Marina sentía una fuerte opresión en el pecho al ver cómo el hombre que le había regalado unos maravillosos días abordaba el ferry que lo llevaría a Chiquilá para luego ir al aeropuerto y regresar a su vida normal.
—¿Qué tienes? ¿En qué piensas? —preguntó Efraín al verla mirando hacia ningún punto.
—¿Te puedo ser honesta? —dijo Marina sintiendo un gran nudo en la garganta.
—Dime…
—Siento como si viviera esta escena nuevamente, siento que cuando subas a ese ferry, todo esto se va a terminar, y sí, esto se va a terminar porque esto solo fue una ilusión, la vida real está allá. —dijo Marina, señalando con la vista el mar. – Al otro lado de este inmenso mar, tu vida diaria, tus compromisos, mis hijas, mis compromisos, los pedazos de vida están allá.
Marina no quería llorar, quería mostrarse fuerte, quería que fuese como cada verano que Ángel visitaba a Sofí. Quería que fuera como cuando este le compraba un montón de golosinas para que según no le extrañara mientras volvía, pero eso solo era una mentira, pues para que regresara, debían pasar al menos 10 meses más.
Efraín maldecía por dentro a Dante Montemayor, pues con lo que había declarado por la mañana, le estaba prácticamente obligando a asumir el puesto mucho antes de lo que planeaba.
—¡Ey! Siempre puedo irte a visitar… ¿No lo crees?
Marina abrió los ojos como platos.
—¡No! ¿Cómo podría explicar tu presencia? Ambos sabemos bien que esto se terminaría el domingo, solo que se terminó un poco antes.
—Te propuse que regresaras conmigo y te quedaras conmigo en el hotel donde estaré. —dijo Efraín, pensando en que en ningún momento le había dicho que él ya no regresaría a Nueva York.
—Ambos sabemos que no lo podemos hacer, tan solo imagina, ¿cómo le vas a hacer para justificar mi presencia en el avión privado de los Montemayor?
—¿Acaso me ves siendo un hombre que dé explicaciones de lo que hace? —¡Aún podemos irnos juntos! —dijo Efraín tomándola de la cintura y atrayéndola hacia él.
—Bésame… Por favor, solo bésame, déjame pensar que esto fue un sueño… —dijo mientras las lágrimas corrían por sus mejillas y la garganta le ardía ante lo que no se atrevía a decir.
—¡Cariño! No tienes por qué darlas… Sabes que para mí fue todo un placer que volvería a repetir una y otra vez.
Aquellas palabras por un momento la sacaron de su dolorosa separación y la hicieron sonrojarse.
—¡Oye, corazón! Aún te quedan dos días más, ve a ver la bioluminiscencia y tómate un trago por mí. En tu móvil ya guardé mi número personal, cuando quieras y necesites platicar, sabes bien que ahí voy a estar.
Marina sonrió mientras por dentro quería gritar que no se fuera, que se quedara, que podían continuar lo que ahí comenzó. Volvió a sonreír cuando sintió cómo la soltó y le dio el último beso, para alejarse y ser el último en abordar, sabía que haciendo eso, aquello se había terminado tan rápido como comenzó.
Aquella joven mujer sabía cuáles eran sus deseos, pero eran solo sueños, pues, siendo honesta, ¿cómo podría comenzar de nuevo una relación? Ahora mismo su vida personal y familiar era un caos, ¿Cómo podría pensar en una nueva relación?
Por lo que solo se quedó ahí, fingiendo una sonrisa que no le llegaba a los ojos y diciendo adiós, al menos hasta que el ferry se marchó.
—¡Gracias, Efraín Forcelledo! ¡Gracias por ser el aliento que necesitaba!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Mujer Que Nunca Fui (de Alut)