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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 63

Florencia sabía que se avecinaba una discusión monumental, estaba más que claro que Dante terminaría saliéndose con la suya. Sabía que, de cualquier modo, dijese lo que dijese, ella sería quien saldría siendo la culpable; muchas veces había sido así por trivialidades; esta no sería la excepción; esta vez tal vez tendría la culpa por tener ojos y boca.

—¿Qué demonios haces fuera de casa? ¿Acaso me pediste permiso para salir? ¿Acaso ya te mandas sola? ¡Te voy a quitar las putas tarjetas de crédito! ¿Te sientes muy valiente con ellas? ¿No?

Espero que esta sea la última puta vez que sales sin mi permiso. ¿A dónde carajos ibas? ¡Dime! ¿Te mandas sola? ¡Llevas años viviendo conmigo! ¿Ahora vendrás a revelarte? —escupía una y otra vez Dante Montemayor ante la vergonzosa situación.

El hombre por dentro, aunque no lo mostrara, estaba avergonzado, tal como a Florencia le sucedía, a él también, una cosa era tener amoríos en secreto y otra, era que su mujer lo supiera y lo viera en persona.

—¿Te estoy haciendo varias preguntas? ¡Responde, mujer! —decía Dante frustrado y golpeando el volante de su camioneta.

Ante el silencio de Florencia, él tomó su mentón y la hizo voltear a verle; al hacerlo, se topó con la mirada perdida de su mujer. Aquello se le clavó en lo más profundo de su ser.

—¡Te vas a quedar encerrada en casa hasta que yo decida lo contrario! Le voy a dar la indicación a Emilio de que no te deje salir a menos que yo se lo pida. ¡Ah! Y vete despidiendo de Mercedes; esa mujer debió avisarme que saliste y no lo hizo; seguro que está confabulada contigo.

—¡NO! ¡NO ME QUITES A MERCEDES! ¡NO, POR FAVOR! —suplicó Florencia, sabiendo que ella era la única compañía fiel que tenía en ese enorme lugar.

—¡Ah! ¡Mira! ¡Ya ves cómo sí hablas! ¡Tú eres una puta ama de casa! No tienes por qué salir de la mansión; tienes todo lo que necesitas en casa. ¿Qué demonios andas haciendo fuera de la casa? —dijo el hombre bajando el tono y suavizando su agarre.

Dante sabía muy bien que no cumpliría con su palabra, pues Mercedes llevaba toda la vida trabajando para ellos y le molestaba tener que pensar en traer servidumbre nueva. Esa mujer sabia cuando callar, entrenar a nuevo personal, le irritaba.

—¡Iba a visitar a mis nietas! —dijo Florencia tímidamente.

—¿Acaso yo te di permiso? ¿Acaso me hablaste para pedirme permiso?

Florencia no podía quitarse de la mente la escena de hace un momento; ¿sería que a esa jovencita le hacía lo mismo? ¡Eso simplemente no parecía suceder! ¿Por qué ella debía seguir soportando todo esto? ¿Por qué no podía levantar la voz?

—¡Escúchame bien, Florencia! Tu padre te entregó a mí hace años, me perteneces y yo soy quien decide qué puedes o no hacer. Hace años quisiste casarte conmigo, ¿no?

—¡Tú eres mía! ¡Tú eres de mi propiedad! ¡Tú querías ser la señora Montemayor, así que ahora acéptalo! Mi padre pagó muy bien a tu familia por tu maldita existencia, ¿entendiste? ¿Puede entrarte en la puta cabeza aquello? ¡La única forma de que te liberes de mí es cuando te mueras! ¡Recuérdalo! Tu hijo ya cometió la estupidez de divorciarse, ¿crees que yo haré lo mismo?

—¡Suéltame! ¡Suéltame! ¡Para! ¡Ya basta! ¡Ya deja de atormentarme! —suplicaba Florencia entre lágrimas. —¡Tú ya tienes a alguien más! ¿Por qué quieres seguir a mi lado si ninguno de los dos es feliz?

—Florencia, ¿cuántos años llevamos juntos y aún no terminas de entender que, en la familia Montemayor, el divorcio se castiga con el exilio? ¿Acaso con lo que le pasó a Lucrecia no te quedó claro? Si eso sucedió con ella, que era mi hermana, ¿qué te hace pensar que será diferente contigo? ¡Deja ya de comportarte como una maldita idiota y date a respetar! Lo que viste no significa nada, tú eres la señora de la casa Montemayor y es lo único que debería importarte.

Dante Montemayor no se inmutaba por las lágrimas de Florencia, quien había dejado de poner resistencia a su agarre.

—¡Más te vale que se te vaya borrando de esa cabecita tuya el separarnos! Tú eres ama de casa y nada más; tú sin mí, simplemente no eres nadie, no puedes hacer nada, ¿entendiste? Tú, sin el apellido de los Montemayor, solo eres Florencia Lovato.

Tras aquellas palabras, Dante soltó el cabello de la mujer y acarició suavemente el rostro de su mujer.

—¡Vamos a casa! Será mejor que te compongas; no quiero que nadie vea lo patética que te ves cuando lloras.

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