Marina sentía que las contracciones de su vientre viajaban por todo su ser, mientras se encontraba recostada sobre la helada mesa de mármol del comedor.
Fuera lo que fuera que Efraín estuviera haciendo en su entrepierna, le hacía querer aferrarse de donde pudiera. Al solo encontrar la fría, lisa y dura mesa, solo pudo aferrarse al quebrado cabello de Efraín, mientras este deslizaba un hielo por su zona íntima.
—¡Por Dios, Efraín! —gimió al dejar de sentir el frío y comenzar a sentir como la tibia lengua de aquel caballero la tocaba y lamía como si fuera el dulce más delicioso que hubiese probado.
Marina, un tanto aturdida, se preguntaba: "¿Cómo había acabado en esa situación?" En lugar de hacer su lista de pendientes.
Todo había sido la maldita culpa de sus hormonas y las tontas ganas de ser acomedida. Puesto que Efraín la había dejado admirando la ciudad, mientras él despejaba la mesa para que pudieran comenzar a trabajar.
Ella, no queriendo parecer una invitada descortés, comenzó a ayudarlo y, entre vuelta y vuelta, una mirada por aquí, un rose por ahí, un abrazo de forma juguetona, en una de tantas acciones, Efraín puso sus ojotes claros en ella de una manera que solo deseo que la tomara.
El hombre pareció leer su mente, pues la tomó de la cintura y la acorraló contra la orilla de su elegante mesa de mármol italiano.
Otra vez sucedía, otra vez; bien podía ser el vino, bien podía ser el ambiente sereno que daban las velas aromáticas, bien podía tratarse de la imagen de la amplia ciudad o simplemente bien podían ser sus hormonas las que gritaban la necesidad de contacto íntimo.
Al segundo siguiente, él la besó, sí, la besó; primero lo hizo de manera suave, incluso podría describirlo como cuidadoso y tierno, pero luego de ello, sin pedir permiso, la cargó y la sentó sobre la mesa para mirarla a los ojos y cambiar ese beso tierno a uno apasionado e incluso posesivo.
Marina solo sintió como aquel beso poco a poco fue descendiendo de sus labios a su cuello, al mismo tiempo que se percató de que el cierre de su vestido comenzaba a deslizarse hacia abajo, dejando expuestos sus bien abastecidos pechos, los cuales solo quedaron cubiertos por un delicado sostén de encaje, el cual parecía haber tardado más en ponérselo que él en quitárselo.
—Me gusta ese bello lunar que tienes en el costado de tu pecho. —Susurró aquel hombre sonriendo con algo de malicia sobre su piel desnuda.
Marina no supo qué decir, solo pudo cerrar los ojos y gemir suavemente al sentir cómo él tomaba aquel pecho y comenzaba a lamerlo, a succionarlo y morderlo mientras con una mano masajeaba a su gemelo.
Ahora, ahí recostada en aquella fría mesa, solo se aferraba al cabello de aquel hombre que le estaba provocando un montón de sensaciones en su entrepierna.


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