Tras conducir por varios minutos, llego al apartamento que le había prestado a Jimena Sánchez.
—¡Señor Montemayor! —dijo Jimena Sánchez al abrir la puerta de su lujoso apartamento.
Dante pasó sin pedir permiso.
—Sírveme un trago… —ordeno el hombre sin medir el tono de voz.
Jimena no creía que este hombre estuviera ahí, no luego de lo que había sucedido por la tarde. Al escuchar la petición, sin dudarlo, rápidamente fue y le sirvió el trago que pidió.
Los dos años que llevaba tratándole, le habían dado la experiencia para saber qué era lo que más necesitaba en ese momento.
—A… Aquí está Tenga, ¿está bien todo? A… ¿Arregló las cosas con su esposa? —preguntó la joven tratando de indagar el terreno con cautela.
—¡No! —dijo el hombre tomando el contenido del vaso de su solo jalón.
—¿Qué sucedió? ¿Por… ¿Por qué está usted aquí? Ella va a sospechar. —dijo Jimena tratando de mostrar su enorme preocupación por él.
La joven no era tonta, ella sabía bien su posición y conocía muy bien las reglas, Dante Montemayor siempre le había dejado claro que Florencia Montemayor, jamás se debía enterar de lo que sucedía a puerta cerrada, ya fuese en la oficina o en su apartamento.
—Jimena Sánchez, te considero una mujer inteligente, no juegues ese papel de sumisa e ignorante, sabes bien que mi mujer se dio cuenta perfectamente bien de lo que hay entre nosotros. —dijo el hombre señalando a los dos.
—Bue… Bueno, yo solo quiero que usted esté tranquilo. De mi parte, yo no voy a decir nada, yo puedo ayudarle a explicar lo que sucedió.
—Jimena, nuevamente, no insultes mi inteligencia. Si estoy aquí es para decirte algo que no podía esperar a mañana.
La joven asistente sintió que sus piernas perdían fuerza, no creía que pudiera suceder. En su cabeza esto lo había imaginado varias veces, pero no era algo que se atreviera a decir.
—Jimena Sánchez, hoy, tan pronto llegues a la oficina, quiero que lleves a recursos humanos tu carta de renuncia. Todos tus servicios serán muy bien compensados, tú ya no puedes seguir laborando para el grupo Montemayor, ¿te quedó claro? —dijo el hombre con una seriedad que sorprendió a Jimena tanto como al propio Dante.
La idea que Jimena había desarrollado definitivamente era muy distinta a la que acaba de escuchar ahí.
—¿Có… ¿cómo dice? Pe… Pero ¿por… ¿Por qué me pide eso? ¿Acaso hice algo que lo molestara?
—¡Dios, niña! ¡Sí que eres idiota! ¿Verdad? Esto estaba muy bien, al menos hasta hoy que mi mujer nos vio. —dijo Dante, perdiendo la poca paciencia que aún conservaba ese día.
En un acto de desesperación, la mujer se abalanzó sobre él y le dijo:
—¡No me deje! ¡Por favor! ¡No me deje! Yo puedo seguir siendo de utilidad, yo, yo no tenía la intención de que su esposa nos viera, de verdad, yo no me sentí cómoda de que ella supiera de lo nuestro.
—¿Qué es lo nuestro, Jimena? ¿Esto? ¿Coger? ¡Por Dios, escuincla! Si de coger se trata, el estar contigo jamás me ha hecho dejar de hacerlo con ella. Es más, ¿te digo una cosa? Vengo de hacerle el amor a mi mujer y estoy totalmente convencido de que ella es la mujer con la que debo envejecer.
Tú solo eres un placer culposo, no digo que me resulten refrescantes tu juventud, tu piel, tu cuerpo, tus pechos erguidos; claro, en comparación con los de mi mujer, son perfectos, pero, ella ya tuvo 3 hijos y, siendo honestos, en su juventud, ella era mucho más bella que tú y sin todas las cosas que he pagado para que estés como estás —dijo el hombre seriamente.
Aquello para Jimena fue un duro golpe al corazón, ella siempre creyó que aquel hombre la quería para algo serio.
En su cabeza había desarrollado toda una novela en donde él reconocía que ella era la mujer detrás del gran hombre que era y su reconocimiento lo pagaba divorciándose y haciéndola la señora Montemayor.
En este preciso momento, él había venido a romper aquella frágil imagen que se había creado en la cabeza.
Dante, por su parte, soltó a la joven que lo sujetaba y dijo:
—Te lo recuerdo, tienes 24 horas para desaparecer de aquí. No te quiero volver a ver cerca de mí, fue bueno mientras duró, pero eso se terminó.

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