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La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 82

Dante Montemayor, luego de la junta donde presentaba oficialmente al nuevo CEO del grupo Montemayor, se dirigió a su oficina con la calma y tranquilidad que aquello le provocaba; lo que no esperaba era toparse con Jimena Sánchez recogiendo sus pertenencias en su lugar.

—Sé… Señor Montemayor, yo… —dijo Jimena con voz lastimera.

Dante le lanzó una mirada fulminante, miró hacia ambos lados y le hizo señas con los ojos para que entrara a su oficina.

Jimena no lo pensó dos veces, ella quería que todo esto fuera una pesadilla, quería que aquel hombre le pidiera que no se fuera, quería que le pidiera que se quedara, quería escuchar cómo el hombre le decía que no le importaba nada, que dejaría a su mujer por ella.

—¿Acaso no fui claro con lo que te dije? No te quería ver por aquí. ¿Qué demonios haces?

—Se… Señor Montemayor, por favor, yo, yo sé que no le gustó que su mujer nos viera, pero, en todo este tiempo he sido muy cuidadosa, yo, yo no planeaba que eso ocurriera el viernes, por favor, créame…

Dante entrecerró los ojos; aquella jovencita no podía negarlo, le gustaba, tenía un atractivo peculiar, pero el hombre tenía las reglas claras. Siempre había sido así; no tendría por qué venir a cambiar su forma de pensar a estas alturas de la vida.

Su padre le había dado una lección de vida que no podía hacer a un lado así de fácil:

—“Dante, las mujeres solo sirven para 3 cosas, grábatelo muy bien. Ellas solo sirven para ser amas de casa, para calentar la cama y para tener descendencia, nada más. Ay de uno si se nos ocurre darles mayor confianza y libertad, porque luego se revelan y no hay quien las quiera o pueda parar.”

Para el hombre ahí parado, a sus 59 años, Jimena Sánchez no era más que una mujer joven con la que podía intimar cuando lo necesitara; no había excusas, no había que si estaba cansada, que, si le dolía la cabeza, no había modos, no tenía que soportar la cara de sufrimiento como si estuviese abusando de ella.

—Jimena Sánchez, la decisión ya la he tomado y no hay nada que me haga cambiar de idea. Recoge tus cosas lo antes posible y sal de mi puta vista… —dijo el hombre caminando hacia su asiento. —¡Ah! Y ni se te ocurra querer hacer un escándalo, porque sabes muy bien que tengo los medios para aplastarte a ti y a tu familia.

—¡Señor Montemayor! —dijo Jimena sintiendo cómo su labio temblaba.

—¡Retírate! Ya bastantes problemas me has causado en casa, como para que ahora vengas y me causes más aquí en mi trabajo.

Jimena, sintiendo una enorme rabia, salió de aquel lugar, recogió todas sus pertenencias y las depositó en una caja de cartón. Cuando estaba por terminar, se quedó congelada al ver a la mujer que se dirigía hacia la oficina de aquel frío hombre.

Por un momento temió por su seguridad, ¿Cómo no iba a temer? Sí, hasta el día viernes, ella se suponía que era el mundo de Dante Montemayor, el hombre que le daba joyas, zapatos, dinero y muchos agradables momentos de intimidad.

Florencia Lovato caminaba por aquel pasillo que pocas veces la había visto pasar, hoy no iba sola, hoy iba en compañía de otra mujer, una que con su sola presencia imponía atracción y respeto.

El nombre de la mujer era Soraya Navarrete, abogada de lo familiar especializada en casos parecidos al que Florencia vivía. Su sobrino la había convencido de que lo correcto no era huir, era enfrentar al demonio con sus mejores armas, por lo que, en cuanto a dinero, él le proporcionaría todo el que necesitase.

Florencia no sabía si aquello era buena idea, pero no tenía nada que perder, acababa de pasar a abandonarlo y sabía que si por verlo en compañía de quien era su amante, le había provocado tanto dolor, cuánto y más sería el castigo que recibiría por huir de casa.

La mujer iba hecha un manojo de nervios que ni siquiera le dirigió la mirada a la mujer que la observaba desde lejos.

Soraya de manera educada miró a la joven y dijo:

—Señorita, no tengo cita con el señor Montemayor, pero podría decirle que su esposa lo busca.

Jimena miró sorprendida a la mujer que estaba ahí parada, no notó lo nerviosa que iba. Al verla, no pudo evitar sentir un rencor mal infundado, pues inmaduramente, la consideró la causante de toda la desgracia que estaba viviendo.

Capítulo 82: Más te vale que estés preparada 1

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