Ofelia pensaba que ¿quién podría resistirse a tan atractivo y educado hombre?
Por un tiempo, cuando recién había sido contratada en la casa de los Montemayor, ella creía que Esteban era el hombre más atractivo que había conocido. Solía echarse un taco de ojo discretamente; ella decía que el condenado era un hombre que inducía al pecado.
Cuando miraba a la jovencita que era su esposa, definitivamente creía que era la mujer más afortunada del mundo, pero conforme el tiempo pasó, se veía una clara desconexión.
El señor Montemayor se notaba de un carácter fuerte y complicado, mientras ella era dócil y dulce. Ahora, con todo lo ocurrido, sabía por qué veía esas diferencias.
Si comparaba al señor Montemayor con el señor Forcelledo, definitivamente su jefa hacía mejor pareja con aquel joven que no parecía tan lejano en edad de su jefa.
Incluso hoy por la madrugada, cuando fue a dejar las flores, le tocó deleitarse con aquel atractivo y sexy caballero vestido con elegante traje negro, corbata y camisa a juego; definitivamente, este también inducía a pensar en pecar.
En su mente pensaba que la señora Marina sufría porque quería, pues con sus años podía deducir que aquel caballero joven, de cabellos quebrados y ojos claros, definitivamente podía ser un excelente reemplazo de su antiguo jefe.
—Ofelia, ¿puedo platicar contigo de algo? —preguntó Marina un tanto inquieta.
—Sí, dígame, señora…
—Vamos al estudio, no puedo hablarlo, así como así.
—Sí, señora, vamos.
Marina sentía que necesitaba hablar con alguien; no sabía qué hacer sobre lo de la noche y ya había agotado sus esperanzas de hablar con Lina para ponerla al tanto, pues por más que había intentado localizarla, simplemente, su querida hermana no tomaba la llamada.
Aquello le había preocupado y fue a verla, pero se topó con que no estaba en su apartamento, lo cual le cayó de extraño, pues se suponía que ella volvería a la ciudad en domingo, además de que algo más le llamó la atención.
El doctor Velez la había atendido la noche del domingo, ¿entonces? ¿Dónde estaba su querida hermana?
—Efraín no es solo mi amigo… Entre él y yo… Bueno, han pasado cosas…
—¡Lo sabía, señora! ¡Lo sabía! ¿Por qué se siente mal de aceptarlo? —preguntó Ofelia un tanto contrariada.
—¿Cómo porque Ofelia? ¡Es el primo de mi marido!

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