Tras lo que fue un largo baño, Efraín ayudó a Marina a alistarse para salir a desayunar. Ella no decía mucho, pero le sorprendía la facilidad y naturalidad con la que sus dedos se entrelazaban.
Ni ella ni él habían mencionado alguna palabra de lo que pasaba; él solo la tomaba, la besaba cada que tenía oportunidad, mientras que ella solo se dejaba llevar por el cúmulo de emociones que jamás había sentido. No lo decía, no lo admitía, pero era algo que sin duda había esperado toda su vida.
¿Cómo podría rechazar aquellas muestras de cariño? Si en su vida Esteban la había tratado de esa manera. Efraín era fuego, era pasión; sus ojos solo mostraban deseo en el momento de tener intimidad y, fuera de todo ello, Efraín le hacía sentir segura, cuidada y protegida. ¿Cómo podría negarse a sentirse así?
—¡Listo! Mi bella borreguita, has quedado lista para ir a desayunar, solo que antes me vas a tener que acompañar…
—¿A…? ¿A dónde?
—Esta no es mi habitación y, como verás, llevo puesta la misma ropa de anoche; acompáñame a cambiarme, prometo no demorar.
Marina lo observaba como un ciervo hacia la luz; prácticamente se sentía hipnotizada por la confianza y seguridad que Efraín mostraba, por lo que solo movió la cabeza en afirmación.
Al llegar a la habitación de Efraín, se percató de que tenía el lugar hecho un caos con cables de menos de 3 computadoras y varios papeles desperdigados por doquier; se notaba que había estado trabajando durante estos días, aun saliendo con ella.
—¿Has estado trabajando?
—Hmm… Solo reviso cómo abrieron los mercados en los diferentes puntos del mundo. —dijo Efraín mientras se desnudaba y caminaba por el lugar así, sin pudor y mucho menos ropa. —Espérame unos minutos, me pondré algo de ropa y nos vamos.
Marina solo admiró aquel cuerpo pálido, pero musculoso y tatuado. Ella, cuando lo volvió a ver, jamás se hubiera imaginado tal cambio y menos lo tomó como un hombre que se hiciera un tatuaje. Bueno, no, uno no, varios tatuajes, de los cuales uno en particular le atraía más, pues estaba muy cerca de lo que la llevaba a tocar la gloria.
Tras unos minutos, Efraín se alistó; lucía más relajado de lo que había visto en los días anteriores.
—¡Vámonos! ¡Muero de hambre! —dijo el hombre con mucha naturalidad.
Marina caminó hacia la puerta, pero antes siquiera de tomar el pomo, Efraín la tomó de la cintura, la volteó para verla de frente y la cargó, haciendo que las piernas de Marina rodearan su cadera.
—¿Te he dicho que eres totalmente adictiva? —murmuró Efraín muy cerca de los labios de aquella sorprendida mujer que se aferraba con fuerza a su cuello.
—Es… ¡No! —nerviosa, contestó.
—Pues te lo acabo de decir y confirmar, eres una mujer muy adictiva. Será mejor que salgamos de aquí o te arrancaré este bonito vestido y no saldremos de aquí hasta que ninguno de los dos pueda caminar bien.
Marina solo pudo sentir cómo sus mejillas se calentaron y, obviamente, no era lo único que se había calentado, pues la imagen que le había dibujado en la mente no parecía ser algo que le molestara en lo absoluto.
—Sssí, vámonos…
Marina se sorprendía de cómo se estaban dando las cosas; todo era tan fácil, no había dramas, no había complicaciones, no había reclamos, solo eran ella y él, caminando tomados de la mano por los pasillos de aquel hotel.
Aquella joven mujer no lo quería admitir, pero estos días a lado de Efraín la estaban haciendo sentir como una mujer completamente diferente. Estaban desayunando cuando vio que el móvil de Efraín sonó y este cancelo la llamada, aquello, llamo la atención de aquella mujer.
—¿Por qué no contestas? Puede ser algo urgente… —dijo Marina sintiéndose rara.
—Hmm… Estoy de vacaciones… Hay tiempo para todo.
—Está bien…
Minutos después, el móvil volvió a sonar, Efraín lo miro, entrecerró sus ojos un poco y luego de ello, lo tomo y se levantó de su lugar.
Marina, al verlo, entendió que sí, efectivamente debía tratarse de algo importante. Trató de concentrarse en lo que iba a pedir, pero un nuevo temor se apoderó de ella.
¿Cómo era posible que se sintiera así? Acababa de firmar su divorcio hacía apenas unos días y ahora estaba ahí, con alguien completamente diferente; había hecho cosas que jamás se hubiera imaginado. Ni siquiera tuvo tiempo de pensar en que en algún momento alguien más estaría en su vida.
Otro pensamiento que invadió su mente fue el hecho de que, ¿qué sucedería luego de que regresara a México? Aquel pensamiento le provocó una punzada en el pecho; Efraín vivía en Nueva York, tenía una vida allá; era claro que esto solo era una aventura de fin de semana.


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