Ofelia se percató de que, desde que la señora Montemayor llegó y el señor se retiró, esta, se había ido a recostar y no había vuelto a salir de su habitación. Un tanto preocupada, fue a la alcoba a revisar, no quería llevarse un susto, así que prefirió ir a verla.
—Señora, ¿puedo pasar? —preguntó la mujer preocupada.
—Adelante… —respondió Marina mientras el jardín por la ventana.
—¿Cómo está? Me preocupé un poco; no la he visto salir de la alcoba desde hace buen rato.
—¡Perdona, Ofe! Lo que sucede es que estaba agotada y, además, traía un fuerte dolor de cabeza.
—¡Cuénteme! ¡Cuénteme! ¿Cómo le fue? ¿Por qué regresó antes de lo previsto?
Marina tomó aire, caminó hacia su cama, se sentó y le hizo señas a Ofelia para que hiciera lo mismo.
—¡Ay, Ofe! ¿Dónde está mi niña?
—Terminó su tarea, se dio un baño y ahora está recostada. La niña Renata dice que ya la trae el chofer a la casa.
—¡Qué bueno!
—¿Qué tiene, señora?
—¿Sabes una cosa?
—Dígame…
—Yo pensaba que, al divorciándome de Esteban, ya no lo vería más. Menos con lo último que sucedió en este lugar. —dijo Marina repasando la habitación con la mirada.
—¿Qué sucedió, señora? ¿Le hizo daño? —se preocupó Ofelia al ver el semblante de su jefa.
¡No! ¡No me hizo daño! Bueno, hubo un momento en que sí y la verdad es que me dio miedo su reacción. Aunque, siendo honesta, no sé ni de dónde saqué valor para decirle todo lo que nunca le había dicho.
—Señora…
—¡Tranquila, Ofe! Créeme, ya con todo lo que viví en los últimos meses, siento que soy inmune al dolor, ¿Tú crees que él me siga afectando?
—No lo digo, lo veo, ¿Por qué se regresó? ¿Verdad?
—¡No! No fue por eso, más bien fue que, él no me dejó más opción…
—¿Y la señorita Lina? ¿Qué, acaso ella no pudo hacer nada? —preguntó Ofelia temiendo lo peor.
—¿Mi hermana? La muy desdichada, cuando estábamos por abordar el avión, se tuvo que bajar y me mandó sola.
—¡Dios! —dijo Ofelia, llevándose las manos al rostro ante la impresión que le causó esa declaración. —¿Qué iba a suceder si le pasaba algo?
—¡Tranquila, Ofe! Ya estoy en casa, no me sucedió nada, solo estoy un poco agotada. Esteban me hizo enojar mucho y la verdad es que, en los 3 días que pasé ahí antes de que él llegara, fueron maravillosos… —dijo Marina con un brillo especial en los ojos.
—¿De verdad? A ver, cuénteme, ¿qué hizo? ¿Cómo le fue? ¿Tomó fotografías? Cuénteme todo, quiero saber detalles. —dijo la mujer entusiasmada.
—¡Tranquila, Ofe! ¡Tranquila! Ya estás peor que mi Diana… Esa niña no me dejó tranquila hasta que vio cómo me quedé dormida.
—Su niña la extraño muchísimo…
—Diana es una muy buena niña… Aunque, la que sí me preocupa es mi Renata, ¿cómo es que se va solita con una compañera a hacer una tarea?
—¡Ay, señora! ¡Todo fue mi culpa! Yo pensé que ella le había avisado algo a usted o, en el peor de los casos, al señor.
—Pues no creo que lo haya hecho. Mi hija me preocupa… —dijo Marina con cansancio.
—Señora, ¿está usted bien? La noto pensativa y más calmada de lo normal.
Marina volteó a ver a su ama de llaves y posó su mano en el dorso de la mano de Ofelia.
—¡Sí, Ofe! ¡Sí estoy bien! Por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy bien.
—¡Cuénteme! ¿Cómo es esa playa adonde fue?
—Es un lugar maravilloso, la arena es blanca y cuando el sol está en su punto, deslumbra tanto blanco. El mar es de un precioso color azul verdoso, dependiendo de la hora del día; además, hay muchísimas conchas, mis hijas se emocionarían al ver la increíble cantidad de conchas.
—Me da mucho gusto verla tan ilusionada… Le veo un brillo especial en los ojos… Debió quedarse ahí los días que faltaban, no debió regresar a casa con el señor.
Marina tomó aire y suspiró.
—¡Ay, Ofe! Ya conoces al señor, si me quedaba ahí, ¿qué crees que hubiera sucedido? Sí, el muy desdichado, se quedó a dormir en mi habitación.
—¡Dios! —dijo la mujer sorprendida. —¡Señora! ¿Es por eso por lo que se ve así?
—¡NO! ¡No te hagas ideas locas! Yo ya he tenido mucho tiempo para pensar en mi futuro y, créeme, Esteban Montemayor ya no está en él.
—Ayer que apareció de pronto, me dejó claro que, mientras él esté pagando las cuentas de esta casa y me siga manteniendo, él seguirá dictando qué hacer y qué no.
—Señora…
—Me la he pasado pensando en qué voy a hacer para cambiar aquello; sin embargo, por más vueltas que le doy, nada parece viable.
—¿Por qué, señora? —preguntó Ofelia, curiosa.
—Ofe, apenas tengo la preparatoria terminada, llevo más de 9 años siendo solo ama de casa. No tengo experiencia en nada y, con lo poco que he visto que pagan, no podría pagar las cuentas de esta enorme casa.
—¿Por qué no vende la propiedad? —preguntó Ofelia tras escuchar que no le gustaba esa casa.
—¿Cómo?
—Sí, sé que tiene muy buenos recuerdos. No todo es malo, aquí sus chiquitas crecieron, dieron sus primeros pasos, pero, si quiere llevar una vida más tranquila, tal vez lo mejor sea que venda la propiedad y compre algo más pequeño, ¿no lo cree?
—La verdad es que no había siquiera contemplado esa posibilidad, pero, podría ser una buena opción.
—Piénselo, ¿oiga? ¿Sabe qué? ¿Por qué no vendemos postres?
—¿Cómo? ¿Postres?
—¡Claro! Usted es muy buena haciendo postres, las amas de casa de por aquí, han elogiado en varias ocasiones su comida o sus postres. ¿Por qué no hacemos esos y los vendemos en los grupos de la colonia?
—¿De verdad se puede hacer eso? —preguntó Marina un tanto nerviosa.
—¡Claro, señora! Yo tengo contacto con las muchachas de las otras casas. Si quiere, podemos intentar, no hay peor lucha que la que no se hace, ¿cómo lo ve?
—¿Postres? ¡Vaya! Nunca me lo hubiera imaginado… —Marina pensó en voz alta.
—¡Ándele! Usted y la señora Florencia cocinan muy bien. Usted le ha aprendido mucho, ¿por qué no vendería postres?
Mire, en casa tenemos todo para comenzar, vemos las ganancias y compramos lo que nos haga falta. ¿Cómo ve? —dijo Ofelia muy optimista.
—Nunca había pensado en vender postres.
—Pues, si dice que se quiere independizar del señor Esteban, por algo se empieza, ¿no lo cree?

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