Florencia lloraba en silencio mientras abrazaba fuertemente sus piernas con sus brazos. Afortunadamente, el médico descartó alguna herida que necesitase ser atendida en el hospital.
Una gran vergüenza la embargaba, jamás en toda su vida se hubiese imaginado hacer lo que hizo, pero el solo hecho de que Dante la hubiese mancillado de la manera en que lo había hecho, fue lo que hizo tomar el coraje para decidir salir de aquella mansión y abandonarlo.
Ella estaba un poco preocupada por Mercedes, quien le había ayudado a escapar distrayendo a Emilio.
Aquella mujer sentía que ya no podía más, si tuviera la oportunidad de volver el tiempo a la época en la que había conocido a Dante Montemayor, definitivamente no lo haría, se alejaría de él sin mirar atrás.
En este preciso momento, solo pensaba en qué haría a partir de ahora, temía por su vida, temía por su seguridad, si bien en su cabeza llevaba la idea de que su padre ya había muerto hacía muchísimo años atrás y no podría recriminarle nada. Al final, se encontraba sola y sin ninguna ayuda.
—¿Tía? ¿Puedo pasar? —preguntó Efraín al otro lado de la puerta.
Florencia, al escucharlo, rápidamente secó sus lágrimas y contestó:
—¡Claro, hijo! ¡Claro! ¡Pasa!
Efraín entró y la vio, era evidente lo que sucedía. Aquello le hizo sentir una punzada en el pecho.
—¿Cómo estás?
—Bien, cariño, ya no me duele el cuerpo… —dijo Florencia nerviosa.
—¡Tranquila! —dijo Efraín tomándole la mano y besándole el dorso de esta. – Créeme, no me gusta nada lo que veo. Tú muy bien sabes la complicada relación que tuvo mi madre con Ángel Forcelledo.
—Tu padre…
—Mi supuesto padre, el haber aportado algo no quiere decir que eso lo convierta en mi padre.
—Hijo, lamento haberte convidado mis problemas.
—Tía, tú sabes muy bien que mi madre te tiene en muy buena estima, ¿cómo no iba a ayudarte? Si ella supiera lo que sucede, seguro me pediría lo mismo.
—¿Te puedo decir algo?
—Claro, ¿qué sucede?
—No tengo idea de qué voy a hacer ahora…
—No, si tienes idea, pero tienes miedo.
—Estoy sola, hijo… No tengo nada, mírame, lo primero que se me ocurrió fue ir a ver a mi nuera.
Efraín se levantó, tomó asiento a un lado de Florencia y la rodeó con un brazo.
—Tú eres una mujer muy fuerte, puedes con esto y más, ¿por qué no sabes qué hacer?
—¿Eso se lo dices a tu mamá?
—No, se lo digo a una persona que está en la misma situación en la que estuvo ella.
—¿Divorciarme?
—¿Por qué no?
—¡Eso sería una locura!



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