Marina regresó a casa luego de ir a dejar a Diana al colegio; su corazón venía todo apretujado. Luego de ver que Diana entraba al colegio, se quedó ahí por un momento; tenía la esperanza de que pudiera toparse con su Renata, y así fue.
Al momento, le dolió ver que iba medio arreglada, se había medio peinado, mientras su hermana había llegado impecable. Le dio un poco de tristeza ver que Renata no se veía del todo lista para el colegio.
Aquella joven mujer tuvo que hacer de tripas corazón, pues por un momento en su mente se repetía que era lo que su hija había decidido, era lo que ella había querido y seguramente Lorena no debía ser muy experta en niñas.
Lo que aquella joven mujer desconocía era que Esteban se las había visto negras por todo lo que su hija implicaba.
—Señora, ¿se encuentra bien?
—¡Eh! Sí, Ofe, sí, es solo que vi a mi Renata y me dolió el corazón. —Masajeo su pecho tratando de calmar el llanto que estaba por salir.
—Señora, ¿el señor le dijo algo? ¿La molesto? —preguntó la mujer preocupada.
—No, no, incluso dejó que me acercara a mi niña; apenas pude hacerle una media coleta para peinarla rápidamente en su camioneta.
—Señora…
—¡Tranquila, Ofe! Es solo que, para ser el primer día sin ella, verla así se me hace dolorosamente duro.
—¡Lo sé, señora! Sé lo que es tener hijos y me imagino lo duro que debe ser estar en su situación. Bueno, yo no he vivido sin separarme de algún hijo, pero solo una mujer que ha sido madre podría saber cómo otra madre se puede sentir.
Uno los cargo, los cuido, los acompaño mientras se pudo y luego vuelan, pero, ¿sabe una cosa?
—¿Qué, Ofe? —dijo con voz un tanto quebrada.
—Déjela, deje que esté con su padre y aquella mujer. Sé que se ve duro y es duro, pero, créame, esa mujer, así como he escuchado, ella no va a querer cargar con una hija ajena. El señor no es mal padre, es solo que ahora no ve las cosas con claridad, pero ya verá; en menos de un mes, la niña estará de regreso. —expresó la mujer con seguridad.
—Ofelia, ¿se te olvida cómo fue que aceptó darme el divorcio?
—Bueno, corrijo, solo una vez se atrevió a levantarle la mano. Ya veo que eso se trae en la sangre; ahora bien, veamos una cosa: ¿qué se va a poner para salir a cenar con el señor Forcelledo?
—Ofelia, ¿por qué das por hecho que iré con él?
—Porque sé que lo hará. El señor no se ve que sea una mala persona; además, como dice, son viejos amigos. ¿Acaso usted no tiene derecho de salir con un viejo amigo? ¿Acaso solo el señor puede tener una nueva relación?
Tal como usted lo dice, el señor Forcelledo y usted son amigos, pueden salir y disfrutar de cenar como amigos, ¿no?
A menos claro que haya algo que la haga dudar o temer, ¿será acaso eso? ¿Será que usted no tiene muy clara esa idea? ¿Será que teme que esa amistad sea otra cosa? —preguntó Ofelia, sabiendo claramente la respuesta.

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