Marina, Efraín y Florencia estaban por salir de la casa cuando, Florencia reaccionó y dijo:
—¡Marina! Dante seguro vendrá aquí; si no te ve, sabrá que me estás ayudando, no quiero darte problemas. La verdad, es que no sé por qué lo hice, no sé por qué vine aquí. ¡Perdóname, Marina! No debí meterte en este problema, eso solo era entre mi marido y yo.
—¡Tía! ¡Tranquila! Yo la llevaré al médico. —dijo Efraín, mirándole con seriedad. —Marina, creo que mi tía tiene razón, será mejor que te quedes en casa. Si mi tío llega y no te ve, inmediatamente sabrá que Florencia está contigo. Déjame llevarla con mi amigo, te prometo que me comunicaré contigo tan pronto como sea atendida, ¿está bien?
Marina, quería negarse, pero ellos tenían razón; Dante Montemayor era capaz de armar un escándalo ahí mismo si ella no estaba.
—Solo cuídala, por favor… —Suplico, Marina, descendiendo de aquel auto.
—¡Tranquila! Ella va a estar bien… —dijo Efraín de un modo que le dejaba saber que así sería.
Luego de bajar del auto, Marina solo vio cómo el auto de Efraín se alejaba sin saber a dónde llevaría a Florencia. Por un momento le pasó la loca idea de avisarle a Esteban, pero, ¿Cómo haría eso? ¿Qué cambiaría? Esteban estaba al servicio de su padre; no necesitaba ser muy lista para saber de lado de quién se iba a poner.
Preocupada, entró a casa y se topó con Ofelia, quien la miraba intrigada.
—¿Qué sucede, Ofelia?
—¿Qué fue lo que ocurrió, señora? —preguntó aquella mujer sumamente preocupada.
Marina simplemente movió la cabeza en negación; ni ella misma estaba segura.
—¡No, no lo sé! Ofelia, jamás había visto así a Florencia. Jamás me habría imaginado que mi suegro fuese alguien que pudiera ponerle una mano encima. Sí, sé que él es un hombre serio, pero nunca me habría imaginado que llegara hasta ese punto.
—¡Ay, señora! ¿De verdad cree lo que dice? —preguntó Ofelia, aun temblando de la impresión.
—¿Cómo? —preguntó Marina asombrada.
—Sí, Mercedes me había platicado algunas cosas y, créame, no son muy buenas. Yo pensaba que era una exagerada, puesto que nunca habíamos visto una situación así, pero mire nada más la terrible sorpresa que nos dió.
—¿Por qué nunca me habías dicho nada, Ofelia?
—Señora, perdóneme, pero son temas que uno no cuenta tan fácilmente. Menos tratándose de quien se trata.
—Ofelia, pues has hecho muy mal; ve tú a saber cuántas cosas ha pasado mi suegra al lado de aquel maldito hombre. —expresó Marina con evidente rabia.
—Suena muy molesta, señora…
—¿Qué? ¿Cómo? ¿A qué te refieres?
—¡Perdóneme! La verdad es que esos temas tratamos de ver, oír y callar, debí ponerme a pensar en su suegra. Aunque, la situación no lo amerite, suena curioso que siga llamando a doña Florencia, suegra, ¿no lo cree?
Marina sintió que sus mejillas se calentaron; sabía que estaba caminando por un terreno muy sinuoso.
—Señora…
—Dime…
—No quiero sonar a una metiche y sé que el momento es complicado, pero, ¿entre usted y ese joven hay algo?
—¡Ofelia! —respondió sorprendida Marina. —¡Qué cosas dices!
Ofelia vio cómo el semblante y la actitud de Marina cambiaron radicalmente; no necesitaba explicaciones, tampoco era quién para pedirlas, pero, al menos, le daría un consejo que no había pedido.
—Señora, no se engañe, con negarlo no lo va a ocultar. Recuerde una cosa: usted ya no está casada, usted es libre, puede rehacer su vida con quien usted quiera; solo tenga cuidado de sus hijas.



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