completo, pero, acariciando sus pectorales y estómago, se percató de lo atractivo de su cuerpo.
Efraín, por otro lado, con una absoluta destreza, se deshizo de sus pantis y bajó el zipper de su vestido. Él ahora podía simplemente arrancarle esa pieza de un solo jalón, pero no lo hizo.
En esta ocasión, no buscaba solo clavarse en ella como lo había hecho en otras ocasiones. Esta vez quería tomarse el tiempo para explorar cada centímetro de su piel, quería grabarse cómo se sentía tenerla entre sus brazos, quería ver cómo ella disfrutaba de ese momento junto a él.
Poco a poco comenzó a deslizar el vestido hacia abajo, dándose cuenta de que ella no llevaba un sostén que cubriera sus bellos y bien provistos pechos. Al quedar al descubierto, se percató de que ya estaban erguidos y duros; aquello solo le provocó probarlos a conciencia.
Marina arqueó su espalda al sentir cómo los labios de Efraín y su lengua comenzaron a juguetear con ellos. Luego de un buen rato, comenzó a descender por su estómago, por su vientre, lo cual la puso un poco nerviosa, pues había algunas marcas que no la hacían sentirse muy cómoda de que las viera.
Intentó hacer que subiera y no las viera, pero pareciera que Efraín ya tenía su propio plan, pues descendió un poco más debajo de su vientre, ahí, donde el sol no da con facilidad; él comenzó a besar con suavidad aquella zona que la llevaría a la gloria.
Marina no pudo evitar maldecirse por dentro; ella había dejado de depilarse ahí debajo, estaba al natural y eso tampoco la hacía sentir mejor.
Se maldijo y remaldijo internamente; ella estaba segura de que él creería que era una mujer descuidada, puesto que por un segundo recordó que a Esteban le molestaba que estuviera así y debía cuidar ese detalle, y ni qué decir de las estrías que habían quedado por el embarazo.
Pronto salió de aquel torbellino de recuerdos al sentir cómo este hombre abría sus piernas y clavaba su lengua en aquella delicada zona. Aquello provocó que levantara su cadera ante aquella sensación hasta ahora desconocida.
—Ah… —Se le escapó a Marina en un susurro.
Efraín clavó sus ojos en el rostro y cuerpo de aquella mujer que parecía estar disfrutando de lo que hacía con su boca y lengua.
Rápidamente, se deshizo de lo que llevaba aún puesto; la tomó de la cintura y la subió más al centro de la cama. Ella nota que ya no lleva nada más puesto; lo puede sentir, pues sus piernas rozan con las suyas mientras se encuentra en medio de ella.
Marina, con nervios, desliza su mano por su cuello, pecho, estómago y luego pasa por su vientre hasta llegar a una zona que ya había tocado, pero con ropa; traga en seco al sentir su miembro caliente, duro y orgullosamente erguido.
—Mari… ¿Qué sucede?
—Nada… Nada… —dice con nervios.
Efraín se agacha y se apodera de sus labios; esta vez el beso es dulce, suave y se siente como una caricia que llega hasta el fondo de su corazón.
Aquello la distrae de lo que sea que estuviera pasando por su cabeza, al menos hasta que siente como aquel duro y erguido miembro se va abriendo paso por su centro.
—Ah… ¡Dios! —deja salir aquella palabra al sentir como sus paredes envuelven y se va acostumbrando a ello.
Como lo pensó anteriormente, eso podía ser hormonal, podía ser la abstinencia o podía ser que estuviera caliente, pero claramente sintió como su vientre se contraía con apenas unos cuantos movimientos; aquello provocó que sus piernas se aferraran a las caderas de aquel hombre.
—¡Eres la mujer más bella que he conocido! —confesó Efraín mientras podía sentir cómo su pecho subía y bajaba a una velocidad constante pero reveladora.
Marina solo podía sentir cómo su cuerpo pedía más y más de aquello; inconscientemente, sus caderas se movían buscando la liberación de algo, algo que se imagina que podía ser.


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