Tras ver cómo el ferry se alejaba del muelle, Marina no se sintió con ánimos de regresar al hotel, al menos no tan rápido como lo haría en un carrito de golf, por lo que prefirió caminar hacia la costa.
Mientras caminaba, trataba de calmar su corazón, pero, por más que lo hacía, no podía negarlo; todo el trayecto no paraba de sentir un inmenso dolor en el pecho, hasta que en ese momento recordó algo de su pasado.
No entendía cómo era que, con los años, había logrado olvidar esa terrible sensación que se le quedaba luego de que llegaba el fin de las vacaciones de verano. ¿Cómo era posible que se le hubieran olvidado aquellos momentos que atesoraba con tanto cariño?
Toda su infancia y adolescencia, durante el ciclo escolar, se la pasaba tratando de llamar la atención de sus padres, de una u otra manera. Marina no pudo evitar recordar cómo hacía todo lo posible para que sus padres le dedicaran un poco de atención, pero nada; al parecer nada los distraía de sus principales preocupaciones, que eran Paulina y Lina.
Cuando el ciclo escolar terminaba, ella podía entregar una boleta de calificaciones perfecta, podía no haber dado problemas en todo el año, podía ser la hija callada y reservada, pero, lastimosamente, para ella no había elogios, no había felicitaciones; aquello, simplemente, era parte de su responsabilidad.
Al ver que nunca sucedía, le dolía, pero todo ello se esfumaba, tan pronto Ángel llegaba. Él siempre iba a buscarla; juntos solían jugar por las tardes, juntos solían ir en búsqueda de aventuras por el campo y los terrenos de cultivo.
Ángel solía contarle todo sobre su vida en Nueva York, sobre sus aventuras en Central Park, sobre cómo su madre era una leona en el mundo de los adultos y un tierno corderito con él.
Mientras caminaba, los recuerdos fluctuaban entre el pasado y el presente, siendo más específica en estos 3 maravillosos días que había vivido con la nueva versión de aquel chico.
Estaba claro que, Marina no se arrepentía de lo que sucedió; solo era que sentía que estos casi 3 días le pesaban, tanto o incluso más que el día que había firmado el divorcio; pensar en aquello, definitivamente, la asustó.
—Marina, ¡eres una loca! ¿Cómo puede ser? ¡No! Esto definitivamente no es posible. —Se regañó a sí misma.
Al llegar a las letras de Holbox, se quitó las sandalias y comenzó a caminar por toda la orilla del mar mientras iba de regreso a su hotel. Durante el trayecto, admiraba el montón de miniconchas que había a la orilla del mar.
Ahora que lo veía bien, jamás en su vida había visto tal cantidad de conchas varadas a la orilla del mar, por lo que sacó su móvil y tomó varias fotografías; la escena era digna de admirar, aunque no de pisar.
Por un momento, lamento que sus hijas no estuvieran ahí para poder admirar aquella bella postal.
De pronto, recordó la concha “suprema” que le regaló Efraín; si lo veía bien, ni siquiera una foto se habían tomado juntos. Lo único que había quedado de ese mágico reencuentro, había sido ese pequeño molusco.
Sin muchos ánimos, finalmente, al llegar a la playa frente al hotel donde estaba hospedada, tomó asiento en un camastro y ahí decidió que se sentaría a esperar el atardecer.

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