Marina despertó luego de que el médico le pusiera un poco de alcohol. Al principio, creyó estar en un mal sueño, pero no, definitivamente no estaba en ningún mal sueño; al incorporarse, todo seguía tal como antes de desmayarse.
Incluso ahora podría decir que todo estaba peor. Esteban estaba ahí y no le quitaba los ojos de encima; rápidamente, notó que su pecho estaba expuesto, así que se cubrió. Ahí fue donde notó que un médico la revisaba.
—Señora Montemayor, me alegra que haya despertado; le ha dado a su esposo tremendo susto. Seguramente fue por el calor y el cansancio; en ocasiones el estar en la costa puede ser benéfico, pero en otras, podría perjudicarle, más en su situación.
—¿Qui… ¿Quién es usted? —preguntó un tanto asustada.
—¡Oh! Lo lamento, soy el médico del hotel, su esposo me pidió venir enseguida; como dije, le ha pegado un gran susto. Ahora que ha despertado, permítame revisarla más a detalle.
Marina no dijo nada al momento, pero sabía que tan pronto aquel medico saliera de ahí, él no sería el único.
—Muy bien. Todo parece ser que se está normalizando, yo creo que fue un poco el calor. Ya le he comentado a su esposo que, debido al accidente, bien podría presentar cansancio extremo y que debe guardar reposo, al menos por hoy, yo recomendaría se quede aquí, en su habitación.
—Es… Está bien, doctor… Solo una cosa, creo que aquí hay un terrible malentendido. —expuso Marina, pero fue interrumpida.
—Doctor, si ya todo se encuentra bien, ¿podría dejarnos solos? —se escuchó la voz gruesa de Esteban.
—¡Oh! Sí, supongo que, si se presenta algo más, ustedes me avisarán. Señora Montemayor, guarde reposo; ya mañana podrá hacer todo con normalidad, bueno, sin excederse, claro está.
—¡Gracias, doctor! —respondió y luego le lanzó una mirada asesina a su exmarido.
Tras ver cómo el médico recogía todos sus instrumentos y se marchaba de la habitación. Marina abotonó su vestido y se levantó de la cama.
—¿A dónde se supone que vas? —preguntó Esteban, contrariado.
—Voy a abrirte la puerta; creo que tú también deberías irte. Tú más que nadie, no deberías estar aquí; sé cuidarme sola y, tal como escuchaste, debo guardar reposo. Si tú sigues aquí, no lo podré hacer, así que, te invito a que salgas de mi habitación.
—No lo haré, me quedaré aquí a cuidar que todo esté bien y que no necesites nada.


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