Esteban sentía que su cabeza estaba por estallar; por su cabeza pasaban imágenes que no se atrevía ni a mencionar.
—¿Tiene algún indicio de dónde podría comenzar a buscarla?
—Solo sé que ella se fue junto a su hermana a Cancún.
—Hmm… Con eso me bastará. ¿Qué quiere que haga tan pronto tenga el dato?
—¡Tráela de regreso! —expresó Esteban, inmerso en un sentimiento que no se podía explicar.
—Bien, tan pronto como tenga noticias de ella, se lo informaré.
—¡Pues hazlo ya! ¡Eso lo necesitaba para ayer! —replicó Esteban terminando la llamada.
Esteban no entendía por qué se encontraba en ese estado; Marina jamás le había provocado algo así. Ella siempre había sido la esposa abnegada, tranquila y callada; nunca tuvo que repetir dos veces algo que él quisiera. ¿Sería que ahora que ella era libre vendría a darle problemas?
Eran las 6:00 am y Esteban sentía que ya no podía más con la incertidumbre del paradero de su mujer, porque sí, en su cabeza, mientras la siguiera manteniendo, ella seguiría siendo su mujer y de nadie más.
Horas después, Marina, por otro lado, ajena a toda aquella situación y terribles pensamientos, despertó con el ruido de la regadera en su baño.
Al hacerlo, se percató de la desnudez de su cuerpo y no solo eso, se sentía derrotada, cansada y somnolienta; por un breve instante, olvidó todo lo que había ocurrido hacía apenas unas cuantas horas.
Reaccionando, se incorporó en la cama y sintió una enorme vergüenza. El hombre que estaba dentro de aquel baño ya le conocía hasta la sombra.
Estaba claro que Efraín había cumplido con su palabra… Múltiples imágenes de lo sucedido llegaron de golpe, lo que provocó una extraña reacción en ella; rápidamente, se descubrió sonriendo como tonta y sintiendo un extraño escalofrío recorriéndola.
—¡Despertaste! —se escuchó la voz gruesa de Efraín.
Ella rápidamente levantó la vista y pudo admirar con luz de día aquel cuerpo que había sido suyo sin medida.
—¡Ho…! ¡Hola!
Efraín notó nervios en el tono de voz de Marina, además de que sus ojos mostraban cierta pena. Sin pensarlo dos veces, en lugar de preguntar cómo estaba o qué pensaba, caminó hacia ella como si nada y tomó asiento para tenerla más cerca.
Marina definitivamente cambió de opinión; los efectos del alcohol no le habían permitido observar a detalle a aquel hombre. Se corregía; definitivamente tenía un maldito cuerpo de dios griego y esos tatuajes solo mostraban dónde estaba la gloria.
—¿En qué piensas? —preguntó Efraín acariciándole el rostro con suavidad.
—¿Cómo?
—Te noto pensativa… —dijo él acercándose y rozando su nariz en la de ella.
Con una mano sostuvo su mentón y atrajo su rostro hacia él para besarla con suavidad.
Marina se quedó cohibida; jamás se imaginó que esto ocurriría. Era claro que no se arrepentía, pero, siendo honesta, admiraba la naturalidad y tranquilidad con la que aquel hombre actuaba.
—¿Tienes hambre?
—Es… Este… Sí, un poco…
—Bien… ¿Qué te parece si te ayudo a asearte y luego bajamos a desayunar? —susurró muy cerquita de sus labios.
Marina quería decir que no, quería decir que estaba que se moría de vergüenza; sus mejillas la delataban, pero no se animaba a expresarlo y, antes de que pidiera pronunciar palabra, su cabeza se movió más rápido y afirmó con esta.
Acto seguido, Efraín retiró la sábana que cubría el cuerpo desnudo de aquella mujer, se levantó y la cargó para llevarla al baño.
—Efraín… —Apenas pronuncio, Marina con voz temblorosa.
—¿Qué sucede?
—¿Por qué haces esto?
—Hmm… ¿Debo tener alguna razón para querer hacer esto? —preguntó el hombre abriendo el baño y mostrando la tina llena. Marina la observó y sí, sí se le antojó un baño caliente y relajante, pues sentía que todo su cuerpo le dolía de un modo que no sabía cómo explicar.
Aquel lugar estaba caliente y olía a rosas; no sabía si lo había hecho a propósito o era parte de lo que había en el lugar, pero sí que le apetecía entrar ahí y relajarse en ese lugar.
Efraín, por su parte, la introdujo lentamente en la tina y, después de ello, se retiró la toalla que llevaba en la cintura para entrar y sentarse detrás de ella. Con un brazo, atrajo el cuerpo desnudo de Marina hacia el suyo.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Mujer Que Nunca Fui (de Alut)