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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 53

Esteban se sorprendió ante aquellas pocas, pero pesadas palabras.

—¿QUÉ CARAJOS ESTÁS DICIENDO? ¿QUIÉN CARAJOS TE DIJO AQUELLO?

Esteban, al sentir cómo la vergüenza de hace años lo invadía, no soportó más y la tomó del brazo, jalándola para llevarla a un lugar alejado de tantas miradas curiosas. Mientras que uno de sus escoltas ofrecía un poco de dinero para que los observadores se hicieran los ciegos.

—¡SUEL…! ¡SUÉLTAME! ¡SUÉLTAME! ¿QUIÉN DEMONIOS TE CREES? ¿POR QUÉ ME HACES ESTO? ¿Por qué… ¿Por qué me tratas así? ¿Yo qué te hice? ¡Tú fuiste el que me hizo el peor de los daños! —admitió Marina finalmente, soltándose en llanto.

Esteban, al ver la mirada llena de miedo, la soltó; se sorprendió nuevamente de su actitud. Él nunca en los nueve años de matrimonio la había tratado como en estas dos últimas ocasiones, no sabía qué ocurría, pero era algo que no podía controlar.

—¿QUÉ CARAJOS QUIERES DE MÍ ¡TE DI LO QUE TANTO QUERÍAS ¿NO? ¡TE DEJÉ IR, ESTEBAN! ¡ERES LIBRE! ¿POR QUÉ AHORA VIENES Y FINGES PREOCUPACIÓN? ¡Ya basta! ¡Ya déjame en paz! ¡Ya no quiero ni verte! No sabes cuánto daño me hace verte y darme cuenta de lo idiota que he sido por 20 años… —expresó Marina con todo el dolor que llevaba conteniendo desde el día que le pidió el divorcio.

Esteban la miró aturdido; él desconocía la razón por la que Marina le gritaba todas esas cosas. No tenía ni idea de que Marina ya sabía toda la verdad, pero lo que vino después fue mucho peor.

—¡Por 20 malditos años estuve enamorada de ti…! —admitió Marina con dolor. –Viví toda mi infancia deseando poder crecer tan rápido para que tú pudieras fijarte en mí. Nunca lo hiciste, era claro, yo nunca iba a estar a la altura de Lorena; tú básicamente respirabas y existías por ella, mientras yo lo hacía por ti…

Ahora que lo digo, pensándolo bien, definitivamente te fue muy fácil, ¿verdad? ¡Dios! ¡Cómo me odio ahora! ¿Cómo pude ser tan ciega? ¿Cómo no pude ver con claridad lo que ahora se ve tan claro?

Dime la verdad, Esteban, esa noche de verano que tocaste la puerta de la casa de mis padres, esa maldita noche, tú no tenías más opción, ¿verdad? ¿Era yo o era convertirte en la burla de la sociedad? ¿Te fue muy fácil embaucar a la pueblerina como yo? ¿Verdad? —Marina soltó la verdad así, tal cual ella se había ido dando cuenta.

Esteban, al escuchar aquellas palabras, se sorprendió; eso se suponía que casi nadie lo sabía. ¿Cómo era que ella se había enterado de toda la verdad?

—¿Quién carajos te dijo eso? —preguntó Esteban sintiéndose expuesto.

—¿Como quién? ¡Por Dios, Esteban! Te he considerado toda mi vida un hombre inteligente, no me vengas con la estupidez de que no lo eres… ¿Quién demonios sería capaz de soltarme la verdad? ¿Quién sería la única beneficiada de que yo supiera la verdad? ¿Quién crees que se regocijaría de decírmelo?

—¿Lorena? —pensó el hombre, temiendo que fuese verdad.

—¡Ya tienes tu respuesta! Ahora, si me disculpas, no pienso ir contigo a ningún lugar; ya me cansé de verte la cara.

No me cuides, no me des nada; todo el puto dinero que me vas a dar, de una vez te lo digo, será para y por tus hijas. No me debes ni un maldito centavo; creo que ya me hiciste muchos favores por nueve malditos años. —dijo ella emprendiendo camino de regreso al hotel.

—¿A dónde se supone que vas? —preguntó Esteban aún en shock.

—¡Me voy, Esteban! ¡Me voy! A dónde vaya, no es tu maldito asunto, ¡entiéndelo! Ya no soy parte de tu puta familia y mucho menos de tu puta propiedad para andarte dando santo y seña de lo que haga o de a dónde vaya. Ahora, eres completamente libre de hacer lo que deseas; ahora sí te puedes casar con la mujer que te dejó.

Tras aquellas duras palabras, Marina comenzó a caminar de regreso al hotel; no supo cómo, ni por qué, pero su cabeza la sentía reventar. Al menos esperaba que, llegando a su habitación, pudiera tomar el medicamento para el dolor; sin embargo, eso no sucedió, pues antes de que pudiera dar más allá de dos pasos, terminó cayendo.

—¡Marina! ¡Maldita sea!

Esteban corrió, la levantó y pidió a uno de sus escoltas que consiguiera un médico. El personal del hotel, al ver que llevaban a la mujer inconsciente, por un momento pensó en llamar a la policía; minutos antes habían sido testigos del comienzo de la discusión y ahora la mujer yacía en los brazos de aquel hombre.

—¡Un médico! ¡Un médico! ¡Maldita sea!

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